La imagen es de todos conocida: miles de ciudadanos chinos se desplazan por las calles de una ciudad industrial, en medio de una densa nube de humo y “protegidos” con tapabocas. Es la postal de ese curioso engendro surgido tras la muerte de Mao y la consiguiente purga de sus colaboradores: comunismo político y capitalismo económico. Es decir, burocracia férrea y neoliberalismo rampante.
Por Gustavo Colorado
Cuando se les pregunta sobre compromisos en materia ambiental los funcionarios chinos responden con una sinceridad que exaspera a los movimientos verdes : “Si queremos sacar de la pobreza a mil millones de habitantes no podemos ponernos con sutilezas. Con formas de producción propias de la Edad Media ni siquiera podremos garantizar la dieta diaria de nuestra población. Así que no tenemos otra salida que seguir adelante, así nos sancionen una y otra vez por incumplir los protocolos en materia de contaminación”.
Suena cínico, pero al menos los burócratas chinos son honestos. Su postura expresa a cabalidad la esencia misma del capitalismo: producción, consumo, derroche y vuelta a producir y consumir hasta que no haya nada que explotar y entonces a lo mejor los más privilegiados emigren a otro planeta del sistema solar. Ajenos a todas esa falacias sobre el desarrollo sustentable y sostenible, los herederos de los antiguos mandarines les hacen el quite a los pactos, porque saben que no los van a cumplir.
Al menos eso los diferencia del resto de integrantes del grupo de los más ricos, que firman cuanto papel les ponen al frente: emisión de gases, calentamiento global, manejo de residuos tóxicos, vertimientos a las aguas. A la hora de evaluar los acuerdos todos tienen sus razones para haberlos violado: la productividad de las empresas y la generación de empleo, las protestas obreras o los altos intereses de la nación. Basta con que una gran corporación de la industria farmacéutica, petrolera o del negocio informático amenace con retirar su apoyo financiero a los políticos para que toda la palabrería sobre desarrollo sustentable y sostenible se diluya en el aire. Esa es la realidad. Lo otro es el catálogo de buenas intenciones de todos esos movimientos surgidos tras el derrumbe de las grandes ideologías y que hoy se empeñan, según la expresión al uso, en “salvar al planeta”. Aquí nada nada más en Colombia, como en todas partes, las grandes transnacionales imponen ministros y funcionarios de bolsillo, escogidos a la medida de sus intereses. A quien los denuncia lo acusan de mamerto, de enemigo del progreso o lo cagan a tiros en algún recodo del camino.
Tengo un vecino en mi blog, aquí al lado, el boliviano José Crespo de El perro rojo. Dueño de una pluma corrosiva y de una especial capacidad para los detalles. Crespo nos mantiene enterados sobre esa curiosa variante del folclore latinoamericano que es Evo Morales. Entre muchas otras cosas, el presidente de Bolivia se la pasa suscribiendo cuando tratado internacional existe sobre conservación ambiental y protección de la madre tierra. La pregunta obligada es: ¿Cuál puede ser la participación porcentual de Bolivia en la destrucción del planeta? Por supuesto, es mínima, por no decir nula en comparación con Estados Unidos, Japón, Alemania, Reino Unido y los otros dueños del mundo, es decir, sus corporaciones. Lo que ellos no firman lo hacen Morales y sus equivalentes en todos los lugares de la tierra.
Para tranquilizar la conciencia y de paso evadir uno que otro impuesto, estas transnacionales financian organismos consagrados a cuidar riachuelos, limpiar veredas o impulsar jornadas de día sin carro o de amor a los árboles. De esa manera pueden seguir tranquilas su senda devastadora mientras pronuncian discursos conmovedores sobre la inclusión, la equidad y el desarrollo sustentable.


