Gloria Democracia y capitalismo son como agua y aceite, son una mezcla artificiosa que requiere de idiotas útiles para simular su compatibilidad, así que votar es aceptar y, sobre todo, legitimar una democracia de papel, de mentiras, de fachada.

Por: Gloria Inés Escobar Toro

En medio de la intoxicación visual y auditiva, tanto por medios físicos, virtuales como de viva voz, a la que nos tiene sometida esta época preelectoral de caras lavadas, sonrisas compuestas, ideas copiadas y palabras calculadas, resulta imposible sustraerse a respirar así no se quiera, esta batahola de imposturas.

En las charlas con amigos, con colegas, con la familia, en la radio, en la televisión, en internet, en las esquinas, en los pares, en todos los rincones aparece, tarde o temprano, el tema de las votaciones y sus correlatos, los candidatos, ¿las propuestas?, el voto en blanco… todo ello enmarcado en la falsa idea de aprovechar la fortuna de vivir en una sociedad democrática.

Y consecuente con esto se nos muestra un abanico de colores, logos, partidos y candidatos que dicen representar las necesidades de sus electores, del pueblo; abanico que bien mirado se reduce a lo de siempre, dos partidos fuertes en maquinaria y tradición marrullera que en su afán de pintar al país de variados colores como corresponde a las democracias, se han ramificado en “nuevas opciones” las cuales a pesar de sus esfuerzos no han logrado cortar el cordón umbilical que los ata a sus poderosos y robustos progenitores: los gloriosos partidos liberal y conservador que, recordemos, han realizado en el pasado mejor que en el presente, pactos de alternancia en el poder pues al fin y al cabo son hijos de la misma burguesía aristocrática que ha manejado al país desde su “independencia”.

La oposición, que no es mucha ni seria, en la mayoría de los casos, se reduce también a un pobre abanico en el que se trata de promover a figuras impolutas, nuevas y emergentes, algunas provenientes de la izquierda más radical a quienes su espíritu revolucionario se les acaba en cuanto logran acomodarse y sentirse aceptados por esa rancia clase política, rancia no por la nobleza sino por lo podrida, que ha gobernado este desgraciado país en nombre del pueblo pero al servicio de sus propios intereses.

En ambos casos, los “propios” y los “marginales”, echan mano de las mismas estrategias: los dos presentan como alternativas de cambio de la politiquería tradicional a gente joven, a las mujeres, y cuando pueden, a personajes de los grupos étnicos que pueblan este suelo, todos ellos lanzados al ruedo con el manido discurso de la honestidad, incorruptibilidad y capacidad de trabajo que supuestamente les son propios bien por su condición de edad, de género o de etnia, condiciones éstas que al parecer garantizarían una forma nueva de hacer política.

Patrañas, estereotipos, mentiras, mitos. Ni el género ni la juventud ni la etnia a la que se pertenece, son garantía de nada, tampoco el color de la piel. En política, ya ha sido suficientemente demostrado tanto a nivel local como internacional, no importa nada de esto pues ninguna de estas características trae aparejadas cualidades especiales o esenciales que hagan la diferencia. Bajo un sistema que ha entronizado al dinero, a la ganancia como su dios, no es posible derrotar las prácticas que necesariamente llevan a él: la corrupción, la venalidad, el sagrado principio de estar pronto a cambiar de camiseta cuando las circunstancias así lo exijan, el engaño…; bajo un sistema así lo que florece es el descaro, la desfachatez, la trampa, la hipocresía, la deshonestidad.

Ahora bien, por supuesto no todos los candidatos son pésimos, no todos son seguidores serviles de los caciques que los apadrinan, hay excepciones, hay quienes tienen una trayectoria de trabajo por la comunidad y están llenos de buenas intenciones y hasta son sinceros en su deseo de transformar la sociedad, pero éstos o son ingenuos, o ciegos, o torpes y por lo tanto tampoco representan una real opción de cambio. Y es que verdaderamente se tiene que ser muy iluso si cree que en medio de la leonera que es la politiquería en este país, se puede ir en contra de sus prácticas: el clientelismo, la corrupción, la compra y venta de principios, la connivencia con la violencia. No, aquí el que gane o bien aprende a bailar al son que le toquen o se va, no hay alternativa si es que quiere seguir viviendo. En Colombia no existe la pluralidad, y la honestidad de los pocos, se estrella contra la ya podrida y establecida dinámica de la política criolla.

De otro lado, resulta evidente que la democracia dentro del capitalismo, sistema éste que vive y se fortalece gracias a la desigualdad social que le es connatural, es imposible, es una comedia, una broma, un insulto a la meridiana inteligencia porque en una sociedad donde existe una clase explotadora, ésta reina y gobierna para sus intereses y no para los de aquellos a quienes pisa. Democracia y capitalismo son como agua y aceite, son una mezcla artificiosa que requiere de idiotas útiles para simular su compatibilidad, así que votar es aceptar y sobre todo, legitimar una democracia de papel, de mentiras, de fachada. Más vale imaginar caminos y estrategias que nos lleven a la construcción de una sociedad diferente en la que efectivamente pueda hablarse y vivirse una verdadera democracia.