Verso tras verso, por Las páginas de La Araucana desfilan los guerreros empecinados en defender su territorio con un ahínco  que se hizo leyenda: el valiente Lautaro, el sabio Colo Colo, el fiero Galvarino, a quien los españoles, liderados por el virrey Don García, le cercenaron ambas manos, en una práctica que apuntaba tanto a  humillar al adversario como a escarmentar a su pueblo.

Por Gustavo Colorado

“El estado de Arauco es una provincia pequeña de veinte leguas de largo y siete de ancho poco más o menos, que produce la gente más belicosa que ha habido en las Indias y por eso es llamado el Estado  Indómito: llámanse los indios del araucanos, tomando el nombre de la provincia”.

Tan indómitos fueron estos mapuches -su nombre originario- que cuando querían obligarse a cumplir lo prometido juraban en nombre de Eponamón, un demonio que los acompañaba en las encrucijadas de la vida.

Y  ya sabemos que los conquistadores convirtieron en demonios a las deidades de los pueblos que arrasaban.

El feroz encuentro entre los  invasores y  esos indios que poblaban el actual territorio de Chile es la materia de que está hecha una de las obras más poderosas de la literatura temprana de América: La  Araucana, escrita por don Alonso de Ercilla y Zúñiga, poeta y soldado a la vez.

Y no cualquier poeta. La Araucana es lo que antes se llamaba una Summa: un desafío totalizador  que intenta abarcar a la vez los detalles más pequeños entre la perspectiva más amplia.

Alonso de Ercilla envainaba  la espada y tomaba la pluma. Quería llegar  a la esencia de esos hombres valerosos, dispuestos a entregar la vida  antes que ceder  al invasor un solo palmo de la tierra heredada de sus mayores.

En esa medida, lo suyo no  fue sólo el trabajo de un cronista o de un historiador, aunque mucho tenía de los dos: su  mirada estaba mediada, además, por esa  clase de compasión  necesaria para entender la grandeza y miserias del enemigo.

Como cuando nos muestra, en el canto XXIV, ya al final de su obra, al en otro tiempo valeroso Caupolicán, vencido y a punto de  pasarse al bando enemigo, conversión al cristianismo incluida:

“¡Oh vida miserable y trabajosa

A tantas desventuras sometida!

¡Prosperidad humana sospechosa,

Pues nunca hubo ninguno sin caída!

¿qué cosa habrá tan dulce y tan sabrosa

Que no sea amarga al cabo  y desabrida?

No hay gusto, no hay placer sin su descuento,

Que el dejo del deleite es el tormento”

En ese discurrir  sobre el viejo tópico de la fortuna y su cambiante faz  se  nos confirma que estamos ante una obra  enorme en términos de forma y fondo.

En éste último caso el autor adelanta un trabajo de investigación que le permite conocer no sólo los detalles particulares de la historia indígena y de los soldados que integraban la avanzada española en el Arauco y en el Alto Perú, sino los avatares  del Imperio de Carlos V y de sus hijos Felipe II y Juan de Austria, éste último protagonista de la batalla de Lepanto, crucial tanto en el control del Mediterráneo para los comerciantes venecianos y sus aliados como para los intereses de la Iglesia Católica, enfrentados ambos a las amenazas del imperio otomano.

La forma no es  un asunto menor: a lo largo de XXXVII cantos el autor mantiene el ritmo sostenido de los grandes poemas épicos. Un ritmo que conjuga el trepidar de las armas, las  blasfemias y los estertores de la agonía con breves pero decisivos momentos de placidez. De ese modo nos permite asomarnos a los cambios de la fortuna y, de paso,  le facilita al escritor  armonizar los picos y bajos de su canto. Para muestra, la estrofa veinte del canto XXVI:

“Pero  la muerte allí definidora

De la cruda batalla porfiada,

Ayudando a la parte vencedora

Remató la contienda y gran jornada;

Que la gente araucana en poca de hora

En aquel sitio estrecho destrozada,

Quiso rendir al hierro antes la vida,

Que al odioso español quedar rendida”.

Verso tras verso, por Las páginas de La Araucana desfilan los guerreros empecinados en defender su territorio con un ahínco  que se hizo leyenda: el valiente Lautaro, el sabio Colo Colo, el fiero Galvarino, a quien los españoles, liderados por el virrey Don García, le cercenaron ambas manos, en una práctica que apuntaba tanto a  humillar al adversario como a escarmentar a su pueblo.

“El humo, el fuego, el espantoso estruendo

De los furiosos tiros escupidos,

El recio destroncar y encuentro horrendo

De las proas y mástiles rompidos,

El rumor de las armas estupendo,

Las varias voces, gritos y apellidos,

Todo en revuelta confusión hacía

Espectáculo  horrible y armonía

“Espectáculo horrible y armonía”. Por versos como éstos, algunos especialistas ubican a La Araucana al lado de los grandes clásicos griegos y latinos.

Y no les faltan razones: para darle soporte narrativo y hacer verosímiles sus vertiginosos saltos de tiempo y lugar,  Alonso de Ercilla y Zúñiga apela a recursos propios de las modernas técnicas narrativas. Así, hace que el narrador se sumerja en un profundo sueño que le permite presenciar las guerras que el rey Carlos V libra contra los eternos enemigos de España.

O más aún: conducido por el mago indígena Fitón llega a una gran sala desde la que se pueden  contemplar en simultánea  todos los aconteceres del universo: ni más ni menos que el Aleph  que, siglos más tarde,  fascinara a Jorge Luis Borges.

 Recita el mago:

“Y tú, Hécate ahumada y mal compuesta,

Nos muestra lo que pido aquí visible!

¡Hola ¿A quién digo? Qué tardanza es esta,

Que no os hace temblar mi voz terrible?

Mirad que romperé la tierra opuesta

Y os heriré con voz aborrecible

Y por fuerza absoluta y poder nuevo

Quebrantaré las leyes del Erebo”.

Los personajes de la mitología clásica se pasean por los versos de Ercilla y Zúñiga con dos finalidades  precisas: acompañar y decidir la suerte de  los guerreros, al tiempo que inscriben la obra dentro de una tradición: la de los grandes poemas épicos, aunque ésta última definición es cuestionada por estudiosos que encuentran la obra plagada de digresiones que la alejan de los cánones propios del género.

Puede ser. Pero los lectores gozosos somos como esos amantes que, con tal de poseerla, se niegan a ver los defectos de la  amada.

Los defectos de  La Araucana deben de ser tan incontables como  sus virtudes. Pero es mejor quedarse con esa alucinada -y alucinante- inmersión en la tierra y el alma de unos pueblos amasados con un sentido del coraje y la dignidad desconocidos en  los tiempos  que corren.

Y eso ya es motivo suficiente para perderse con deleite en los meandros de El  Estado indómito.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.