La desconfianza en los medios y su pérdida de credibilidad es evidente. Así lo atestiguan las denominadas Grandes Encuestas de las firmas especializadas. En esta debacle que parece no tener freno, pierden imagen instituciones otrora respetadas y respetables…

 

La prensa colombiana ha sido protagonista de uno de los escándalos recientes en un país acostumbrado a vivir ahíto de noticias exclusivas, de últimas horas, de desastres cotidianos que nos invaden desde los diferentes espacios noticiosos. Asistimos a una especie de “telaraña de lo infausto”, como alguien se atrevió a llamarla, al desastre como espectáculo en cámara lenta.

Esa es, quizá, la clave de muchos males del periodismo actual: el espectáculo se tomó a los medios, incluso en sus franjas y exponentes más representativos, para construir el perfecto decorado a una sociedad marcada por la frivolidad y la información carente de verdadero significado, de relevancia. Y en esa rutina diabólica de “ofrecer lo que la gente quiere”, para eximirse de cualquier culpa, los medios y los periodistas se lavan las manos con la impudicia de quien se sabe errado, pero que persiste con la idea de sacarse en limpio.

La desconfianza en los medios y su pérdida de credibilidad es evidente. Así lo atestiguan las denominadas Grandes Encuestas de las firmas especializadas. En esta debacle que parece no tener freno, pierden imagen instituciones otrora respetadas y respetables como el Congreso de la República, la Justicia, las altas cortes, la Procuraduría, los partidos políticos… y los medios de comunicación. Sí, los medios de comunicación y sus periodistas; en fin, el periodismo como práctica de la democracia.

El diagnóstico general ya está de sobra hecho. Sus consecuencias son cada vez más evidentes: menos lectores, menos oyentes, menos televidentes… menos confianza y más consumo en el océano de internet. Pero ante tal panorama, ¿cuál ha sido la reacción de los medios masivos, sus directivos y sus periodistas? La respuesta, por simple, no deja de ser más alarmante: al descrédito se responde con indolencia y cierto acento de arrogancia.

Antes tal situación, solo queda por los cauces iniciales de este oficio o profesión: acentuar la Responsabilidad Social de los Medios y hacer verdaderos esfuerzos por una Autorregulación seria, honesta y de impacto en el manejo informativo. Dos tareas complementarias y cuyo resurgimiento o concreción exigen enormes sacrificios sumados a la creatividad.

Sobre la primera –la Responsabilidad Social–, sobra decir que debe resucitarse, pues en un mundo en donde la llamada cultura empresarial parece absorberlo todo, hasta lo que se creía sagrado, como la Academia, es hora de destacar el enorme papel que le corresponde a los medios en sociedades como las actuales, mucho más en una como la colombiana, abocada al muy posible final de un conflicto de 60 años con uno de los más feroces actores, lo que sin duda cambiará muchos imaginarios y urgirá de nuevas pedagogías ciudadanas. Los medios eran, y deben volverlo a ser en un futuro, más que empresas rentables. De hecho, la gran fortuna es conciliar ambas condiciones, permitiendo ganar en confianza y sostenibilidad económica. Una apuesta nada fácil, pero necesaria.

Pero cabe también hablar sobre la autorregulación. Una práctica que en Europa desde los años 60 se abre espacio de manera creciente, a través de los Consejos de Prensa y otros entes similares, que agrupan tanto a periodistas como editores y representantes de la sociedad civil, entre otros. Esa autorregulación puede llevarse a la práctica a través de múltiples instancias que aportan de manera mancomunada. Por ejemplo, códigos deontológicos; manuales de estilo; la figura respetable del defensor del lector, del televidente o del radioescucha; estatutos de redacción; principios editoriales; entre otros. Incluso, no es descabellada la creación de un Tribunal Nacional de Ética, como lo tienen otras profesiones, y que en Colombia tuvo una efímera acogida en el Círculo de Periodistas de Bogotá (CPB), que aún mantiene un código propio de esa agremiación.

La autorregulación, contraria a la autocensura, es una decisión libre y soberana. La autocensura, tan extendida entre muchos periodistas, es una imposición auspiciada por el temor, la conveniencia o la subordinación irreflexiva a otros poderes. Es, con mucho, la peor de las censuras.

Hacen falta más filtros internos en el periodismo, eso bien lo supo descubrir la prensa británica luego de los escándalos sobre espionaje que llevaron al cierre del centenario periódico News Of The World y al descrédito de la Comisión de Quejas sobre la Prensa (PCC, por su nombre en inglés). Surgió así una nueva forma de autorregulación, con mayor capacidad de acción frente a los medios, sus propietarios y los respectivos periodistas.

El peor de los escenarios es la hetero-regulación, como puede constatarse en países vecinos, en los cuales el Estado se convirtió en juez y parte en el control de contenidos, con los lamentables resultados que nuestros acuciosos medios han sabido divulgar de manera amplia.

Es duro plantearlo, pero al periodismo colombiano le llegó el momento de autorregularse con la mayor seriedad o verse enfrentado a progresivos intentos de control gubernamental, como los vividos durante estas semanas, cuando el Presidente se abrogó el papel de periodista, en un fugaz desdoblamiento que como resultado aumenta el recelo y profundiza la distancia entre el mandatario y los periodistas, muchos de ellos víctimas de interceptaciones telefónicas, seguimientos y abierta hostilidad del ejecutivo.

Es posible el uso emancipador de los medios, entendidos como canales a través de los cuales sea en verdad posible inculcar una toma de conciencia de la ciudadanía, la misma que se vería representada por esos medios responsables y autorregulados. Soñar es cosa de tontos, dictan los pragmatismos del momento, ¿pero acaso no estamos construidos de sueños?