A partir de ese momento, el niño que soñaba con jugar al fútbol vistiendo la camisa del Fenerbache, se convirtió en un monarca autoritario y opresivo. Depuró la cúpula del partido y del Estado. Comenzó a censurar medios que contradecían su gobierno y bloqueó el acceso a redes sociales…
Si la democracia significa libertad, ¿por qué nuestra gente no es libre?
Si la democracia significa justicia, ¿por qué no tenemos justicia?
Si la democracia significa igualdad, ¿por qué no tenemos igualdad?
La sabiduría no habla de más, procura decir más diciendo menos. La sabiduría no busca aprobación de la muchedumbre, espera que el tiempo le dé la razón. La sabiduría no es rimbombante, sabe que los hitos trascendentales de la historia fueron gestados en el anonimato.
Aristóteles –ese personaje que tiene más de mito que de mortal– fue un sabio, lo es, y seguirá siéndolo. Para el filósofo griego, de todos los sistemas el mejor era la democracia. Tanto Aristóteles como Noam Chomsky descubrieron el talón de Aquiles de dicho sistema: “Es importante entender que a los sectores privilegiados y poderosos nunca les ha gustado la democracia, y tienen sus buenas razones. La democracia pone el poder en manos de la población, arrebatándoselos a ellos (…) Aristóteles propuso dos soluciones opuestas: una es un estado de bienestar que procure reducir la desigualdad. La otra es reducir la democracia”, afirma Chomsky en el documental Requiem for the american dream. Turquía es un ejemplo fehaciente de que la democracia triunfa, solo si va en contravía de las bases ideológicas sobre las que fue creada.
Recep Tayyip Erdoğan completa trece años en la cúspide de la pirámide que determina el rumbo político de Turquía: once años como Primer Ministro (de 2003 hasta 2014) y dos años como Presidente (de 2014 hasta el día de hoy). Erdogan o la desmesura es un perfil escrito por Andres Mourenza y publicada en Revista 5W. Allí, Ümmühan Engin, otrora vecina del mandamás turco, recuerda cuando Erdogan era un gregario más: “Sus hermanos creían que no llegaría a ninguna parte. Porque es una buena persona: Erdogan es una persona de esas que te miran a los ojos y te miran desde el corazón. Y rezaba todos los días. Y tenía principios. Por eso, su familia se preguntaba: ¿cómo va a triunfar en política alguien así? Pero nosotros sí que creíamos en él. Era muy trabajador. Tenía algo”.
La carrera política de Erdogan inició en 1994 año en que llegó a ser Alcalde de Estambul. Por aquellos años, con los pies y el ego en la tierra, gobernaba con una marcada conducta filántropa, una declaración del citado trabajo lo demuestra: “Cuando llegó Tayyip a la alcaldía, el Cuerno de Oro olía a mierda y él lo limpió. Recogió la basura de las calles. Trajo el agua corriente al barrio, que hasta entonces teníamos que acarrear nosotros a casa”.
Estambul sería la plataforma que le permitiría a Erdogan alcanzar las altas esferas del poder turco. En 2001 nació el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) que ganaría las elecciones al año siguiente. Por aquel entonces, el AKP estaba dirigido por un cónclave del cual Tayyip era el “rostro público”. Al comienzo el partido hizo reformas procurando no herir las susceptibilidades de las fuerzas armadas, las minorías y los funcionarios públicos. Además inició la gestión para entrar a la Unión Europea. Todo iba viento en popa, el 47% y el 49,8% de los votos en las elecciones de 2007 y 2011 ratificaban el éxito del AKP. Un éxito que se tradujo en una Turquía influyente en el mundo con una economía fuerte y boyante. Pero Erdogan demostró que era cierto el pronóstico de Enver Pasha: “Esté seguro de que cuando sea nombrado general, querrá ser sultán. Y cuando se convierta en sultán, querrá ser Dios”. Embriagado de poder, y la democracia en Turquía se vino abajo cual castillo de naipes.
Según Yavuz Baydar, periodista que apoyó al AKP y que luego sería aislado por su postura crítica, “después de las elecciones de 2011, tenía dos opciones: o compartir el poder o acumularlo. Continuar con las reformas democratizadoras significaba dar poder a la sociedad civil, apoyar la diversidad política, reconocer derechos colectivos de kurdos y alevíes… Optar por esa vía democratizadora significaba compartir el poder y correr el riesgo de erosionar su base electoral. Así que optó por lo contrario, por reforzar el culto a su personalidad, que es algo que siempre ha funcionado muy bien en este país”.
A partir de ese momento, el niño que soñaba con jugar al fútbol vistiendo la camisa del Fenerbache, se convirtió en un monarca autoritario y opresivo. Depuró la cúpula del partido y del Estado. Comenzó a censurar medios que contradecían su gobierno y bloqueó el acceso a redes sociales. Su paranoia aumentó y las teorías de conspiración en contra de Erdogan se convirtieron en el pan de cada día.
Tanto va el agua al cántaro que hace pocos días el mundo fue sorprendido por un frustrado golpe de estado en Turquía. El pasado viernes 17 de julio mientras Erdogan pedía asilo político a Alemania y por FaceTime exhortaba a los turcos a salir a las calles, los tanques y aviones de las fuerzas armadas se tomaban Estambul disparando sin pudor alguno contra la población civil. El saldo: 99 generales procesados, 60.000 funcionarios cesados, despedidos y apartados de sus cargos, 11.000 detenidos en su mayoría militares, 232 muertos, y Erdogan, firme en su trono, declarando estado de emergencia durante tres meses.
El país que fuera la democracia a mostrar en el mundo musulmán demuestra que en la democracia los victoriosos siempre están en el poder y los perdedores siempre son quienes los eligen. Porque la democracia es una publicidad engañosa, como la pócima de la felicidad. No existe cosa más antidemocrática que la democracia contemporánea, lo corroboró Martin Gilens al demostrar que cerca del 70 por ciento de la población estadounidense no ejerce ninguna influencia sobre las políticas públicas. Aristóteles –a quien llamaré el sabio conciso y silencioso– tenía razón.



