Ya sabes, los millones de Odebrecht, la crisis en Venezuela, la política, la farándula criolla, la Selección Colombia… Todo se había quedado al otro lado, cuando el cuchillo, en medio del pasillo, dividió mi existencia y me alejó de mí mismo.

 

Por: Camilo Villegas

Querido Jesús, como le venía diciendo, me desperté a la misma hora de siempre. En algún lugar entre la habitación y la cocina, y al comprender que ya nunca más volvería a conseguir empleo, un cuchillo afilado, pero invisible, cayó sobre mi existencia separando el antes del después.

De modo que a la cocina no llegué yo, sino la mitad de mí; el otro medio, con el que ya nunca volvería a coincidir, se había quedado a la altura del estudio descargando en la papelera de reciclaje de mi Windows la versión digital de nuestro pánico laboral. Era un jueves, pero parecía medio jueves también, no porque resultara más corto, sino porque respiraba a medio pulmón.

Llegó la noche de aquel medio jueves y me metí con mi medio pijama en la cama y dormí media noche gracias a un ansiolítico que me había recetado el psiquiatra al mostrarle mi carta de despido.

Luego, más solo que nunca, hice sumas y restas con mi indemnización, mis deudas, la hipoteca, mis tres o cuatro salidas económicas de clase media, que habían devenido súbitamente en cráteres de clase baja.

Después me levanté sin hacer ruido, para no despertar a nadie, y recorrí la casa acariciando la mesa del comedor, la nevera, la consola de videojuegos, los muebles de la sala, todo aquello en lo que se resumía la sustancia familiar y que, misteriosamente, ya no era mío.

Encendí la tele, busqué un canal de noticias y me asusté un poco al comprender que los noticieros no me concernían, ni yo a ellos. Ya sabes, los millones de Odebrecht, la crisis en Venezuela, la política, la farándula criolla, la Selección Colombia… Todo se había quedado al otro lado, cuando el cuchillo, en medio del pasillo, dividió mi existencia y me alejó de mí mismo.

Jesús, analizando la situación, pensé que la gran ventaja de disponer de media vida era que solo necesitaría emplear la mitad de la fuerza de un suicida normal. Decidan ustedes lectores si se debería culpar a alguien de mi muerte.