GUSTAVOCOLORADO“Honra a tu padre y tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová, tu Dios, te da”, dice el libro del Éxodo en una suerte de promesa que a su vez lleva una amenaza implícita: la de la extinción temprana para los réprobos.

Por: Gustavo Colorado G.

En su libro La conquista de México, el historiador Hugh Thomas  alude a  “la libertad de que gozaba Moctezuma, el emperador de los  mexicas, para cometer toda clase de brutalidades arbitrarias, incluso fuera de Tenochtitlán, si creía, aun por un momento, que eran para el bien público”.

El bien público. La opinión pública. Antiguos y socorridos argumentos de los gobernantes patriarcas para imponer al rebaño unas reglas de juego disfrazadas de defensa del bienestar colectivo, aunque en últimas respondan más a sus intereses particulares y a los del grupo de poder que representan. La imagen nos remite a la figura del padre déspota y protector que les asesta día tras día una paliza a sus vástagos, no sin antes repetirles la manida frase aquella de: “Es por su bien, mijitos”.

Un día, uno de esos hijos elegirá entre su libertad y los designios paternos y entonces pasará a formar parte de la chusma subversiva: no se viola impunemente el cuarto mandamiento. “Honra a tu padre y tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová, tu Dios, te da”, dice el libro del Éxodo en una suerte de promesa que a su vez lleva una amenaza implícita: la de la extinción temprana para los réprobos.

Tal como sucede con los individuos, las sociedades sin rumbo replican a pie juntillas el modelo del caudillo benefactor y autoritario a la vez, expresado a través de un presidente elegido por voto popular, una teocracia o un dictador entronizado a troche y moche. Los líderes mesiánicos florecen en  comunidades frágiles, como la Alemania devastada por la  Primera Guerra Mundial, la Rusia sojuzgada por los zares o esos países llamados en vías de desarrollo controlados por castas seculares  que combinan a partes iguales el poder político y económico.  África y América  Latina han sido continentes pródigos en ese tipo de personajes, multiplicados poco después de las guerras de independencia.

Acostumbrados a  la  omnipresencia del soberano en los terrenos de la vida pública y privada, una vez sacudidos del yugo imperial estos pueblos no tardaron en extrañar y reclamar la mano dura que los  hacía sentirse seguros y dueños de un destino en el mundo. Como la ley de oferta y demanda funciona también para la política, hecha la petición no tardaron en aparecer las soluciones  providenciales, encarnadas  esta vez  en una sucesión de nombres como Haile Selassie en Etiopía, Anastasio Somoza en Nicaragua, Alfredo Stroessner en Paraguay, Augusto Pinochet en Chile, Marcos  Pérez Jiménez y Hugo Chávez en Venezuela, Juan Domingo Perón en Argentina o los hermanos Castro en Cuba.

Da igual si su ropaje ideológico los ubica a la izquierda o la derecha. En últimas el caudillo funciona a modo de espejo  donde se reflejan los miedos y los anhelos de sus seguidores. De allí la fe ciega de estos últimos, bastante próxima a la devoción religiosa. En ese estado mental cualquier horror perpetrado por el gobernante y sus aliados es pasado por alto si la recompensa es algo parecido a un derrotero capaz de conducirlos a puerto seguro, como la figura bíblica de Moisés guiando a los hebreos hasta la tierra  prometida.

Si el caudillo es capaz de brindarle una dosis  mínima de tranquilidad que lo exonere de asumir las riendas de su propio destino, el ciudadano, o elector primario que llaman, no tendrá problema en volver la vista hacia otro lado cuando se hacen visibles las corruptelas y arbitrariedades de quien ha elegido como su guía: cualquier cosa menos poner en entredicho a quien con su discurso y sus acciones le brinda un antídoto para las incertidumbres del cuerpo y del alma.

De allí  que resulten tan exageradas las reacciones de un sector de la sociedad colombiana ante la selección del ex presidente Álvaro Uribe como “El Gran Colombiano de todos los tiempos”, según  una encuesta de History Chanel ¿De qué se sorprenden? Al fin y al cabo el  hacendado de “El Ubérrimo” es el espejo perfecto donde se refleja la condición de quienes votaron por él. O s i no hagan un breve repaso de esos ocho años transitados a través de componendas, bravuconerías, insultos, doble moral, amenazas veladas o directas y hasta delitos de cohecho con un solo culpable. Al final verán que no existen muchas razones para sorprenderse. Después de todo, el poeta Rafael Pombo ya definió en una frase certera la esencia del ser nacional: “Mamita dame palo/ pero dame qué comer”.