El monopolio de la violencia y la pandemia de la exclusión

No es el asesinato de un hombre de manera vil y su súplica el causante de los desmanes, ni aquí ni en EE UU, es la angustiosa situación que viven los sectores populares y marginados.

Por / Edgar Eduardo Pulido – Fotografía portada / Santiago Ramírez

En la primera parte de Historia nocturna, Carlo Ginzburg narra la forma en que la peste que arrasó Europa a partir del siglo XIII se convirtió en el chivo expiatorio para propagar la xenofobia y sublimar la miseria y el miedo colectivo.

Una conspiración entre judíos y leprosos, así se explicó en primer término la peste negra que condenó a progromos, a lapidaciones, a la expulsión y a la hoguera a estos dos grupos que eran incómodos (los unos por su capacidad adquisitiva, los otros por su carácter mendicante), y además permitió encauzar hacia a un lugar distante del régimen feudal la violencia del pueblo hambriento.

Poco después se hizo imposible sostener esta histeria colectiva, dado que la peste atacaba implacable lugares donde no existían estos dos grupos poblacionales; fue la ira de Dios entonces el móvil de la plaga, así que la persecución a la brujería, a la herejía y a las actividades “pecaminosas” se tornó en el centro de la expiación de la miseria humana.

Por su parte, Martin Rheinheimer cuenta en Pobres mendigos y vagabundos la manera en que el tránsito entre la edad media y la modernidad genera una pobreza acrecentada por el fenómeno de acumulación, las guerras, las hambrunas, las pestes ocurridas en el cambio de paradigma de la sociedad feudal a la industrial, para ello la mejor explicación de la época: “el pobre es pobre porque quiere”, es así que la alta tasa de orfandad y mortalidad infantil, de mendigos, vagabundos y la migración por cuenta de la violencia se justifica en un problema de actitud del pobre, desdibujando las circunstancias sociales y económicas que causaban la miseria y por tanto el delito.

De ello, la pobreza creciente y la vandalización requirió de formar ejércitos profesionales para proteger la bien amada propiedad privada, allí donde surgió el ejército profesional aparecieron conjuntamente las cárceles; ahora la chusma no tenía el derecho de linchar a los gitanos, nuevo foco de sublimación de los males de Europa, no tanto por el reconocimiento de los gitanos como personas, sino más bien, porque el monopolio de la violencia le pertenecía al estado moderno.

Hoy nos encontramos nuevamente en medio de una plaga que ha recorrido de orilla a orilla el mundo conocido, la covid 19 es una realidad que ha inundado la prensa internacional (claramente cada vez tiene menos espacio pese a acrecentarse en contagios) y con ello puesto en evidencia las múltiples carencias de las sociedades contemporáneas. Factores relacionados con la crisis económica, el desempleo, el hambre, entre otros, ha ocasionado que la tensión entre los grupos sociales por la alta inequidad se rompa en situaciones de violencia.

No es el asesinato de un hombre de manera vil y su súplica el causante de los desmanes, ni aquí ni en EE UU, es la angustiosa situación que viven los sectores populares y marginados; estas muertes son solamente el último tirón para romper el hilo de la indignación contenido y la respuesta, que ha de ser de fondo, se limita al ejercicio aprendido desde el comienzo de la modernidad: “al uso del monopolio de la violencia” hasta que cesen les desmanes sin importar cuántos muertos cueste; y a las problemáticas de fondo: al hambre, a la exclusión, a la miseria, la misma respuesta desde que comenzó la modernidad:

“El pobre es pobre porque quiere”.