DIEGO FIRMIANOColombia nos duele a todos sus hijos. A los que nacimos en un pedazo de tierra donde parece que la paz no es gratis, sino que se busca desesperadamente a precio de sangre. Este es un país de lucha, aunque nadie entienda los fines de esta causa.

Por: Diego Firmiano

Algunos dicen que es la paz, otros que el bienestar económico, pero otros dicen que serán tiempos donde no se matará al otro por el solo hecho de verlo caer. El panorama no es muy claro. Nadie entiende ahora por qué se lucha. Esto parece el juego de niños todos contra todos. Nuestra guerra incivil es una batalla de rencores no saldados entre gente que ya no existe. Sembraron las ideas hostiles y las argumentaron con armas y cuchillos. Se estableció la anti-razón de la fuerza por encima de la razón colectiva.

La hermosura de Colombia no se ha desfigurado por el ácido del mal. La banalidad de los hombres asociados, contaminados por el poder, solo constituye una minoría entre los demás espíritus libres que no han puesto un punto final en la verdadera esperanza. Es cierto que se han perdido algunas ilusiones, pero cada día se refuerza la convicción de vivir en paz como hombres universales

Lo que se dice o se hace  por el país no se echa en saco roto, porque las convicciones no cambian. Debemos hacer lo que hay que hacer. El tiempo del desprecio pasará. Durante mucho tiempo nos ha dado  vuelta en la cabeza la pregunta sobre la vida en Colombia. Las noticias registran muertes con tanta naturalidad que nos hacen preguntar: ¿cómo es posible ser profesional y hablar con tanta rapidez de la brutal violencia imperante?

La paz comienza en un solo corazón humano. Puede que haya lagunas. Sí, claro que las hay. Pero si se vuelve necesario confesar las dudas y las incertidumbres, no será desde el error o el miedo, sino desde la inocencia de soñar despiertos con una paz definitiva.

Aquellos que han perdido la esperanza lo son porque se han parado frente a la terca adversidad de la guerra y han juzgado una lucha desigual. Ellos ya no entienden las razones para seguir en una lucha sin cuartel de hombres anónimos, de muertos sin nombre y causas sin fines. Pero aquellos que no desesperan de sí mismo y de su país, hallarán bajo este cielo su recompensa.

La paz no será gratis, pero nadie quiere pagar el precio. Algunos no saben que el precio es de sangre de hombres. Se puede hablar así porque conocemos este combate. Los hijos de Colombia comprometidos en su historia con la carne y el corazón, aceptamos esa amarga condición. Porque no puede morir un colombiano, sin que a su vez no nos maten una parte dentro de sí. El arma de fuego que apunta hacia un colombiano, también es cómplice de un suicidio. La muerte es el destino que intentamos rechazar, ya que esa pesada carga está constantemente sobre nosotros.

La historia no absolverá a nadie, porque la verdad pueda ser entendida universalmente por un solo hombre que tenga memoria. El tiempo revelará que los que toman el fusil hoy, lo aceptan con desgano porque han sido engañados. Ellos creían que defender la patria era dar esperanza, no matar en nombre de Dios. Aun así, todavía se aguardan grandes combates. Y en sus mentes se conserva el pensamiento vivo de que no se puede vivir de homicidios y violencia.

Pobres nosotros que metidos en un juego de neologismos extraños despojados del sentido  original. Es un engaño creer que la razón se refuerza con la mentira. Amor a la patria no significa matar, sino buscar la paz con las armas de la esperanza.

Los hechos de hoy son ecos que perdurarán mañana. No se puede mirar la vida despectivamente sin insultar la humanidad. Los que desean la paz para esta tierra destripada, de corazones atormentados por la esperanza y los recuerdos, no serán avergonzados jamás.

Cómo nos duele Colombia. Nos duele hasta morir por el derecho a vivir en paz.