Ya no podré conocer el Cauca y los antecesores liberales de mi departamento ni los atardeceres naranja en lo profundo del Meta porque siempre es más fácil escuchar el miedo, quedarse con lo conocido, no salir de la zona de confort, pero eso no es una característica de mi generación.

 

Por: Valeria Guerrero Osorio

Siempre he querido viajar, es un sueño usual de mi generación, supongo que es porque el internet nos permitió darnos cuenta de que hay mucho más allá de las montañas y mares que nos rodean. Pero también siempre he escuchado que antes de salir a conocer el mundo debería conocer mi propio país. El problema es que hasta hace un par de años era una misión casi imposible, no por la geografía de Colombia, sino por quienes se escondían en ella.

Nuestra historia como nación ha estado marcada por la guerra y, aunque esta ha mutado con los años, por desgracia la sangre no ha dejado de correr desde nuestros antepasados. La colonización fue una batalla, la independencia fue una batalla, la conformación del país fue una batalla, la diferencia ideológica siempre ha sido una batalla. Y cada una de estas disputas tienen un común denominador: la tierra, el verdadero poder.

Para no ir más lejos basta con recordar la época de La Violencia. Rara vez hubo pueblos donde ambos colores –rojo y azul– pudieran convivir en paz, por no decir ninguno. Sí o sí uno de los partidos siempre terminaba adueñándose de los territorios y obligando a sus opositores a marcharse. Anserma, Caldas, el pueblo donde nací, fue liberal y conservador, en épocas distintas, claro. Entre más personas hubiera de un partido, más fácil podían anular al otro, política y comercialmente. Una representación a pequeña escala de las hegemonías que azotaron durante casi todo el siglo XX al país.

Bueno, pues si bien esto lo han tenido claro los ricos, los pobres lo entendieron a la fuerza. Basta con recordar el inicio de las guerrillas colombianas: la inconformidad, un sentimiento potenciado que pudo hacer que campesinos tiraran el arado para cargar con una escopeta. Los mismos que no lucharon sentados en sillas como los gobernantes, sino recorriéndose el país que siempre ha estado marginado entre montañas y ríos, y del que fue fácil apropiarse porque ninguno de los cinco apellidos que se ha turnado el poder de la nación se ha acordado nunca de él.

La cosa ahí es que a los caminos los convirtieron en paredones y a los pueblos en trincheras. Afortunados los que lo hemos visto solo por televisión. Lástima los compatriotas que lo han sufrido en carne propia. Ese es el verdadero resultado del plebiscito del año pasado que buscaba conocer la opinión de los colombianos frente a la revolucionaria idea de la paz. Sabíamos que no sería nunca perfecta, no se puede poner a todo mundo de acuerdo, pero yo tuve esperanza; varios municipios de los 27 departamentos afectados por el conflicto tuvieron esperanza. Y hablo en pasado porque el actual presidente ya acabó con ella, 3 billones de pesos en armamento lo dejaron claro.

No llevar a término el Proceso de Paz genera muchas tristezas para los que creímos en él a pesar de las falencias, hoy les comparto una que siempre me saca lágrimas: perder la posibilidad de conocer mi país, de conectarnos físicamente. Muchos guerrilleros abandonaron sus zonas de control para iniciar la reinserción, lo que hizo que existiera la posibilidad de acceder a ellas, las mismas que por más de cincuenta años han estado en el territorio de Colombia, pero no han podido ser parte de ella debido a dichos grupos armados. Lo más lógico es que sin paz esos guerrilleros regresarán a los territorios que anteriormente controlaban.

Ya no podré conocer el Cauca y los antecesores liberales de mi departamento ni los atardeceres naranja en lo profundo del Meta porque siempre es más fácil escuchar el miedo, quedarse con lo conocido, no salir de la zona de confort, pero eso no es una característica de mi generación. Supongo que al final el presidente Duque es tan viejo como querían hacerlo ver en campaña.

Santos no fue perfecto, pero se arriesgó para darme la esperanza de un sueño que continúa vivo en mí: el de conocer mi país. Él nos construyó carreteras donde antes no había caminos y nos dejó echarle un vistazo a los lugares más recónditos y desconocidos del país. Ahora sé que existen, que están ahí esperando para que alguien los recorra sin sangre en los zapatos y los escuche más allá de las balas. Algún día espero ser ese alguien, por ahora solo queda aferrarse al rostro de la paz coqueta que hoy se nos escapa entre los dedos para no olvidarla y mantener la esperanza de que es posible que un día se vuelva tan colombiana como la guerra.