NATHALIA COLUMNALa muerte que tanto obsesionó a Gabo y exorcizó a través de la escritura, entró a su habitación sin quitar las aldabas, durante el sopor de una tarde histórica de jueves santo.

 

Por: Nathalia Gómez Raigosa

Estaba anunciado en las aguas premonitorias de los lebrillos. El patriarca de esta estirpe de condenados a la guerra, moriría por segunda vez con la inocencia de un niño a las 3:00 de la tarde, Mala Hora en la que los grandes hombres tienen la costumbre de perecer. Minutos antes del final, sintió que alguien lo llamó Nicanor, “nombre con que la muerte nos conoce a todos los hombres en el instante de morir”.

Se fue en medio del reguero de las hojas amarillas de su otoño, victima de una podredumbre que lo consumía por dentro.  Lejos de su patria, ajeno a los clamores de la muchedumbre, entre un rumor lejano y la expectativa pública, mientras reporteros y fotógrafos de todas las naciones se amontonaban frente al portón medieval de su casona solariega.

Como ser excepcional, murió a primera vista dos veces, la primera muerte fue más dolorosa y privada. Los augurios de las pitonisas advertían la desmemoria. Padeció en silencio el resquebrajamiento de sus recuerdos infantiles más preciados y la ingratitud del olvido de las cosas más simples de  la vida, como el olor de la guayaba. Testigo de su implacable desvanecimiento, se desdibujó a sí mismo hasta caer en la profunda ignominia.

El purgatorio macondiano le preparó una regocijante bienvenida. Gabo ahora habita el mundo de los muertos que no mueren sino que conviven con nosotros y su resonante voz la escucharemos cada vez que abramos sus libros,  así reza Cien años de soledad,  la biblia de nuestros tiempos.