EL DERECHO A LA PEREZA

La gente se ensaña con los perezosos, a mi parecer personas más inteligentes, ocupadas en parajes y argumentos incorporales, placenteros.

 

Por / Santiago Martínez Chávez

Para la iglesia es un pecado capital gravísimo, es sinónimo de inutilidad y tristeza de ánimo; para la sabiduría popular (más bien populista) la pereza es la madre de absolutamente todos los vicios, y para cualquier diccionario hispano, la pereza es un conjunto de sinónimos resumidos en la negligencia de hacer, o más bien del ser.

Ya ni siquiera sé con exactitud cuántos días llevamos encerrados, muchos salimos todos los días al parque no más de 20 minutos a pasear al perro, y aún afuera seguimos confinados en nuestra desproporcionada ansiedad, en nuestra propia y paupérrima desidia viendo cagar al sabueso, tranquilo e ignorando por completo que el mundo se va a acabar.

¿De verdad es tan mala la pereza?

La gente se ensaña con los perezosos, a mi parecer personas más inteligentes, ocupadas en parajes y argumentos incorporales, placenteros. Personas capaces de llegar a otras dimensiones, que exploran y son creativas, que no carecen de la fuerza que por lo general le falta al colombiano promedio, ese que vive y respira la filosofía neoliberalista de “trabajar, trabajar y trabajar”, pero no por lo suyo, sino por lo de otros.

Es cierto que la pereza en este terruño es un lujo, muchos almorzaban en el Transmilenio porque en la hora del almuerzo trataban de recuperar algo de sueño. Trabajan todo el día, estudian de noche, tienen familia, perro al que ahora sí pasean (o lo que sea, como dijo la Ministra Alicia Arango) y un remedo de vida prestada y perfilada por los bancos y DataCrédito, que para muchos paró ese lunes 23 de marzo, mientras todavía pasaban el guayabo del sábado inmediatamente anterior y aún no saben si la película está en pausa o simplemente el CD se rayó.

Se rayó porque son demasiadas semanas, un sinnúmero de días y numerosas horas en casa… los magacines nacionales hacen las mismas preguntas todos los días a todos los “artistas” que invitan, los noticieros hablan de lo mismo en sus tres emisiones diarias, suena una y otra vez la misma playlist, las plataformas de streaming tienen un sinfín de series y películas, pero en el top 10 del día, desde que empezó este remedo de confinamiento, sigue punteando Betty, la novela noventera; usamos los mismos dos platos (pando y hondo, respectivamente), los mismos dos cubiertos, las mismas conversaciones y los mismos pensamientos.

Ahora, ¿de verdad hace tanta falta el misérrimo modo de vida que la mayoría llevábamos?

Es acá, donde luego de una larga y perezosa reflexión, he convenido ser el defensor de la negligencia de hacer y de ser –al menos unas líneas más, antes de que me dé pereza–; estoy seguro de que al cerebro humano le resultan mucho más atractivas las tentaciones vinculadas al sedentarismo, deberíamos aprovechar para dejar de lado tantas preocupaciones, tantos afanes banales y simplemente sentarnos en el sofá a hacer nada, a ejercer ese derecho a la pereza que nos deben desde que empezó la revolución industrial y desde la cual nadie para.

Aproveche el “aislamiento preventivo, inteligente, obligatorio, colaborativo e imaginario” que viene decretando el Presidente de la República para reivindicarse con su paz y estabilidad mental, duerma lo que le venga en gana (tal vez nunca más lo pueda hacer), deje de maltratar ollas y quemar cosas en el horno, no siembre plantas que después dejará secar y lea ese libro que tiene como porta cuchillos (lo aprendí en un uno de esos magacines de cuarentena). Tal vez así, después de pensar nada más que en usted y para usted, pueda entenderme.

Ahora, si lo convencí y si le llama la atención este arte de la quietud, sea ocioso y sin remordimiento alguno, “sea perezoso en todo, excepto en amar y en beber, excepto en ser perezoso”. Siga ese consejo que solo Paul Lafargue le podría dar y acompáñeme en esta revolución, proteste desde la comodidad de su cama conmigo, para que reconozcan a la quietud y a la bendita pereza como derecho fundamental e inherente al libre desarrollo de todas las personas.

Si después de leer este remedo de opinión cree que tengo la razón y sigue tumbado en la comodidad y calidez de su hogar con mucho más que el simple y paupérrimo mínimo vital, siéntase afortunado, usted lo tiene todo. Ahora, alejado de la burda presencialidad de su jefe, con el semestre superado (porque una cosa es ser perezoso y otra irresponsable), y con la tranquilidad de que usted y los suyos están bien, ejerza ese derecho a la pereza que una pandemia le otorgó por tiempo indefinido y haga que de su cabeza surjan ideas nuevas o encuentre soluciones a problemas que, hasta este momento, se presenten como inextricables; recuerde que muchas personas la están pasando verdaderamente mal. Si San Pedro le cierra las puertas del cielo por perezoso y pecador, ábralas usted mismo: sea solidario, consecuente, cuídese y, por favor, cuide a los demás.

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