SIMON BLAIRUna cosa muy distinta es estar de acuerdo históricamente (aunque esto sea pura palabrería, pues vemos que hoy en día no existe ninguna diferencia entre los partidos tradicionales) con la actividad política del partido y otra comprender todos los aspectos que los dirigentes llevan a cabo. 

Por: Simón Blair

Todos saben que la política no puede existir sin oposición, que donde exista un partido de derecha, habrá uno de izquierda sin la necesidad propiamente dicha de serlo, ya que puede calificarse del mando contrario por el simple hecho de entrar en conflicto con las ideas del gobernante o del que está presto a gobernar.  El centro para quien no esté de acuerdo ni con los unos ni con los otros pero que asume una posición ecléctica… y todas esas corrientes que últimamente vemos surgir.

Partidos políticos en Colombia hay de toda clase. Los tradicionales que en un principio se disputaban la totalidad de las ideas que en política existen; llamando comunistas a los liberales y burgueses a los conservadores, otros partidos políticos se vienen desprendiendo con ideas tan confusas que no se sabe de dónde son, pero que en su viveza y avispamiento se declaran fuera de ellas aludiendo que sólo están para servir a su país: están siempre del lado de la opinión pública para ganar adeptos, siendo así que si los ciudadanos son ateos ellos lo son y si son católicos (aunque tenga más simpatía con los liberales) se declararán como tales.  De todas esas mezclas, creo yo, se llega a tener cosas tan disparatadas como el ejemplo mencionado de los liberales y su religión haciéndola pública, desconociendo históricamente las ideas del partido. No es de extrañar, entonces, que veamos en la vida política coaliciones absurdas que solo buscan llegar al poder a toda costa y las ideas relegadas a un lado, desechas, medievales.  No sé hasta qué punto este tipo de actos beneficiarían al país, como muchos lo han visto en el cese de atrocidades cuando se firmó el Frente Nacional. Lo que quiero decir aquí, es que más allá de las acciones externas de las coaliciones, hay una clarísima tendencia a favorecer el poder y no el interés propio que supondrían las ideas de sus partidos para tratar de solucionar los problemas que un país esté sufriendo.

Hace pocos días, en  edición de fin de semana, apareció en el periódico La Tarde, uno de los pocos de la región copartidario del Q’hubo (desastroso, humillante, que no tiene nada de periodismo) un artículo político sobre un concejal de la región que en una sesión convocada para elegir presidente del Concejo Municipal decidió no votar por el candidato que su partido tenía previsto para ganar ese puesto, hecho que lo podría llevar no solo a la expulsión del partido político sino a la pérdida de su curul en dicha institución.  Yo no conozco nada de reglamentos internos dentro de partidos o no sé si al menos existen, pero fuera de toda pretensión, puedo decir que me parece una brutalidad que el partido pretenda siempre, absolutamente siempre, que su militante esté de acuerdo con todo lo que se hace dentro del partido. Una cosa muy distinta es estar de acuerdo históricamente (aunque esto sea pura palabrería, pues vemos que hoy en día no existe ninguna diferencia entre los partidos tradicionales) con la actividad política del partido y otra comprender todos los aspectos que los dirigentes llevan a cabo.  Quién sabe si el concejal  tiene o no oscuros intereses votando por ese presidente del Concejo Municipal o si se trató de una clara convicción política o ideológica.

Por esta razón considero ridícula la suspensión de su cargo o de su militancia política, porque todos sabemos que casi siempre se vota por oportunismo político o clientelismo (por esto es que se hacen públicos los votos, cuando no es necesario) y no siempre un militante de determinado partido tiene que estar siempre de acuerdo con las decisiones de su bancada, además pueden estar aliados con el partido de oposición y al siguiente día despreciarlo por lo más bajo.