EDITORIAL / EL FRACASO DE LOS GRANDES MEDIOS

En las imágenes de un noticiero nacional aparecen unos indígenas quemando lo que se sugiere es una camioneta de alta gama, mientras una voz en off relata: grupos de indígenas sembraron ayer el caos en el sur de Cali cuando atacaron a personas que se oponían a los bloqueos. Aparecían también algunos hombres mestizos que vestían de blanco y ocupaban otras camionetas similares. El relato visual lo reafirmaban con el testimonio de un hombre de edad avanzada que habla desde su apartamento de clase media, allí repetía casi lo mismo: los indígenas atacaron a la gente. Esa información, así, sin más averiguación, deja al ciudadano con la certidumbre de que estos “indios” –así los llaman despectivamente– son unos delincuentes que promueven “el vandalismo” y “el terrorismo” –palabras gratas al poder y a los medios antes hegemónicos–.

Por fortuna existen medios independientes, casi todos ellos nativos digitales y, cómo no, las redes sociales donde por estos días se suben miles de videos. Y allí, periodistas y personas inquietas que van más allá de difundir imágenes, dan cuenta de la historia no contada, esa que por desidia y muchas veces por manipulación intencional no divulgan los medios tradicionales. La realidad, como ocurrió en el hecho sucedido esta semana, es que grupos de autodefensa integrados por personas de las clases pudientes, junto con sus escoltas, se dedicaron a disparar sus armas de fuego contra los indígenas y estos respondieron luego de tener varios heridos entre sus filas. Para rematar la desinformación titulan la noticia como “Ciudadanos e indígenas se enfrentaron”. Es decir, nuestros indígenas no son ciudadanos.

Este solo hecho sirve para ilustrar docenas o centenares de manipulaciones informativas que los medios afines al actual gobierno –que lo son casi todos los de Bogotá y los de muchas capitales de departamento– al realizar un periodismo que para nada representa a la ciudadanía, mas sí a sus dueños –los barones de la economía colombiana–  o a los intereses del actual presidente o al partido gobernante. En fin, todos ellos parecen ser casi lo mismo.

La ciudadanía ya se dio perfecta cuenta del embuste con el cual se construye buena parte de la agenda informativa, mucho más cuando esos mismos ciudadanos acuden a los medios internacionales para encontrar versiones por completo distintas a las que se informan localmente. Para saber de Colombia, muchas veces, hay que acudir a los de afuera y, por fortuna, a una definida cantidad de medios digitales que están mostrando no solo los hechos aislados, lo mejor es que aportan contexto y análisis, algo que desapareció de la agenda de esos medios tradicionales.

A la par con la baja aceptación de este gobierno –imagen desfavorable del 65%, según informó Cifras y Conceptos en abril– la de la prensa está en su peor nivel desde que se hacen estas mediciones –credibilidad de 39 puntos, según el Trust Barometer 2021–. Ante este panorama, los medios de comunicación y los periodistas –no son lo mismo unos y otros– debiéramos llegar a un juicioso balance autocrítico, válido ahora, cuando las calles siguen siendo escenario de la protesta social y los enfrentamientos ya se dan entre varios difusos actores.

No puede ser que por servir de manera complaciente a los poderes o a los dueños de los medios, el periodismo termine herido de muerte en su principal capital: la credibilidad, esa misma que una vez perdida es casi imposible recuperar. El descrédito de casi todos aquellos que antes se consideraban grandes medios es una pérdida que le cuesta demasiado a la democracia, a la sociedad misma. Hoy muy pocos colombianos confían en la gran prensa y también en muchos periodistas que allí laboran, a veces en una actitud injusta, pero explicable al saber las conexiones tan arraigadas que hay entre quienes ejercen el oficio y el medio en el que divulgan la cotidianidad.

El sesgo en el manejo de la información –durante la ya larga pandemia y mucho más en el contexto del actual paro nacional– es algo evidente, a veces tan burdo que no resiste mayor análisis y tampoco excusa alguna. De hecho, algunas de esas disculpas o excusas han terminado por ser peores que la desinformación que se pretende aclarar. Y la autocrítica es nula, cualquier reparo es asumido como un ataque contra la libertad de prensa o persecución personal. Es tal la egolatría de algunos directores de esos medios que ya hacen de la información un bien útil para codearse con los líderes de sus evidentes favoritismos ideológicos, de clase, de etnia o de afinidad con los respectivos propietarios –de los medios, claro, aunque queda la duda si son también dueños de esos malhadados directores–.

Es tan evidente el salto al vacío que alguna directora de un gran medio se atrevió a estigmatizar con nombre propio a un fotorreportero y al medio en el que trabaja, ambos con el mayor prestigio por su labor profesional, en un inédito ataque virulento entre colegas. Todo porque no le gustó que se difundiera una imagen en la cual se pone en cuestión el manejo informativo de su semanario. En la fotografía de la disputa aparece una instalación artística hecha por terceros, no por el fotorreportero.

Y en lo local la situación no es mejor. Muchos medios se volvieron replicantes de testimonios oficiales y de comunicados del mismo talante. Sin ningún contraste, ni siquiera con verificación in situ. Una especie de teleperiodismo que se alimenta de videos, “declaracionitis” oficial y un evidente sesgo ideológico que coincide con el del gobernante de turno. Es entendible la necesidad de la pauta oficial para poder sobrevivir, pero jamás el servilismo puede ser guía del periodista. En este paro se hizo más que evidente esta conducta, cuando importa más la abrumadora difusión de los “actos vandálicos” de destrucción de bienes públicos y privados que el seguimiento a la brutalidad oficial o el surgimiento de grupos de autodefensa alentados por el desatinado alcalde, lo que ha terminado en un evidente “paro armado nocturno” que hasta ahora deja, al menos, cuatro jóvenes víctimas. Pero en los medios locales eso pareciera ser anecdótico ante la escalada de vidrios rotos.

No es que se pida ocultar los daños en propiedades, nada sensatos y a todas luces criminales, pero en una situación tan compleja como la presente la vida y la integridad física de quienes están en la calle –tanto manifestantes como autoridades– merecen el mayor cuidado y llamamiento a su respeto. En últimas, el amaño informativo local ha sido tal que algunos contenidos noticiosos parecen hechos en las oficinas gubernamentales que pagan buena parte de su pauta.

El periodismo tradicional colombiano jugó sus cartas y resultó perdedor, tanto que ya los medios internacionales no confían en él y prefieren pedir información a la misma ciudadanía o se contactan con los medios digitales emergentes que consideran más equilibrados en medio de estas protestas que llegan ya al día 14. Otros medios internacionales, más poderosos, tienen a sus enviados especiales en el centro mismo de la protesta, lejos de las tanquetas que protegen a los periodista locales, esos mismos a los que la ciudadanía les pasará cuenta de cobro por no ser fieles a la esencia de su ejercicio profesional: ser perro guardián de la democracia y portavoces de la ciudadanía de a pie, no de aquellos otros que se transportan en camionetas blindadas y escoltados, alejados de la realidad, tal y como está aquel pobre periodismo canalla. Reconocer las fallas propias y enderezar el camino, no hay de otra, o si no será la muerte de los medios tradicionales como espacios de encuentro democrático o como marca de prestigio.