SIMON BLAIR (IZQ)Esta columna es un vano intento de combinar narrativa con realidad. Por eso pido excusas si los incomodo.

Por: Simón Blair

Teníamos tiempo para el cafecito y los pronósticos del domingo decía un personaje que una vez escribió Julio Cortázar. Quizás así, de esta manera, los agentes, asesores y señores del ejército estarán esperando; o sea, esperándonos por la tradicional forma de ver entrar en sus coliseos y salones a jóvenes que acabaron su bachillerato con la cara larguísima y mil temblores en las manos. Desde un comienzo el sentimiento de miedo, temor y silencio. No existe necesidad alguna de pretender hacerse los fuertes cuando la incertidumbre desesperanzadora, digamos, espera.

Es increíble que en un país que se tilda de moderno y democrático algo tan siniestro como el servicio militar obligatorio siga haciendo de las suyas reclamando a la brava la cabeza de unos muchachos que, posiblemente, apuntan su vida hacía otro lado. Esta es la carta de trabajo que le concede automáticamente una entrevista, pudo haber escrito Cortázar en su cuento Segunda vez. Esa carta que llega en oralidad hasta el aula de clase en manos de un profesor que comunica que están citados a presentarse para definir la situación militar. El horror de ese comunicado es el comienzo del trámite burocrático, de los bancos y las cuentas.

Busqué por todos lados por qué el servicio militar obligatorio es así, obligatorio, y no encontré nada. Tuve que dirigirme a un profesor que me dijo a secas que Colombia vive un momento de guerra que requiere mano de obra. Para combatir, sí, la pregunta es contra quién y por qué. Es evidente que el país se enfrenta ante las atrocidades de grupos armados ilegales (ay qué decoro de palabra), que necesita de militares  y policías para contrarrestarlo. Estamos en la fila, en la sala de espera, caras tristes por todos lados, preguntas, respuestas, cuántos queriendo trabajar, qué papeleo. Cortázar cuenta con veracidad  los procesos oscuros a los que tenemos que someternos por inoperancia y desfachatez. Hacen fila como vacas inofensivas e inconscientes que no saben que van hacia el matadero, que son víctimas de la muerte con la leve satisfacción de no saberlo.

Todos estamos llamados a hacer respetar la patria, a quererla como se quiere a una madre y a no permitir que intrusos la invadan. El amparo del servicio militar obligatorio está en este artículo contenido en la Ley 48 de 1993 donde más o menos afirma lo que escribí en las dos líneas anteriores. Una ley como la que exigen los de arriba (en el cuento también viene siendo lo mismo de la realidad) donde hacen maromas con todos los que buscan hacer otras cosas con su vida. ¿Cómo es posible que el servicio militar sea obligatorio? Una ley que juega con la gente, con su dignidad y compromiso propio.

Está muy bien eso de querer lo mejor para el país, pero no a cuestas de las opiniones de las personas que habitan en él. El ejército es una organización igual de impúdica que la religión y sus enemigos: con todos los derroches, violencia, corrupción y participación delictiva: el mismo declive histórico. La historia misma determina si algo es bueno o no lo es; las tradiciones deben ser cambiadas cuando perjudican a sus individuos, cuando la violación de los derechos humanos está agobiando y destapando el horror en la población. En las lecturas sobre el eufemismo falso positivo, me entero de las declaraciones de altos mandos del ejército que tildan a los asesinos de su camada como “manzanas podridas”, como si fueran una causa completamente externa a la institución misma, víctimas de la ética patriótica y de la ciega obediencia que profesan.

El ejército tiene el descaro, por ejemplo, de llamar secuestradores (que lo son) a las FARC, pero profesan actividades que a todas luces demuestran hacer parte de sus enemigos: reclutar. Otro eufemismo que llamaré práctico. Pues ellos nos llaman primero, nos obligan al trámite y aunque no queramos, nos enganchan para formar parte de sus ejércitos de muerte hasta el punto de cobrarnos dinero por no querer pertenecer a sus filas. Los asesinos de las FARC tienen, por lo menos, la decencia de ser directos: nos secuestran y punto. Reclutar contra nuestra voluntad y secuestrar es prácticamente lo mismo. Gracias por venir, recuerde que esta es la primera vez; debes volver cuanto antes para tomar una decisión.

Los tentáculos no asesinan porque sí mismos, sino por la voluntad del pulpo: los verdugos del ejército son así porque están acostumbrados a una vida de dolor y sangre, de desprecio por la dignidad humana y todo lo que no se ajuste a sus principios. En un año desastroso -uno de tantos- para la fuerza pública como lo fue el 2009 se reportaron 2.077 asesinatos perpetrados por nuestros guardianes, ¡por dios, cifra escalofriante para los héroes de Colombia! ¡Cuántas manzanas podridas! De seguro que terminan pudriendo a las otras…

No es necesario pertenecer a sus filas para darse cuenta de lo horrible que sería estar en ellas (entiendo plenamente a esos muchachos de las manos temblorosas).  Recuerdo cómo un conocido del colegio llegó unos minutos tarde a la formal cita de los secuestradores (ve, reclutadores) y un uniformado no dudó en lanzarle con todo el asco del mundo, mientras le echaba una ojeada a sus zapatos: “¿y vos cuánto calzas, pa’ saber que botas te busco?”.

Podría decirse que la codicia humana está presente en todo lugar, lo terrible es que se escude en entidades que dicen promover la seguridad –pero a costa de qué y garantizar el cumplimiento de los derechos humanos. El ejército es tajante con todo tipo de incomodidad y cuestionamiento, aquí se ama al presidente o se ama al presidente, aquí se obedece por las buenas o por las malas; pero aquí usted será un hombre de rectitud.

Ahora, algunos partidos políticos en cabeza de sus dirigentes proponen que la objeción de conciencia se tome en cuenta para quienes estén capacitados de hacerlo -¡se tiene que argumentar para no ir a la guerra!- es decir, tener las mismas garantías que indígenas, padres de familia, hijos únicos, etc… Aquí en Colombia se tiene que aprobar algo cuando la misma Constitución establece que “(…) nadie será molestado por razón de sus convicciones o creencias ni compelido a revelarlas ni obligarlo a actuar contra su conciencia” (artículo 18).  Pero como nada está exento de contradicciones en la misma Constitución se dice que todos estamos obligados a tomar las armas para defendernos; esto es, y sin excepción, someterse a los principios y poder político del momento; aquí ya no se respetarían esos tan fundamentales derechos individuales que poseemos en una primera instancia. 

Pero aquí, precisamente, veo la posible solución del asunto: nada puede estar por encima de los derechos fundamentales del individuo porque son los pilares de la defensa de los derechos humanos. Esto me recuerda una frase que escribió Albert Camus: “las ideas o las ideologías no pueden estar por encima de la vida humana, en ninguna de sus formas”. Y esto no es algo que respete el ejército actuando contra la libertad legítima de seres humanos.

De igual manera se pueden escuchar cosas absurdas como que el ejército equilibra la marginalidad del país recogiendo drogadictos y vagos de sus calles. Cuando el problema reside en los altísimos ingresos que se invierten en la guerra relegando la educación a un rincón del presupuesto: aquí usted puede atravesar el país con la cabeza rapada en 24 horas, pero tardar años en lograr entrar a una universidad.

Las oleadas de muerte que ha dejado el ejército de Colombia son incalculables, tan despreciables como las cometidas por las autodefensas y las FARC. Recuerde que hay una segunda vez. Ahora esos muchachos que olían a miedo están llamados a presentarse una segunda vez que está determinada para sus cumpleaños número dieciocho. Si no están estudiando, alístense para subirse al camión como “mula de recua” y ser un berraco.

Y claro, aquí están todos los pobres desdichados que sus familias no tienen como pagarles una universidad ni sacarlos del país huyendo como criminales. María Helena recuerda que su compañero de la sala de espera se presentaba por segunda vez. Ahora que ella está en la oficina no lo ve por ningún lado, cómo es posible que no esté si sólo hay una puerta de la que todo el tiempo estuve pendiente. La palabra es tan simple: desapareció. El dolor es inmenso.