De la misma manera que considero necesario y urgente para la mujer conseguir su autonomía en todos los aspectos y espacios de la vida, creo fundamental para el hombre aprender a desenvolverse en las tareas cotidianas de la casa: asear, organizar, acomodar y cocinar lo básico; estos ineludibles oficios domésticos son tareas que todo hombre debe incluir en su rutina de aprendizaje para que él también gane autonomía. 

Gloria Escobar_2Por Gloria Inés Escobar Toro

Y es que para los seres humanos, independientemente de su sexo, lo más sano y provechoso es adquirir cierto grado de autosuficiencia, esa capacidad de valernos por nosotros mismos para suplir las necesidades básicas sin que ello implique el olvido o renuncia de un valor esencial para la supervivencia como es la solidaridad, la ayuda mutua entre todos.

Este planteamiento, que no es más que asomarnos al otro lado, nos lleva a reformular la inveterada, clásica, impráctica, segregadora y, para muchos, inmodificable primera división social del trabajo que consistió en clasificar las labores de acuerdo al sexo, así se llegó a determinar que hay trabajo de hombres y trabajo de mujeres. Esta división tal vez necesaria y funcional en los inicios de la humanidad, pronto resultó forzada e inválida al encasillar férreamente las actividades humanas en propias de un sexo u otro, de tal modo que terminamos aceptando como algo natural que hay tareas, y por lo tanto espacios propios de mujeres y propios de hombres: el trabajo doméstico y la casa para las primeras, el trabajo de manutención y la calle –el mundo– para los segundos.

Dicha división, por supuesto, trajo aparejada una jerarquización en la cual se otorgó privilegio y estatus al trabajo masculino mientras que al femenino se lo menospreció y desvaloró estableciendo así las bases para una sociedad basada en el predominio del hombre sobre la mujer, con todas las consecuencias que padecemos hoy.

De igual manera la educación también fue organizada de acuerdo a este estado de cosas, es decir, se instituyó una educación diferenciada en la que no se enseñaba lo mismo a ambos sexos y eso sin contar todo el tiempo que aquélla fue prohibida para las mujeres por considerarse innecesaria.

Congruente con esto, la formación impartida en el hogar, la primera y quizás más importante por ser aquella que nos marca para el resto de la vida, también fue adaptada al servicio de estas ideas de tal modo que aun hoy por tradición se enseña a las niñas de manera prioritaria los oficios del hogar, al tiempo que los niños son mantenidos al margen de estos por ser considerados ajenos a su naturaleza y por el contrario, son instruidos en temas considerados realmente útiles y prácticos. Así se reproduce el modelo y la receta que la mayoría practica: las niñas en la casa aprendiendo todo aquello que las hará mujeres y los niños en la calle instruyéndose sobre lo que significa ser hombres.

Pues bien, como ya se ha mencionado, la consecuencia –una de tantas– de semejante diferenciación no es otra que seres humanos mutilados y limitados, mitades que van por el mundo buscando no una pareja –un par, un compañero, un igual– sino alguien que les supla sus deficiencias: las mujeres tras un hombre que las proteja, las guíe, las solvente, las dirija; y los hombres, en pos de una mujer que los consienta como niños, les resuelva todas las tareas domésticas y sobre quien descargar toda la responsabilidad de la crianza de los hijos y el cuidado del hogar.

Para romper este círculo, que sin dudar daña y mutila tanto a un sexo como al otro, desde la más temprana edad, hombres y mujeres deben ser enseñados a procurar, como lo mencioné al comienzo de este texto, cierto grado de autosuficiencia; niños y niñas deben ser obligados por igual a responder por el orden y el aseo de su propia persona y del lugar que habitan; deben aprender a realizar las labores domésticas que demanda la vida diaria sin distinción alguna; deben ser enseñados a prepararse para afrontar las exigencias de la supervivencia; es decir, deben ser educados en la independencia y la autonomía.

Así que del mismo modo en que las mujeres debemos luchar día a día por nuestra independencia si queremos lograr la liberación y el real dominio de nuestras vidas, en aquello que es posible, los hombres deben hacer lo propio para romper con esa necesidad de buscar en cada mujer, el instrumento que les facilite la vida.

La lucha contra las tradiciones que nos atan a prácticas lesivas y para nada progresistas debemos darla hombres y mujeres si es que de verdad queremos construir una sociedad distinta en la que las diferencias que nos constituyen no se traduzcan en desigualdades odiosas.