La cadena de eventos que condujeron a la extinción del juicio de valor y toda noción de cultura, y la urgencia de un nuevo espíritu que nos expíe.

 

Por / Valeria Castillo León

“El mundo moderno acepta las jerarquías medibles del Guiness Book of Records, pero no sabe qué hacer con las otras”. Esa es una de las frases con las que Gabriel Zaid ilustra el motivo de un artículo suyo para la revista Letras Libres, hace ya más de diez años. El desconcierto al que se refiere es el nudo centenario entorno al concepto de Cultura, cuyas ramificaciones son tan numerosas como profundas: “¿Cómo afirmar que una obra es objetivamente mediocre, si la calidad no se puede medir? ¿Cómo declarar inferiores ciertos usos y costumbres? ¿Cómo reconciliar igualdad y excelencia?”, detalla el autor.

Hoy, tantas décadas después del primer signo de alerta en el margen de la historia contemporánea, la inquietud de entonces nos resulta tierna, a la luz de los nuevos niveles de ambigüedad con los que nos evaporamos.

En su texto, Zaid busca arrojar luz sobre el conflicto al rastrear el primer concepto de cultura, recordándonos, entre otras cosas, que este empezó a formarse entre los romanos y sin recibir ningún término específico. Para el momento en que Cicerón usa la palabra Cultura (hasta entonces solo empleada en el contexto agrícola), al afirmar que la filosofía es el cultivo del espíritu, los romanos ya poseían la noción de lo clásico, lo digno de ser estudiado y continuado, como se reflejó en su admiración por la filosofía griega.

A lo largo de los años, dicha noción se haría más específica, permeando desde la obra hasta el individuo. Se consolida entonces la visión romana de la persona culta como aquella que “sabe cómo elegir compañía entre los hombres, entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado”, como bien sintetizó Hannah Arendt en La crisis en la cultura (1961). Posteriormente, el término tendría muchos otros significados, asociándose a la élite religiosa, el arte o el descubrimiento científico, según la época y la civilización. Sin embargo, y pese a las obvias diferencias en la cosmovisión de cada etapa, todas ellas coincidieron en la importancia vital del saber cómo elegir; es decir, en la importancia de los juicios de valor.

No obstante, tal convicción empezaría a ser puesta en entredicho desde finales del siglo XIX, con el auge de la antropología y más adelante con el liberalismo. A partir de entonces, el enfoque científico empieza a tomar fuerza en una discusión que hasta ese punto se había caracterizado por un énfasis humanista. Preguntarse por cultura solía ser, primordialmente, parte del quehacer reflexivo de artistas y filósofos, intrigados por el desarrollo y la íntima relación entre individuo y sociedad en términos de propósito, esencia y devenir.

Con la intervención antropológica, el interés general se traslada a los esfuerzos por identificar de forma objetiva, y como en una mesa de disección, las distintas funciones y elementos del fenómeno cultural. El pensamiento crítico-reflexivo (fundamentado en el juicio de valor y en la búsqueda de sentido) empieza entonces a ser eclipsado por uno devoto a las bondades asépticas del método científico.

Una de las corrientes antropológicas más destacadas, y quizá la más influyente en el pensamiento occidental actual, fue la corriente estructuralista, abanderada por el francés Claude Lévi-Strauss. De acuerdo al antropólogo, si bien era posible establecer varias distinciones entre las culturas primitivas y modernas, los sistemas de expresión y conocimiento del mundo exterior de cada una eran equivalentes, rechazando toda noción de superioridad o inferioridad en el análisis y comparación de ambas.

De esa forma, y pese a estar motivado en la buena fe de cuestionar la narrativa etnocentrista, el planteamiento de Lévi-Strauss contribuiría en el origen de la confusión, según expone Mario Vargas Llosa en La civilización del espectáculo (2012): “Queríamos acabar con las élites, que nos repugnaban moralmente por el retintín privilegiado, despectivo y discriminatorio con que su solo nombre resonaba ante nuestros ideales igualitaristas”, resume el escritor peruano; pero las consecuencias serían mucho más extensas e imprecisas.

A la abolición de la teoría geocentrista gracias a Copérnico, la bofetada al génesis bíblico a manos de Darwin, y el inquietante encuentro con el inconsciente a través del psicoanálisis, vendría a unirse el legado antropológico del siglo XIX. En cuestión de siglos habíamos dejado de ser el centro del universo, los hijos legítimos de un dios todopoderoso y los conocedores absolutos de nuestra propia mente.

Con académicos como Strauss, el nuevo temblor ocurre al declararse de muy mal gusto hablar de mejores y peores formas de vida. El resultado sería una conquista trágica sobre el elitismo, condimentada por el temor a parecer arrogantes: “vivir en la confusión de un mundo en el que, paradójicamente, como ya no hay manera de saber qué cosa es cultura, todo lo es y ya nada lo es”, afirma Vargas Llosa.

Después de siglos, la humanidad continúa maravillándose ante el valor e ingenio de personajes como Darwin o Copérnico. En épocas en que la divergencia intelectual suponía un riesgo mucho más explícito para la vida misma, su trabajo ocupó un papel protagónico en la ruptura de paradigmas ya obsoletos. Sin embargo, cuando las siguientes generaciones fallaron en erigir nuevos y mejores fundamentos que orientaran el vertiginoso gatear humano, la apatía y el cinismo empezaron a germinar en las aulas, los hogares y los púlpitos.

Es decir, nos deshicimos de los pilares decrépitos sobre los que hasta entonces habíamos construido nuestras vidas, pero fuimos incapaces de construir otros con los que reemplazarlos, condenándonos a un progresivo derrumbe. Es ahí, en la ausencia de voces mucho más sabias, que industrias como la del marketing y el entretenimiento se apoderaron casi por completo de la palabra.

Acentuados o parcialmente originados en las nuevas dinámicas comunicativas, los efectos del vacío se ven reflejados en todas las esferas de la vida humana. En la política, cada vez más mediatizada, a fin de seducir a las vastas audiencias de los programas mañaneros, y las entrevistas convenientemente más interesadas en anécdotas ridículas, que en los programas de gobierno; en la mayoría de fuentes periodísticas, desde hace tiempo prostituidas, con sus lecturas famélicas (usualmente en el formato de listados y tips que nadie ha pedido), y su creciente incapacidad de ofrecer una interpretación seria de los hechos que “cubre”.

En esa línea, no es de sorprender que se haya permitido que celebridades usurpen las portadas y micrófonos, una vez apuntados a las mentes de personas devotas al conocimiento. Si bien las raíces de la llamada celebrity culture pueden hallarse en los instintos humanos más básicos, su desarrollo hiperacelerado, hasta llegar a lo que es hoy (un mundo posible para el “famoso por ser famoso”), bebe de esas ausencias referenciales.

Algo similar ocurre con una buena porción del arte y su gremio, indignado con la sola idea de la crítica, pero demasiado comprometido en fingir tener algún motivo para sus performances histriónicos, como para admitir que su estafa por visión de arte es “un desastre, sin idea alguna de por qué existe, a dónde va, para quién es, o de dónde viene”, como denuncia Ian Svenonius en Censorship now.

Pero los efectos de la satanización del juicio de valor, y la pérdida de sentido y límites, también comprometen aspectos más íntimos de la existencia. Así lo testifica la crisis, o incluso la desaparición del erotismo, de acuerdo a autores como Svenonius. Para el estadounidense, la sexualidad ha sido redefinida debido al despojo de todo misterio, con la primacía del entretenimiento, el placer meramente instintivo y la inmediatez. Se convirtió en “un deporte ultraindividualista, en una pantomima que ni siquiera pasa cuando pasa… El eros, una vez risqué, pícaro y discreto, se hizo rígido y narcisista.”

Y es por ese mismo legado aséptico, casi taxidérmico, que las grandes discusiones humanas en torno a la identidad –íntimamente entrelazada a la cultura– se han visto reducidas a una discusión meramente clasificatoria. “Nuestro problema ahora es que esta monomanía, la política identitaria de la década de 1970, por la que la gente ve todo a través de la lente de la raza, el género o la clase, es una locura absoluta y una distorsión de los años 60”, como diagnostica en una entrevista la crítica social estadounidense Camille Paglia.

Ya nunca más volvimos a preguntarnos por la cultura en términos del cultivo del espíritu, porque el espíritu está casi muerto. Entró en un estado vegetativo, tras nuestra sobredosis antropológica, liberal, nihilista y deconstruccionista.

Por supuesto, nuestra cosmovisión anterior estaba llena de estrecheces y obsolescencias que debían ser superadas, pero al menos distinguíamos en la cultura una noción de norte, de sabiduría universal, que guiaba al individuo a través de las tantísimas ideas y estímulos con los que se topaba a lo largo de la existencia.

Ahora, tal y como se encuentran las cosas, ser culto no implica nada de eso, por el contrario, la prohibición del juicio de valor ha ido en incremento, exponiendo al individuo a flotar como flota un tronco en un océano aparentemente infinito, zarandeado y atravesado por cada ola sin distinción alguna.

No obstante, si Søren Kierkegaard estaba en lo correcto al plantear que un proceso de nivelación –en el que se asigna el mismo valor a todos los aspectos de la vida humana, perdiendo así de vista todos los detalles y complejidades de su existencia– podría resultar beneficioso, en la medida en que los individuos superan dicho vacío, reconquistando la noción de que su vida es significativa… entonces no todo ha sido en vano.

Quizá en ese caso podríamos empezar no a “restaurar una cultura desaparecida, ni reanimar una cultura en trance de desaparecer, bajo condiciones modernas incompatibles con ella, sino hacer florecer de las viejas raíces, una cultura contemporánea”, de acuerdo a la esperanza de T.S. Eliot.

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