La noche del 20 de marzo puede marcarse como el inicio de otra Colombia. Eso esperamos, que así sea. El mensaje del presidente Iván Duque ha sido, como pocas veces, contundente en un apartado de lo que afirma: estamos enfrentados a uno de los más grandes retos desde el surgimiento de esta Nación. Un virus, en sí mismo diminuto, ha puesto de rodillas al ser humano en 171 países hasta el momento. Algo inédito. Y la red global se ha encargado de transmitirlo en tiempo real y de mil maneras.

Más que de polvo de estrellas estamos construidos de la misma substancia de la que están hechos los sueños, como bien acertó Shakespeare. ¿Por eso mismo será imposible soñar con un país en donde las diferentes facciones ideológicas, por una vez, hagan un recíproco alto al fuego y nos concentremos en lo fundamental? Es posible hacerlo, si dejamos nuestro orgullo a un lado.

Todos soñamos con una Colombia grande, equitativa y en la que su ciudadanía se sienta orgullosa de serlo. Este momento que algunos califican como casi apocalíptico es una oportunidad para el mundo, para una sociedad capitalista que se olvidó de los humanos y se enfocó en el aparato productivo y en el consumo. Colombia puede aprovechar la fugacidad de este instante para dar un timonazo. Colombia somos todos, no nuestros recientes gobernantes que siempre jalonan por su lado.

Este es un país que desnuda unos niveles de inequidad alarmantes hasta para los mismos organismos multinacionales que manejan la economía y eso es un hecho insoslayable. La distribución de la tierra, por ejemplo, es aberrante en cuanto a la manera como se despoja a unos y se adquiere por otros, por solo tener un ejemplo evidente. Este Covid-19, diminuta partícula que destruye glorias y vanidades, es la oportunidad para enderezar el camino, no solo de este país de por sí bastante retorcido en equidad social, también del mundo mismo y del sistema que nos tocó en suerte, y que pareciera hacer agua.

Empatía, solidaridad y unión, tres palabras tan ariscas a nuestra idiosincrasia, a veces, ahora se deben convertir en insignias. En este barco, que escora uno de los peores arrecifes de la vida democrática, navegamos juntos y por eso mismo el sentimiento de saberse viajeros en un mismo destino debiera echar a un lado ese egoísmo tan nuestro; esa falta de sentido común que construye murallas ideológicas, que tanto daño nos han ocasionado, pero que llegó la hora de derribar.

En la alocución presidencial se repite la frase lanzada por Borges en una de sus visitas al país: “ser colombiano es un acto de fe”. Esa fe, no necesariamente ligada a lo confesional, es el salvavidas al que debemos apostarle los colombianos. Toda crisis es un renacimiento, si se sabe aprovechar, y esta nación herida puede impulsar la tragedia de este momento para resignificar la nacionalidad y hallar en la solidaridad y la empatía dos de los valores, entre muchos otros, que impulsen otra concepción de país. No solo se necesita vencer a un virus, requerimos de un colombiano y una Colombia distintos. De otra manera esta lucha será estéril.

Una pregunta que debemos resolver, para actuar en consonancia, es: ¿cómo ayudar al otro? Esa respuesta, repetida millones de veces, puede significar que esta situación –surgida por una noción biológica– se traduzca en una respuesta que dé origen a una concepción nueva de sentirse colombiano, de habitar un territorio y de reconocerse en el otro.

Este país nos necesita a todos, sin distingos ideológicos. Seamos tan grandes como este momento histórico lo exige, no seamos inferiores. La historia lo ha demostrado hasta la saciedad, aprendamos de ella. Juntos podemos lograrlo, divididos naufragaremos.

La cuarentena por la vida puede ser la llama para reconocer que el otro no es un enemigo, el otro es uno diferente a mí, hermano en la nacionalidad y diverso en su racionalidad. ¿Será tan difícil entenderlo? Las semanas venideras nos darán las respuestas.