SIMON BLAIRPero también puede ser lo contrario: una desilusión, un hondo silencio. Todos lo sentimos, sobra decirlo. Caminar por las calles de una ciudad de Colombia puede ser tan deprimente para nuestra colombiología, como una alegría para quienes deseamos la soledad y el silencio.

Por: Simón Blair

Algunos encuentran el silencio insoportable porque tienen demasiado ruido dentro de ellos

Robert Fripp

Colombia es, por definición, un país de bullosos. En las celebraciones, las conmemoraciones, las fiestas, las festividades religiosas, en la música, en el arte, en la literatura, incluso cuando un político gana unas elecciones; todo es un ruido demencial, característica primordial de ser colombiano. Algunos preferirán renegar de dicho caos para llamarse a sí mismos como alegres, las personas más felices del mundo que no pueden ocultar la necesidad de celebrar absolutamente todo.

Pero si hay una antítesis de ese colombianismo es el silencio que los mismos colombianos  no guardan después de que la Selección pierde un partido. Ayer, en el juego contra Argentina, los colombianos fueron una mezcla de efervescencia y desesperación. Cada minuto representaba una desazón y deseo de revancha contra uno de los mejores equipos del mundo.  Si, de repente, una jugada era demasiado evidente para cambiar el marcador a favor de la Selección, pero finalmente no se producía el gol, la gente aplaudía, extrañamente, como dando alientos, gritos desesperados que nadie oiría, ánimo en el campo de combate.

Soy de los que consideraban que un partido de fútbol permite sacar a los aficionados durante noventa minutos (o más, como en este caso) de la terrible realidad que los agobia, de los problemas económicos que el partido les ofrecerá olvidar para sentir alegría en compañía de familiares o amigos. El fútbol como un bálsamo, como un alivio.

Pero también puede ser lo contrario: una desilusión, un hondo silencio. Todos lo sentimos, sobra decirlo. Caminar por las calles de una ciudad de Colombia puede ser tan deprimente para nuestra colombiología, como una alegría para quienes deseamos la soledad y el silencio. Éste fue sentido, profundo, desgarrador; si queríamos pedir explicación estaba en todos los rostros que, lentamente, o corriendo, salían de los sitios públicos hacia sus casas, o se internaban más en ella aguantando la derrota. Y nada más.

Después algunos motociclistas presionaban sus bocinas, no sin antes ser mirados con recelo. Sin embargo, la alegría de los colombianos también juega con la derrota:

Muriel y Murillo serán multados por Aeronáutica Civil de Chile por poner en riesgo seguridad de espacio aéreo[1].

¿Lo ven? La alegría siempre gana. Después nada, ni silencio.

 

[1] Un tuit de la famosísima Actualidad Panamericana