Juan Manuel Santos deberá replantear su posición frente al proceso de ‘paz’, ahora que tiene a su mismo nivel al senador del Centro Democrático, pues los próximos días serán definitivos para saber hasta dónde Álvaro Uribe meterá las narices en La Habana.

 

carlos marinPor: Carlos A. Marín

La convicción del presidente Juan Manuel Santos siempre estuvo en duda. El primer mandatario de los colombianos nunca ha tenido esa chispa de líder, ni ese entusiasmo en la voz que caracteriza a los ‘politiqueros’. En los libros de teoría política se han dedicado decenas de páginas, centenares de párrafos a explicar la importancia de la voz a la hora de transmitir ideas; sin embargo, a este Presidente mucho le falta de esto, tanto que su equipo de imagen se vio en la obligación de trabajar en el asunto una vez se posesionó como primer mandato.

Como ministro de defensa de Álvaro Uribe pasó de agache con un lenguaje tímido, en ocasiones incomprensible. Todo sería apenas normal hasta ahí, pues en Colombia también tenemos a Antonio Navarro Wolff al que no se le entiende ni pizca; pero Santos complementó su falta de personalidad política con decisiones que no calaron bien entre los colombianos. No quiero hablar de la venta de Isagén, esa fue desastrosa. Quiero enfocarme en las infortunadas declaraciones acerca del proceso.

Durante una entrevista con un reportero de la BBC, el hombre más importante del país, después de Uribe, respondió esta perla ante la pregunta de si renunciaría a la Presidencia de tener un resultado negativo en el plebiscito: “Sí, porque fue a lo que me comprometí desde el comienzo”.

Cómo podemos los colombianos aludir a un presidente con convicción, cuando decide en el pilar más importante de su gobierno (la paz), salir a pregonar este tipo de ideologías abandonistas.

Otro desacierto descomunal, sembrar terror en un país agobiado por la guerra. Durante una de sus entrevistas precampaña, alteró a la oposición y a la sociedad civil al pronunciar esto: “no, no se equivoquen. Si el plebiscito no se aprueba volvemos a la guerra, así de sencillo, no es que vamos a volver a la mesa de negociación, volvemos a la guerra. Esa es la verdad”. Este Juan Manuel Santos, un personaje dócil, maleable, y cuanto adjetivo calificativo se le ocurra al lector para definir a alguien cuyas ideas se pueden transformar en cuestión de segundos.

La debilidad es evidente para el equipo experimentado de Uribe, es decir, con este Presidente cualquiera puede hacer oposición. Quisiera ser consciente de que se trata de un ser humano de carne y hueso o por lo menos tenerle paciencia porque mi hijo lleva el nombre de Juan Manuel, pero no puedo, es mi obligación ser duro y estricto en mi manera de leer la realidad que atraviesa Colombia.

Una república como la nuestra merece una Presidente con voz, con altisonancia en sus pronunciamientos. La falta de convicción de Santos fue el as bajo la manga de Uribe, a quien realmente no le falta esa chispa necesaria para persuadir con ‘populismo’ y bajezas a los más míseros desinformados.

Santos cometió el error de dejar meter al senador a la Casa de Nariño, para así permitirle gobernar a la par en su periodo. El golpe del NO en el plebiscito no es más que la prueba fehaciente de que el antioqueño aúna esfuerzos para representar una contraparte sólida en los acuerdos y ser ese Presidente sin certificado político que lo acredite.

En definitiva, los que debemos sufrir esta barbarie somos los ciudadanos, pues tenemos dos figuras de poder en el espectro político. ¿Cuál de los dos más culpable del mal momento de nuestro país?