Un presidente legitimado por diez millones de votos que atenderá a pie juntillas los mandatos de quienes lo entronizaron con su dinero y su clientela de votantes.Eso garantiza de entrada la continuidad de la corrupción, la impunidad y el surgimiento de nuevas violencias, institucionalizadas o no.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Desde que puedo hacer memoria he escuchado decir que en las elecciones presidenciales se decide “El destino de Colombia”.

Década tras década, cada cuatro años el destino o no se decide a decidirse, o ya se decidió y ni cuenta nos dimos.

En cualquier caso el asunto parece no tener apelación.

Sospecho que la clave de todo reside en que la democracia no es tanto una realidad como la puesta en  escena de una idea: la de la improbable soberanía del pueblo.

Y  eso nos ubica de plano en el primer lío: ¿Qué es el pueblo? ¿Es la entidad sabia que tanto nos gusta invocar o es la masa amorfa alienada y amaestrada por los medios de comunicación?

Lo único cierto es que en el teatro de la política el pueblo es, a duras penas, la instancia encargada de legitimar el dominio de unos hombres por otros.

La cosa funciona más o menos así: la democracia es en realidad el instrumento político de los que detentan el poder económico.

No olvidemos que en sucesivas sociedades, entre ellas la griega, sólo los propietarios podían ser ciudadanos. El ciudadano, ese concepto tan manoseado en los discursos contemporáneos.

En ese panorama, “El pueblo soberano” o “El constituyente primario” es la herramienta, la mecánica de legitimación del modelo económico y político a través del voto.

A eso se reduce su papel: a refrendar lo ya decidido de antemano en los grandes cenáculos.

La ecuación final es de sobra conocida.

Quien cosecha el mayor número de votos detentará el poder o se perpetuará en él.

Eso explica los amasijos de movimientos y tendencias que se aglutinan en torno a las elecciones para disolverse poco tiempo después. El único sentido de esas alianzas es sumar.

Por su lado, el que recogió menos va a la oposición… si es que no le vende el alma al diablo por unas migajas de poder, como ha sido la constante en Colombia.

¿Y el pueblo?

Bueno, para el pueblo están la televisión y el gamonalismo parroquial.

En eso consiste su soberanía.

Pasada la puesta en escena de la segunda vuelta presidencial en Colombia es fácil prever el escenario inmediato.

Un presidente legitimado por diez millones de votos que atenderá a pie juntillas los mandatos de quienes lo entronizaron con su dinero y su clientela de votantes.

Eso garantiza de entrada la continuidad de la corrupción, la impunidad y el surgimiento de nuevas violencias, institucionalizadas o no.

En el otro frente, un político respaldado por ocho millones de votos estará obligado a hacer oposición y de esa manera a completar los formalismos de la democracia.

No es mucho, pero es lo que tenemos.

Es la realpolitik, señoras y señores.

El reinado de los cínicos, como acontece desde los albores de la historia.

Lo demás son esperanzas renovadas una y otra vez con cada cambio de generación.

Ustedes ya saben: “Esta vez sí será”.

Son esos nuevos electores los que reavivan la fe en la capacidad transformadora de la soberanía popular.

Deslumbrados por su propia esperanza acaban legitimando, una vez más, el estado de cosas.

Porque incluso cuando triunfan en las urnas alternativas distintas a las del establecimiento, de inmediato se ponen en marcha los mecanismos de conservación:

El asesinato de presidentes elegidos por voto popular y suplantados por dictaduras militares durante los tiempos de la guerra fría.

La destitución de gobernantes a través de mecanismos “legales”, como le sucedió a Dilma Rouseff en Brasil.

La manipulación financiera orientada a crear el caos, como aconteció en la Venezuela de Chávez.

Son los viejos trucos del poder cuando la puesta en escena de la democracia resulta insuficiente.

Y como la vida -esa sí sabia y lúcida- es tozuda y no se detiene ante sutilezas, solo queda apretar los dientes y resistir.

Resistir siempre y seguir en el camino hasta que se nos olvide respirar.

Solo entonces todo quedará al fin resuelto.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.