Hay dos maneras de ser maestro. Una es ser un policía de la cultura; la otra es ser un inductor y un promotor del deseo. Ambas cosas son contradictorias. Un tipo de maestro es aquel que me califica, pero sin consultar la vivencia que yo tengo de la vida. Otro tipo de maestro, al que no le pagan ni lo nombran, es aquel que consulta mi vivencia de la vida. Ambas figuras podrían ilustrarse en la persona de Baudelaire o en la imagen del “hombre enfundado” que describe Chejov.

Estanislao Zuleta.

 

Por: Miguel Ángel Rubio Ospina

Todos los días me levanto pensando en cómo cambiar el retrógrado sistema educativo colombiano. Sí, porque no son los docentes expertos, o los filósofos de la educación, o los ensayistas de la pedagogía los que pueden propiciar dichos cambios, ellos, han puesto sus fichas en el ajedrez epistemológico de pensarnos otra forma de enseñar, de hacer una educación distinta para Colombia; es al docente de todos los días en el aula a quien corresponde transformar la forma como se concibe el sistema.

Empecemos por decir, que el anterior concurso docente es una falta de respeto a la profesión. El Estado pretende medir por igual las competencias adquiridas del docente en su experiencias pedagógicas, califica una prueba a todas luces inútil, que como las pruebas de Estado (al fin y al cabo la estructura es igual) no busca generar conocimiento, sino filtrar aspirantes al cargo, o carrera en el caso de los bachilleres del sector público y las universidades oficiales.   La pregunta es ¿Para qué forma docentes el Estado? ¿Qué sentido tiene abrir licenciaturas en distintas áreas?  ¿Para qué se incentiva la cobertura educativa si, al fin y al cabo, será el alcalde, o político de turno, quien dará a su criterio la plaza educativa al docente de sus afectos?

A eso, sumémosle la concepción que el Estado y la sociedad han alimentado del oficio. Pareciese como si en este país de infames, corruptos, ignorantes y mediocres, solo fuera válido ser abogado, ingeniero, futbolista,  cantante de despecho o reguetón, etc, pero a quien escoge el camino de la docencia, la sociedad lo rotula con un “No dio para más”,  además, para reforzar lo dicho, en la mayoría de universidades que ofertan licenciaturas, con excepciones como la Nacional y otras, las carreras educativas cierran el puntaje de admisión muy bajo; y es allí cuando, por culpa del mismo sistema de filtros, el estudiante que sueña con ser médico, termina “escampándose” en una licenciatura como segunda opción. ¿Para qué la filosofía?, pregonaba un alcalde hace pocos días.

La sociedad, el sistema, el Estado y sus infinitos brazos institucionales, el gremio docente, no incentivan de forma alguna la vocación, esta no solo se mide en destacar el trabajo loable del oficio docente, ni haciendo reconocimientos en premios una vez al año, “concurso”, entre comillas. Esta vocación se incentiva propiciando un espacio digno al profesorado en la sociedad, con buenos salarios,  oportunidades de formación a un nivel más alto, permitiendo la autonomía del docente, flexibilizando el currículo, permitiendo la rotación del personal joven a cargos de liderazgo (aquí es donde FECODE no deja hacer nada al no permitir la salida de docentes con tres o más pensiones); entendiendo que un docente no puede, por más que el sistema quiera, trabajar igual a otro empleado de cualquier clase. Las escuelas no son empresas, no tienen que dar rentabilidad económica, esta se mide en otro tipo de rentabilidades.

Y ni hablar del sector privado. Pequeños y grandes negocios educativos, en manos de la iglesia la mayoría, que desconocen por completo las particularidades del quehacer profesoral y acorralan con jornadas extenuantes, formatitis excesiva, control de cátedra, doctrina confesional y salarios no dignos al docente que se queda fuera del sistema oficial. Estos solo buscan ser rentables, y allí ni siquiera son las directivas las que están en capacidad de exigir nivel educativo, pues quien paga pone las condiciones, y estos son los padres de familia y los de hoy no quieren que sus hijos se estresen en el colegio.  

Los colegios privados y públicos, como una exigencia del mercado, han acudido a la famosa certificación de calidad, dificultando al máximo cualquier clase de procedimiento, restringiendo la imaginación, el tiempo de trabajo creativo del docente, exigiéndole unos absurdos que no responden a su quehacer misional, llenándolo de formatos, procedimientos farragosos, conductos regulares sin sentido, para cosas tan simples como una fotocopia o el acceso a una sala audiovisual.

En este sentido;  o se crean sistemas de certificación de la calidad educativa, que no administrativa, del sector educación, pues este se mide con el criterio estandarizado de cualquier otra clase de empresa, o se elimina dicho proceso y de verdad se empieza a concentrar el asunto en cómo medir la verdadera enseñanza en Colombia. Hoy es lamentable escuchar decir, a directivos y docentes, “es que eso es lo que exige el sector productivo”. ¿Y lo que exige el ser? ¿La búsqueda de su felicidad?

@rubio_miguel. Licenciado en español y literatura