Aunque muchos no  lo crean, ser una estrella no equivale a ser un buen periodista, un buen actor o un buen músico. Esos conceptos suelen transitar por senderos distintos. Solo que al perder el criterio, todos nos hemos sumido en la confusión y ya no sabemos diferenciar lo que es bueno y perdura de lo deleznable y efímero.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Todo empezó con los noticieros de televisión.  De a poco, los presentadores, los narradores de historias  y los analistas fueron remplazados por muchachas sacadas del mundo del modelaje  y los reinados de belleza. Poco importa si, para guardar las formas, unas cuantas fueron a una facultad de periodismo.
Si ustedes se fijan bien, algunas de ellas incluso posan cuando presentan las noticias, sean estas amables o terribles. Como en tantas otras facetas de la vida, la esencia fue suplantada por la apariencia. Muy rápido, la cosmética se apoderó  de la información.

A resultas de eso, en lugar de comprender el mundo y tratar de intervenir en él, nos acostumbramos al maquillaje,  al lenguaje elusivo; a la hipocresía de la corrección política. Todo es tan  lindo, tan cool en el fondo.

Casi de manera simultánea pasaba lo mismo en el terreno de los actores  y directores de televisión.

Desde su introducción en Colombia en 1954, los dramatizados y telenovelas fueron el terreno perfecto para quienes se formaron en las grandes escuelas de actuación y habían puesto a prueba su talento en las exitosas radionovelas de los años cincuenta.

Hombres y mujeres como Gaspar Ospina, Pepe Sánchez, Kepa Amuchástegui, Franky Linero,Carlos  Muñoz, Dora Cadavid, Teresa Gutiérrez, María Eugenia Dávila y Vicky  Hernández, para mencionar solo algunos nombres, dejaron su impronta en producciones recordadas tanto por la calidad de su ejecución como por la brillantez de las actuaciones. Vendaval, La Vorágine, María o Caballo Viejo son los títulos de algunas telenovelas que hoy forman parte del patrimonio de la cultura popular colombiana.

Pues  bien, obsesionados con las encuestas de audiencias, los dueños del negocio optaron por el camino más corto: producciones con mucha tecnología y poco talento, adelantadas en tiempos muy breves y a costos bajos, empezaron a ser la constante. Siguiendo un tanto la ruta de los noticieros, reemplazaron  el talento y la disciplina por rostros bonitos y cuerpos sugestivos.

Como el desnudo innecesario de una joven desconocida vende más que la actuación magistral de una actriz que se deja el pellejo en la escena, no se ahorraron a la hora de condenar al olvido y al desempleo a muchos profesionales portadores de un legado con mucho que ofrecerles a quienes empiezan a incursionar en esas arenas movedizas.

Quizá el caso más patético sea el de María Eugenia Dávila, la  protagonista de películas tan memorables como María Cano, considerada una de las grandes obras del cine colombiano. Desterrada al ostracismo cuando se encontraba en la plenitud de  sus facultades, acabó por sucumbir al alcohol y las drogas en una caída sin retorno.

Pero son muchos los  creadores anclados en idéntica situación. Sin contratos de trabajo, sin pensión ni servicios médicos, malviven en unas circunstancias que reflejan  no solo la indolencia del Estado, sino de la sociedad que un día los idolatró.

Pero hay todavía más: muchos músicos corren igual infortunio. En un santiamén pasamos de unos tiempos en que los intérpretes y compositores, o se formaban en las escuelas y conservatorios, o cultivaban su talento natural en festivales, parrandas, encuentros y en cuanto escenario surgía para dar a conocer los ritmos y expresiones de un país en el que las músicas parecen brotar de la tierra misma.

Hoy, siguiendo las mismas lógicas, los músicos son seleccionados en los realities, unos espectáculos en los que, en teoría, el público califica y elige a sus favoritos. Como, a su vez, son los realities los  que condicionan al público, tenemos un círculo perfecto encaminado a  glorificar la medianía y la banalidad. El talento, la imaginación, la inventiva, todas esas cosas inherentes al acto creador, pasan así a un segundo plano. Esas virtudes no facturan mucho por estos días.

Aunque muchos no  lo crean, ser una estrella no equivale a ser un buen periodista, un buen actor o un buen músico. Esos conceptos suelen transitar por senderos distintos. Solo que al perder el criterio, todos nos hemos sumido en la confusión y ya no sabemos diferenciar lo que es bueno y perdura de lo deleznable y efímero.

Así nos  van las cosas.

PDT . Les comparto enlace  a la banda sonora de esta entrada