El capitalismo funciona

De la misma manera, dichos cambios son impensables dentro de una cultura, hija del sistema, que promueve y privilegia el individualismo, exalta la caridad, culpabiliza a los pobres de su pobreza, mercantiliza absolutamente todo…

 

Por: Gloria Inés Escobar

Como si hicieran falta evidencias del estruendoso fracaso que es el capitalismo, la ONU en su nueva edición del informe anual sobre seguridad alimentaria, afirma que un total de 815 millones de personas padecen hambre, con millones de niños amenazados de malnutrición. De acuerdo a este informe el aumento es el resultado de los conflictos y el cambio climático.

Esta explicación aunque tiene su lógica, no es más que un buen ejemplo de la llamada Falacia del accidente, argumentación que en lugar de aportar claridad, oscurece. Dicha falacia confunde lo sustancial con lo adjetivo, la esencia con el accidente.

En efecto, los conflictos y el cambio climático son características (accidentes) del sistema económico imperante, el capitalismo (esencia). Del mismo modo, la miseria, la desigualdad, la explotación y toda una larga lista de calamidades que sufren millones de seres en el mundo, son producto de un sistema cuya razón de ser es la acumulación, expansión y concentración de la riqueza.

Así que el hambre es el resultado lógico de un sistema que va ensanchando aceleradamente la brecha entre los dueños de todo y los dueños de nada, entre los países dominantes y los dominados. No es casual, por tanto, que el hambre, de acuerdo al informe, golpee principalmente a África, Asia y Latinoamérica.

De otro modo no puede entenderse que precisamente en este momento histórico de la humanidad, en el que el desarrollo tecnológico da la posibilidad de producir más alimentos que en cualquier otra época anterior, en el que los medios de transporte y comunicación han hecho de este planeta una aldea, en el que podemos estar enterados de lo que ocurre en cualquier rincón del mundo gracias al desarrollo de las telecomunicaciones, la gente muera de hambre o padezca innumerables enfermedades producto de la desnutrición.

En otras palabras, hoy existen los recursos tecnológicos para: llegar a cualquier lugar del planeta, conocer exactamente la zona donde la gente requiere urgentemente ayuda, producir toda la comida que se necesita y, sin embargo, el hambre aumentó en 38 millones de personas, con respecto al año pasado. Siguiendo las cifras proporcionadas por las Naciones Unidas, el equivalente a 17 veces la población total de nuestro país, hoy padece hambre.

Y no alberguemos esperanzas, mientras el capitalismo siga reinando, no hay metas ni Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que puedan cambiar las cosas ni a mediano ni a largo plazo. Aunque el problema está perfectamente diagnosticado (además de hambre y desnutrición hay aberrantes formas de pobreza en todo el mundo, educación de mala calidad, desigualdad de género, falta de agua potable y energía, esclavitud moderna, racismo… y un largo etcétera), no es posible dentro de este sistema efectuar cambios reales, estructurales, y no lo es, porque todos los cambios requeridos para solucionar este estado de cosas son incompatibles con la esencia de un sistema que crece y se robustece a expensas de la miseria de la mayoría.

De la misma manera, dichos cambios son impensables dentro de una cultura, hija del sistema, que promueve y privilegia el individualismo, exalta la caridad, culpabiliza a los pobres de su pobreza, mercantiliza absolutamente todo, crea distractores por millares para evitar que la gente piense, premia la conformidad y castiga la crítica, fomenta la competencia y fabrica dioses a pedido.

En fin, lo que demuestra realmente el informe de la ONU es que el capitalismo está funcionando perfectamente para quienes tiene proyectado hacerlo: los dueños del mundo.