Le dije adiós a la chica onanista, que daba una calada de cigarro ansiosa y fui a revisar la cisterna del baño, que ha vuelto a gotear con la tristeza del que llora por un solo ojo.

 

Por / Camilo Villegas

Colombia es hoy un país anhelante y quieto. Exhalan ansiedad sus ciudades, sus viviendas, sus alcantarillas, sus semáforos, sus iglesias, sus grandes superficies. Las tiendas de barrio que aún no han cerrado respiran por la puerta con las dificultades propias de un ataque de angustia. Los edificios vacíos de oficinas tienen un nudo en el pecho, tienen un bulto, tienen un bolo histérico, según la terminología psiquiátrica, que se desplaza caprichosamente a la garganta para provocarles sensación de ahogo, dificultades para tragar saliva y dolor de cabeza.

El alcohol de las discotecas, bares y whiskerías se agita en el interior de las botellas como el mercurio en los termómetros. Al afeitarte, la nariz y los ojos se desplazan en el interior de la cara, porque también el azogue de detrás del espejo, que está nervioso, tiembla.

Hay, mires donde mires, una armonía destemplada, una paz armada hasta los dientes, hay un sosiego tenso. Ayer, mientras leía en el balcón de mi casa, que da al balcón de mi vecino, coincidí con su hija de 14 años. Consumida por el encierro, se llevó los dedos índice y corazón de la mano izquierda a los labios, solicitándome de ese modo un cigarrillo. Aunque hace años que no fumo, conservo en el botiquín, junto a las medicinas caducadas de mi padre, un paquete de Marlboro que exhaló, al abrirlo, un suspiro de alivio; gracias, dijo.

Le tiré tres cigarrillos envueltos en un trozo de papel higiénico junto a un tubo agonizante de crema dental que proporcionó peso al conjunto. Le dije adiós a la chica onanista, que daba una calada de cigarro ansiosa y fui a revisar la cisterna del baño, que ha vuelto a gotear con la tristeza del que llora por un solo ojo.