Manuel Ardila (BN)En esta mega aldea global las nuevas tendencias se esparcen con la rapidez de una pandemia y los fenómenos mediáticos tienen tal velocidad y alcance que en un solo día son capaces de llegar a los rincones más remotos del mundo (y ser olvidados apenas horas más tarde).

 

Por: Manuel Ardila

Marshall McLuhan, el reconocido sociólogo, formuló su teoría de la aldea global (aquella que decía que medios de transmisión de información como la televisión y la radio tenían la capacidad de convertir al mundo en una pequeña aldea) hace ya más de 50 años. Y es sorprendente constatar que, a pesar del paso del tiempo y de que la televisión y la radio han mutado gracias al advenimiento de internet, la teoría no solo no se ha quedado obsoleta sino que ha sido capaz de profetizar los alcances a los que ha llegado esta sociedad de la información.

La internet  ha convertido al mundo, de manera casi literal, en un pañuelo. Nunca antes habíamos tenido la posibilidad de compartir un amplio rango de manifestaciones personales (opiniones, fotografías y videos de nuestros aspectos públicos e íntimos) con millones de personas en unas nuevas posibilidades de relacionarse con otro que ya ni siquiera se ve limitada por las barreras idiomáticas. En esta mega aldea global las nuevas tendencias se esparcen con la rapidez de una pandemia y los fenómenos mediáticos tienen tal velocidad y alcance que en un solo día son capaces de llegar a los rincones más remotos del mundo (y ser olvidados apenas horas más tarde).

Así como todo avance tecnológico es capaz de acrecentar nuestras cualidades (la necesidad de relacionarse con otros seres humanos y de cooperar entre pares), también es capaz de exacerbar defectos muy humanos y por lo tanto, universales. Uno de esas características tan propias que ha sido especialmente bendecida por el radio de acción de la web es la necesidad de indignarse y linchar al pecador u ofensor de turno. Es necesario decir que esta necesidad casi patológica de atacar en manada al pecador ha sido dotada de un alcance tan devastador y de una velocidad de difusión de la ofensa tan abrumadora que ahora es posible arruinarse la vida entera, en casi cualquier faceta que la compone. por una expresión “desafortunada”.

Cientos de ilustres desconocidos han visto como una opinión, muchas veces fruto de la inmediatez y la poca capacidad de reflexión, pueden determinar la visión que de ellas tienen propios y extraños e influir negativamente en sus vidas presentes y futurasde una manera inimaginable. Ahora es posible que un comentario hecho en el lugar equivocado y en el momento equivocado desemboque en la pérdida del trabajo, de las relaciones afectivas y de la tranquilidad en general.

Lo más preocupante de todo es que estos episodios no llevan a que la sociedad virtualizada, dispuesta a llevarse por delante lo que se cruce por el camino, sea capaz de reflexionar sobre el tema o asunto social que subyace en el fondo, discuta consigo misma de los aspectos más delicados del mismo y saque conclusiones que no se limiten al lugar común. En lugar de eso tenemos un acto de banal “justicierismo” que en lugar de enaltecer los sagrados valores que dice defender, los convierte en presa fácil de la frivolidad e inmediatez imperantes.

Afortunadamente muchas personas se han percatado de que, entre otras cosas, la creatividad humana está siendo secuestrada por la corrección política y se ha empezado a “moderar” el discurso contra lo políticamente incorrecto. Sobre todo, se ha empezado a reparar en las consecuencias que puede acarrear una ejecución en el mundo virtual para una vida en el mundo real. Muchos estamos dejando de relacionar la salud del pensamiento colectivo con el grado de indignación y agresividad al que puede llegar y se está empezando a abogar por discutir más a fondo (con esforzadas argumentaciones y prolongados debates) lo relacionado con delicadas problemáticas sociales en lugar de atacar a la desesperada sus más notorias manifestaciones, lo cual, a todas luces, es positivo.

Sin embargo, hay un aspecto relacionado en el que no nos hemos detenido a pensar demasiado y, que en medio del silencio que en torno a él impera, ha ganado casi por consenso un apoyo incuestionable: el uso de la corrección política  como arma arrojadiza entre la propia clase política y entre el electorado. Se ha vuelto común (y se ha naturalizado) que la internet y, sobre todo, las redes sociales, se conviertan en el nuevo campo de batalla en el que distintas fuerzas políticas se atacan la una a la otra con el primer trapo sucio que se tenga a mano (con un especial recrudecimiento en época electoral), eso sin contar con que en estas luchas, los civiles (políticos y apolíticos) tienen una participación voluntaria notable.

En internet se ha vuelto normal pegar a la figura política que está en el poder, a la que está en la oposición, a la que no representa las ideas políticas afines, la que lanzó el comentario “indelicado” o explosivo, la del escándalo sexual, la del posible caso de corrupción y como en todos los anteriores casos (solo que con mayor sevicia) nos abalanzamos, como si fuéramos hambrientos tiburones, al más mínimo rastro de sangre. Prueba capital de la importancia recién conferida a la guerra sucia en internet con la corrección política como principal munición es el escándalo del hacker Andrés Sepúlveda y su relación laboral con el partido Centro Democrático.

Unas cuantas personas han recapacitado en un hecho que a simple puede parecer una perogrullada (o una enorme falacia): los políticos también son seres humanos ordinarios, y como tal, tienen  también susceptibilidad a equivocarse. Otras cuantas personas han desvirtuado este argumento objetando (no sin razón) que los políticos sean personas normales y notando que al ser personas relacionadas tan intrínsecamente con el funcionamiento del aparato político y estatal, es imperativo que estén sujetos a un escrutinio permanente, otros han priorizado (no sin cierto cinismo) que el poder de algunos personajes políticos es tan vasto que la única manera que tiene el gran electorado de nivelar un poco las cargas la brindan las redes sociales y el concepto de corrección política que da valor a todo aquel montaje.

Es difícil no darle credibilidad a esta última tesis, sobre todo en un país como Colombia en el que la desigualdad también campea por los derroteros de la política, es una especie de victoria de la clásica máxima que tenía como protagonista a la mujer del César, y debo admitir que en muchos instantes no he tenido problemas con esta andanada de ataques contra figuras políticas, llegando a verlos como parte integral e inseparable del ajedrez político; aun así, el motivo por el cual escribo esta columna es porque tengo sentimientos encontrados en torno a este tema. Igual que en el caso de los ofensores virtuales del común, no me parece que la democracia esté cambiando sustancialmente gracias a este estado de crispación permanente en las redes, al contrario, pareciera que con nuestro apoyo y beneplácito, este estado de ataque e injuria permanente que se ha instalado como paradigma de lo que debe ser la política, desatado hace unos 30 años, se ha recrudecido en medio de los reclamos por una democracia más participativa y un sistema político en constante evolución (y como dije antes, todo con muestra invaluable ayuda).

Sé que el postulado que defiendo en este escrito es bastante controvertido y, por ello, prefiero dejar la resolución de la columna abierta a un debate permanente que solo se puede hacer de una manera: tratando de comunicarse con el otro por las redes, seguir la misma dinámica en la que estamos inmersos y esperar a ver si la sociedad y el sistema político son capaces de crecer y reimaginarse (o ver si a fin de cuentas, hasta esta inmediatez ahora tan cotidiana domina incluso el ámbito de lo importante).