GUSTAVOCOLORADOResulta claro que lo de Uribe con los cafeteros es apenas un primer ensayo de su estrategia de fondo: utilizar cada uno de los factores de descontento de los colombianos, incluidos los gestados durante su gobierno, para convertirlos en el combustible de este segundo episodio de su cruzada.
Por: Gustavo Colorado
No lo soñé. El ex presidente  Álvaro Uribe encabezó, al menos de manera virtual, una marcha de protesta social. Sí, el mismo. El más conspicuo representante del conservadurismo feudal -y perdón por la tautología- latinoamericano despertó una mañana convertido en incendiario vocero de los movimientos de productores de café. A través de su ya célebre cuenta de Twitter, multiplicada al instante por la caja de resonancia de los medios de comunicación, anunció su irrestricto respaldo a los caficultores víctimas de la indiferencia del gobierno Santos. Cinco años atrás los hubiese calificado de bandidos, subversivos, terroristas, enemigos de la patria o cosas peores. Pero como la política es dinámica y cambiante, según la retórica de un senador proclive a súbitos cambios de convicciones, el ex mandatario decidió poner sus huevitos en la canasta tan desprestigiada durante su administración: la de la protesta social en plazas y caminos.
Lo confieso: el asombro no me duró mucho. Al fin y al cabo José Obdulio Gaviria, uno de sus oráculos de cabecera, fue durante años un comunista come candela de línea dura y ahora funge como filósofo de la cruzada refundadora de la patria. Tanto nos cambia la vida.
Sería bueno preguntarle a quien se postula hoy como gestor de un partido llamado Puro Centro Democrático, cómo les fue a los campesinos colombianos durante sus ocho años de gobierno. A los mismos que ahora salen a protestar, no a los  terratenientes sembradores de palma africana ni a los agroindustriales beneficiados con los subsidios de Agroingreso Seguro, si no a quienes deben buscarse el pan de cada día en la parcela mientras intentan sobrevivir a la voracidad de los bancos, a las políticas diseñadas para acabar con ellos y de paso abrirles las puertas a los grandes capitales y a las mafias que controlan los canales de distribución de sus productos.
Resulta claro que lo de Uribe con los cafeteros es apenas un primer ensayo de su estrategia de fondo: utilizar cada uno de los factores de descontento de los colombianos, incluidos los gestados durante su gobierno, para convertirlos en el combustible de este segundo episodio de su cruzada. Uno de ellos es, por supuesto, el miedo. Como bien lo sabemos,  entre los sentimientos  humanos el miedo es uno de los de más honda raigambre. De hecho, es una de las manifestaciones del instinto de supervivencia. Sobre la necesidad humana de mitigarlo se han fundado religiones, partidos políticos y totalitarismos de izquierda o derecha, dependiendo de los intereses en juego. Para los productores de café es el miedo a la ruina, a la pérdida del estatus o del peso político jugado por ese sector de la economía en la Historia de Colombia. Experto en pregonar antídotos contra  el pánico, el ex presidente hizo su aparición en el momento  justo. Desde entonces, algunos dirigentes del gremio cafetero lo ven como a uno de los suyos. Como si  no bastara con  eso, muchos de ellos han sido víctimas de  los ejércitos que con distintos nombres han perpetrado sucesivos despojos en el campo colombiano. Otra razón más para vivir asustados.
El  siguiente escenario es el miedo de los sectores medios y altos de las ciudades. Alentado durante décadas por la estridencia de las acciones guerrilleras y sus equivalentes en el otro extremo ideológico; multiplicado sin cesar por los medios de comunicación y aprovechado al máximo por la demagogia de los políticos ha sido durante el último medio siglo nuestro gran motivador electoral. Los aspirantes a gobernarnos ni siquiera han necesitado proponer un remedo de proyecto de país. Hasta ahora les ha bastado con postularse como salvaguardas contra los emisarios del terror. Y la cosa funciona: después de todo la gente no exige mucho. A duras penas pide  garantías para producir, consumir, reproducirse y morir tranquila. Nada del otro mundo en realidad.
Con el panorama de ese tamaño, el bombardeo desde Twitter apenas comienza. Los bandazos del gobierno Santos y las pesadillas reales o inventadas de los colombianos serán su munición. Por lo pronto, me preparo para no sorprenderme si escucho un día al ex presidente pronunciar una arenga  en ciento cuarenta caracteres calcada de los discursos pronunciados por sus viejos, irreconciliables enemigos.