Justo en ese instante vine a comprender tu amor por la filosofía. Pensé si acaso, en vez de estudiar Literatura, escogerías aquella antigua disciplina,  pero como dijiste jocosamente : “¿de qué puede vivir un filósofo hoy en día?”. No compartí tu opinión en una primera instancia, porque vivir implica más que seguir dictados, es decir, hay que saber pensar rectamente para saber conducirse en la vida.

 

Por: Diego Firmiano

 

Estimado Handel.

La última vez que recibí una carta tuya me sorprendió que mencionaras a Séneca. Como es sabido por ti, desde mis años de universidad en Ecuador no encontraba mayor deleite que leer al cordobés. Noche tras noche, después de pagar mi beca arreglando libros en la gran biblioteca del campus, bebía de su estoica filosofía, especialmente en esos consejos entregados a su discípulo Lucilio.

En algún momento intenté escribir una biografía sobre Séneca, pero desistí, porque, aunque el fin  de su vida no concuerda con sus principios y medios, quise honrar su muerte y dejar su final como un bello momento romántico en mi espíritu. Handel, créeme, a pocos les gusta saber cómo mueren sus héroes.

En este mundo de las ideas me he encontrado con personas que afirmaban con solemnidad ser la reencarnación de Friedrich Nietzsche o de Maine de Birán, y hasta uno llegó  a decirme que era Ambrose Bierce en persona, la verdad no sabía si reírme o tomar a tales personas con seriedad. Solo sé que los traté con respeto, aún sabiendo que aquellos tarumbas jamás llegaron a comprender nada de sus personajes, y peor, afirmaban que aquellos no estaban muertos. Era un caso de locos de atar.

Es más, Handel, incluso si aquellos tres grandes de ideas y aventuras estuviesen vivos, no dudarían en volver a la tumba al ver tanto disparate que hay en el mundo, pues como dijo Fontanelle: “donde quiera que hay hombres hay tonterías y las mismas tonterías”.

En fin,  por tu escrito leo que andas dando charlas en varias universidades del sur, por eso te pido que no olvides ese bello libro de Séneca llamado Consolaciones a Marcia. Un libro profundo y sensible sobre la vida, la muerte, el dolor y la pena. Desconozco quién fue o pudo haber sido esa Marcia, aunque se crea que fue ora una discípula, ora un mecenas, ora una cristiana de luto. Sea quien haya sido, lo importante es que este tratado es uno de aquellos fármacos filosóficos más valiosos para el problema de la pérdida humana.

Y al explayarme hablando sobre este gran filósofo (porque tocaste una fibra sensible en mi formación), no pude dejar de evocar nuestra andanzas en la Lima nocturna buscando lugares para comer.  Íbamos con esa jovencita cerro pasqueña, estudiante de literatura, que ignoro por qué razón se empeñaba en acompañarnos a todo lugar (quizá por la carta de recomendación que de nosotros había dado Ricardo Bada) y entramos a ese café en el Jirón Ucayali. Recuerdo que me mostraste con orgullo esos libros comprados de segunda mano.  Comprados a propósito en el mismo lugar donde yo mismo acostumbraba a comprar buenos tomos a buenos soles.

Justo en ese instante vine a comprender tu amor por la filosofía. Pensé si acaso, en vez de estudiar Literatura, escogería aquella carrera, pero como dijiste jocosamente : “¿de qué puede vivir un filósofo hoy en día?”. No compartí tu opinión en una primera instancia, porque vivir implica más que seguir dictados, es decir, hay que saber pensar rectamente para saber conducirse en la vida.

No quise decir nada, porque entre amigos no se arman debates sin pies ni cabeza, pero intuí que preferías leer a Séneca en vez de a Paul Scarrón; a Parménides en vez de a Teócrito de Quío; a Sócrates en vez de Montaigne. En fin, hoy con esta carta que me envías no dudo que al preferir la filosofía has escogido una celda voluntaria para tu vida.

Aunque te doy la razón, porque “cuántos talentos han sido eclipsados por falta de unas monedas”.  Y a ti no te falta nada, y por ello me alegro. Tu familia allá en Perú supo entender (y que entendimiento más celestial) que tu vida era lo que quisiste hacer de ella y no lo que ellos querían escoger para ti. Como por ejemplo eso de que llegaras a ser médico como tu padre y como tu abuelo.

Con sabiduría y serenidad te plantaste en la decisión de estudiar Literatura, y aunque algunos  (de la familia) no le encontraron utilidad a algo así, al final  Handel, tu y yo, y todos sabemos que la vida y la muerte es individual, y es mejor morir ignorando menos, que vivir sin saber nada.  la voluntad y la decisión es lo que cambia la materia del mundo.

Séneca es ese bello ejemplo. No adquirió conocimiento para otros sino para sí, aunque debes evitar contraer la enfermedad sibarita de los pensadores, o el mutismo de los místicos. Hay que saber relacionarse, porque el sabio, como dijo Eurípides, siempre conserva dos lenguas; y si dos lenguas, por ende, dos formas de pensar: una para ti, para tu formación espiritual o del mundo de las ideas, y otra, la de los conocimientos que transmites a los otros.

Sobre esto me he enterado de que te has ejercitado en la oratoria, cosa compruebo con el que ahora dictes charlas en las universidades que me nombras.

Porque Handel, la mayoría de los grandes personajes han sido los hombres más elocuentes. Los autores de los más bellos sistemas, los jefes de partidos y de sectas, aquellos que en todos los tiempos han tenido la mayor influencia sobre el espíritu de los pueblos, no han debido la mayor parte de su éxito sino a la elocuencia viva y natural de su alma.

Un abrazo desde el norte del sur.

Y espero tu próxima carta.