DSC_0116“Dime de qué presumes y te diré qué te hace falta”, reza un viejo proverbio oriental. Al final del texto les explicaré el motivo de la cita.

Por: Gustavo Colorado

Como algunos de ustedes saben, mi vecino, el poeta Aranguren, desembarca en mi puerta armado de una botella de ron, cada vez  que su ofuscación por la que considera estupidez absoluta de los mortales alcanza límites insoportables para él.

Para contribuir a su desahogo le he ayudado a confeccionar una larga lista de asuntos particularmente ofensivos, entre los que se cuentan:

 La verborrea de los conferenciantes de auto superación.

 Los correos masivos desbordantes de afecto hacia una masa abstracta.

 Los reportajes a estrellas de la farándula embarazadas.

 El lenguaje ampuloso de los comentaristas deportivos.

 Las hierbas mágicas que todo lo curan.

 Los anti taurinos energúmenos.

 El lenguaje incluyente y todas las variables de la corrección política.

 La manía de utilizar expresiones en inglés, aunque se esté entre paisanos cuasi campesinos.

 El acto irresponsable de hablar por teléfono celular mientras se conduce un vehículo.

 Los fanáticos colombianos de equipos de fútbol extranjeros.

En fin, que esta vez Aranguren andaba indignado por  la atención mediática dedicada a esa curiosa encuesta en la que, una vez más, los colombianos resultamos ser los fulanos más felices de este desquiciado planeta. Incluso La Tarde, el periódico que me soporta como columnista, publicó un artículo en el que el autor se preguntaba, filosófico, por el significado de la felicidad.

¿Acaso no sabes que las encuestas se convirtieron de la noche a la mañana en una pandemia tan grave como el  Sida o el trastorno bipolar? Le esgrimí con la esperanza de  mitigar su indignación. Al fin y al cabo, uno utiliza un baño público y a la salida un feligrés con cara de palo le asesta  un cuestionario en el que los administradores tratan de verificar  la calidad del papel higiénico, el aroma del desinfectante o el sonido del agua al caer. Poco importa si para sacárselos de encima uno responde lo primero que le viene a la cabeza.

Hay encuestas para todo: el precio de los tubérculos, el contenido de las clases en la universidad, los discursos de los políticos, el rendimiento de los jugadores de fútbol, los sermones en las iglesias, los servicios en los prostíbulos y hasta sobre el estado del clima ¿a cuento de qué preocuparse entonces porque  a alguna  agencia le dio por preguntarle a un grupo de  individuos por el estado de sus relaciones con el mundo? Bien sabemos que la respuesta a ese tipo de interrogantes depende del qué, cómo, cuándo, dónde y a quién. Si el encuestado acaba de enamorarse, se encuentra en la playa o atiborrado de paquetes a la salida de un centro comercial, responderá  que es feliz, aunque el resto de los 364 días del año sea el más inconsolable de los desgraciados. Así funcionan esas cosas. De modo que lo más saludable es no prestarles atención.

Pero Aranguren andaba en su día malo y me enumeró el conocido catálogo de razones para sentirse infeliz en estos andurriales: la violencia, los políticos, la corrupción, la incivilidad  y todas esas cosas. Vencido, le dije entonces que los colombianos entrevistados, atendiendo a un curioso rapto de lucidez, dijeron ser tan felices quizás atendiendo a la advertencia del proverbio mencionado: “ Dime de qué presumes y te diré qué te hace falta”.

PDT: A propósito, les comparto enlace a una canción en la que Joaquín Sabina se ocupa del asunto.