El efecto Ospina

SIMON BLAIR (IZQ)Mágicamente, un hombre que comparte la ideología chavista se convierte en un hombre “clave para reflexionar” en medio de un grupo de extrema derecha, y el olvido, tan común entre nosotros, le desplomó sus ideas de izquierda.

Por: Simón Blair

No diré, ni aludiré más al hecho concreto que plantea la columna de William Ospina, sino que planeo hacer un examen de la hipocresía y especulación condicionada derivada de los comentarios a su lamentable columna del domingo en El Espectador por parte de un determinado grupo político o electores definidos bajo el nombre del uribismo.

Como ya lo dije en El infierno de los desmemoriados, las redes sociales se convierten  -para mí, en todo caso- en un arma muy poderosa para medir y descubrir las personalidades de cada uno de sus usuarios. Volviendo al tema principal de esta columna, me sorprendió muchísimo la reacción del uribismo ante la columna del señor Ospina, reconocido escritor y hombre de izquierda, que dijo que Óscar Iván Zuluaga era el mal menor en comparación con el actual presidente Juan Manuel Santos.

Es demasiado sencillo: en muchas de sus columnas de opinión Ospina ha demostrado simpatía por Hugo Chávez (la antípoda ideológica de las huestes uribistas) y esa simple convicción ideológica lo ha catalogado por mucho tiempo –de nuevo entre los uribistas– como amigo de un régimen tenaz y dogmático. Ahora bien, en su columna resumió en una línea su apoyo a Chávez, Correa, Evo Morales Rousseff, Pepe Mujica y Cristina Kirchner. O sea, seis razones más para que la doctrina del Centro Democrático lo considere colaborador y castrochavista.

¿Pero qué pasó? Desde la mañana, los comentarios de varios uribistas que habían leído la columna de William Ospina salieron a defenderlo, escribían en sus cuentas que “deberíamos leerlo, es clave para reflexionar”  y muchos otros más aludían que si un hombre de izquierda defendía a Zuluaga era por la sencilla razón –y evidentísima, decían– de que Santos no puede representar ese deseo de paz y reconciliación. Mágicamente, un hombre que comparte la ideología chavista se convierte en un hombre “clave para reflexionar” en medio de un grupo de extrema derecha, y el olvido, tan común entre nosotros, le desplomó sus ideas de izquierda.

Como lo ven, no quise argumentar en contra de la columna de Ospina –llena de ejemplos y argumentos vagos y mediocres para determinar qué es un buen gobernante– sino sobre el efecto que ella ha causado en medio de polarizaciones, pasiones y fanatismos deshonrosos en donde la hipocresía y las ganas irrefrenables de ganar a como dé lugar nos han llevado a este clima de incertidumbre y pesimismo mordaz.