Al ver esta situación se comprende por qué la metáfora de los círculos del infierno que expresa Dante en la Divina Comedia; la condena se haya en repetir la misma situación una y otra vez.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Un fantasma recorre Europa, así comienza Marx su Manifiesto del Partido Comunista, haciendo alusión al fantasma del comunismo que transitaba las urbes europeas en el siglo XIX. Ciento setenta años después de la publicación de aquel texto podemos decir que en Colombia otro fantasma recorre nuestras calles y campos, el fantasma del terror. Su presencia la anuncian los asesinatos constantes de líderes sociales.

Solo basta dar una mirada al pasado y comprobar que Colombia tiene la triste tradición de asesinar a sus líderes sociales. Las décadas de los ochenta y los noventa fueron el escenario donde se cometieron masacres, el exterminio de casi total de un movimiento político, el asesinato de líderes sociales, docentes y todo aquel que se atreviera a organizar a sus comunidades.

Los ejemplos sobran. Cómo olvidar al médico y docente Héctor Abad Gómez que alzó su voz de protesta contra las condiciones de pobreza que generaban –generan– cientos de enfermedades que azotan a los habitantes de barrios marginales. Una voz que comprendió que hay ciertos problemas de carácter social que se deben enfrentar desde la política. Aquel médico supo, tal como lo dejó plasmado en su Manual de tolerancia, que las condiciones para generar una sociedad justa parten del respeto a los derechos humanos. Este médico y docente lo repitió una y otra vez, marchó, escribió, lo recordó en auditorios, hasta que las balas de un sicario silenciaron al hombre que abogaba por la tolerancia y el respeto a la vida.

Hace algunos días asesinaron a un joven de la comuna 13 en confusos hechos. Kevin León era líder de la Corporación Héroes y Heroínas de Amor y, según la versión oficial, su asesinato ocurrió por traspasar una de las tantas fronteras invisibles. Sin embargo, resulta extraño creer que el asesinato fue producto de no respetar los límites de una de tantas organizaciones delincuenciales. Ya que, un joven que trabajó a favor de la sana convivencia y el respeto por los derechos humanos en una comunidad asolada por la violencia puede llegar a ser una piedra en el zapato para cualquiera. Esperemos, vana ilusión, que se logren esclarecer los hechos que rodean esta trágica muerte.

A partir de una lógica de muerte y silencio se tiene cada tres días, o menos, la noticia sobre un líder social asesinado. Las notas periodísticas hablan de hombres y mujeres que organizaban a sus comunidades en temas como restitución de tierras, sustitución de cultivos ilícitos, protección al medio ambiente, fomento al arte y la cultura en comunidades que han vivido bajo el olvido del Estado.

Al ver esta situación se comprende porque la metáfora de los círculos del infierno que expresa Dante en la Divina Comedia; la condena se haya en repetir la misma situación una y otra vez.

¿Qué implicación tiene el asesinto de estos líderes? Simple, se busca desintegrar los lazos sociales de las comunidades. Impedir que cada comunidad identifique, gestione y solucione las problemáticas que las aquejan. Así que al asesinar o amenazar a los líderes se detienen los procesos de organización social y se le da un tiro a la democracia colombiana. Al tiempo que se genera ese ambiente de expectativa y temor que ya se nota en muchos lugares.

Los días pasan y unas comunidades lloran la muerte de sus líderes, otras esperan en silencio y temen la llegada de una mala noticia. Hay que pisar con pie de plomo, dicen los maestros; hay que saber con quién se habla acerca de ciertos temas, me confiesa un campesino; es mejor guardar silencio y no arriesgarse a morir pendejamente, dice un obrero de la ciudad que votó por Petro.

Todos reconocen que el fantasma del terror ha vuelto, aunque quizá nunca se terminó de ir y ha estado allí, oculto, a la espera del mejor momento para dejar reinar al miedo y a los de siempre.