Terminaron ayer las elecciones presidenciales en Colombia en un ambiente de paz hace muchas décadas perdido, con todas las mesas de votación funcionando sin mayores tropiezos. El pueblo decidió con un voto en su gran mayoría libre, por lo tanto, la victoria del ganador fue válida, como lo reconoció el perdedor. La agilidad en la entrega de datos, que apenas una hora después del cierre de urnas podía informar con certeza quién era el candidato triunfante, reafirmó la transparencia en esta segunda vuelta presidencial.

Pero conviene hablar de los derrotados. Muchos, quizá, pero hay uno en particular que es necesario analizar. Se trata del periodismo. Del buen periodismo. Entendiendo como buen periodismo ese que, además de informar, analiza sin apasionamientos, sin medias verdades –que son mentiras completas–, sin ponerse la camiseta de uno de los contendores y, sobre todo, pensando siempre en el interés de la gente del común, no solo en el de los propietarios de los respectivos medios.

Ese periodismo que en el pasado dio grandes glorias, como el nobel Gabriel García Márquez, ha sido noqueado en esta larga y polarizada campaña presidencial que ayer terminó. Y lo ha sido porque muchos periodistas –no todos, por fortuna– fueron indignos de las exigencias que este momento histórico les demandaba.

Los nombres de los indignos sobra repetirlos en este espacio, que de eso no se trata. La ciudadanía inteligente sabe cuáles son y sabrá castigarlos en su debido momento a través de la manera más expedita con que se puede castigar a un informador: restándole audiencia, porque ya la credibilidad quedó fracturada para siempre, irrecuperable.

En lugar de calmar los ánimos, apoyar la pluralidad ideológica y respetar las múltiples concepciones, se dedicaron a fomentar la animosidad, a irrespetar a quien no les gustaba, a adular en forma abyecta a quien les simpatiza y, sobre todo, a desinformar de manera descarada amplificando información errónea o tergiversada.

Ese periodismo canalla es el que hoy pulula en Colombia, un país habitado por personas con un mínimo o nulo nivel de comprensión crítica –como lo demuestran las diferentes pruebas de lectura–, sin memoria –las guerras recicladas lo certifican– y fáciles de manipular cuando se recurre al odio o al miedo –se vivió en esta prolongada campaña–. Un hermoso país de carácter tribal y habitado por mentes conservadoras con enorme tendencia a la intolerancia.

Acriticidad, desmemoria, odio, miedo e intolerancia que desde la gran prensa se magnificaron con el fin de agasajar los intereses de sus dueños, esos mismos que apoyan la continuidad de un sistema social y económico que hace agua y nos ubica como el segundo país más desigual en el contexto latinoamericano, según informa el BID.

Por todo esto, cabe hacer una reflexión profunda sobre la manera como se está ejerciendo esta profesión en nuestro país. Una reflexión que debe convocar a la autocrítica, la escucha atenta de los detractores y a un llamado de atención a los  centros de formación profesional, porque algo se está haciendo mal al observar los fatales resultados que dejó en este aspecto la reciente campaña política.

La ética, pilar invaluable del periodismo, ha quedado relegada ante el avistamiento del lucro personal o la imposición a como dé lugar de la ideología del periodista o del medio. El sesgo fue notorio en la gran mayoría de las entrevistas que se hicieron en los medios nacionales y en no poca de la prensa regional.

Apenas puede calificarse como aberrante el tratamiento obsequioso con uno de los candidatos, en contraste con la animosidad con la cual se abordó al otro. De todo esto puede intuirse algo que le hará mayor daño al periodismo nacional, si se cumple, como todo lo pronostica: la ausencia de crítica ante las futuras acciones del hoy presidente electo.

La prensa se concibió como un contrapeso del poder, con la idea de ser guardián de la democracia, como ya lo hemos dicho antes, y ese papel será imposible cumplirlo de verdad cuando muchos de los medios masivos y de sus periodistas están infectos por el servilismo.

Cabe, por último, esperar que surjan nuevos medios independientes, con capacidad crítica, honestidad y que tengan como faro el bienestar común y no el agasajo de unos cuantos vendedores de mercancías o de servicios bancarios, que es lo que son hoy los actuales propietarios de grandes medios. Ojalá el periodismo futuro sea hecho por periodistas en función de la sociedad. Solo cabe anidar esa utopía ante un panorama tan desesperanzador para el periodismo colombiano.