Desinflados

Gustavo ColoradoLos futbolistas aparecen rodeados de un aura que impide pensar en los tortuosos caminos transitados por esos hombres antes de alcanzar el  pedestal que hoy ocupan en la imaginería planetaria. Pero la vida tiene su propia manera de dar lecciones.

Por: Gustavo Colorado

Al principio creí que se trataba de una conversación entre tratantes de ganado, pero no: eran dos padres de familia hablando del futuro de sus pequeños hijos matriculados en una escuela de fútbol. El asunto era así:

– Ese muchachito mío es todo un crack. Un par de años más y se lo vendemos, como mínimo, a  River Plate de Argentina. Después ya  será pan comido llegar a Europa.

– El mío ya lo tenemos hablado con un empresario para llevarlo al Brasil. Luego dará el gran salto a las grandes ligas.

Ah, carajo. Esto debe ser lo que llaman amor paternal, pensé, mientras los progenitores se alejaban enfrascados en una discusión acerca de cuál de los vástagos alcanzaría más temprano la gloria.

En eso se convirtió el deporte que una vez los brasileños bautizaron como O jogo bonito: en un negocio de compraventa controlado por mafias internacionales que rondan todo el tiempo el delito de trata de personas. Tanto, que existen en Europa organizaciones sociales dedicadas a rescatar de las calles a miles de niños y jóvenes abandonados por los empresarios cuando fracasan en su intento de ingresarlos a un equipo de ese continente.

Hipnotizados por el resplandor de eventos como la Liga de Campeones o el Mundial de fútbol, donde la publicidad, el mercadeo, la especulación y la farándula acaban por opacar la belleza del juego, ni aficionados ni familias se detienen un solo segundo a plantearse la posibilidad del fracaso: gravitando entre el deporte y el modelaje, los futbolistas aparecen rodeados de un aura que impide pensar en los tortuosos caminos transitados por esos hombres antes de alcanzar el  pedestal que hoy ocupan en la imaginería planetaria. Pero la vida tiene su propia manera de dar lecciones.

Hasta el último minuto, los aficionados colombianos esperaron la noticia  sobre la participación de Radamel Falcao García en el Mundial de Brasil. Lo hacían por puro fervor, a pesar de conocer desde un comienzo los detalles sobre la gravedad de la lesión sufrida por el delantero a comienzos de año. Lo que no pudieron o no  quisieron imaginar fue el ambicioso entramado de poderes que pretendían, contra todo diagnóstico clínico, forzar la presencia del jugador en el evento para salvar millonarios contratos de publicidad pactados, entre otras, con empresas  fabricantes de maquinillas de afeitar o proveedoras de televisión por cable. Poco importaba si se ponía en  riesgo el futuro deportivo del  futbolista, sujeto todo el tiempo al riesgo de una recaída en su lesión, por falta de una recuperación adecuada. En un caso inusual, el jugador optó por la sensatez y podrá así continuar con  su tratamiento de rehabilitación.

Como el suyo, son decenas los casos. Obligados a participar en toda suerte de torneos organizados por el omnipresente cartel de la Fifa para multiplicar sus ingresos por publicidad y derechos de televisión, los  jugadores se ven sometidos a un desgaste que acaba por pasarle cuentas al cuerpo. Hasta ese atleta completo que es Cristiano Ronaldo  lucía cansado y poco deseoso de arriesgar las piernas en los juegos finales del torneo español y en la etapa decisiva de la Liga de Campeones. Fatiga de los materiales llaman a eso en el lenguaje de la mecánica.

Ese es el lado oscuro  tras las candilejas. A esa faceta del negocio de fútbol deberían echarle un vistazo quienes esperan encontrar en las canchas una forma de redención social y económica. A lo mejor de allí puedan derivar alguna suerte de lucidez. O al menos la suficiente para no acabar a la mitad del camino desinflados y desechados como un balón que ya no responde a las expectativas de la estrella o el magnate de turno.

PDT: a propósito de jogo bonito, les comparto enlace a esta hermosura.