MIGUEL ÁNGEL RUBIO OSPINA“Me parece un acto que castiga la lealtad y yo siendo una persona leal no lo acepto. José Obdulio por su lealtad incondicional con el expresidente Uribe debe estar en la lista”  

Francisco Santos.

 

Por: Miguel Ángel Rubio Ospina

Corría el año de 1973 en Estocolmo, cuando  Erick Olsson intenta asaltar el Banco de crédito de Suecia y, como mecanismo de presión, toma cuatro rehenes, a quienes mantiene secuestrados por un  corto lapso. Y entre todo lo que un secuestro supone, drama familiar, sufrimiento del secuestrado, paranoia del secuestrador, amarillismo de los medios, incapacidad de reacción del Estado, etc, fueron estos rehenes quienes estratégicamente se pusieron a favor de su secuestrador para, de algún modo, sino salvar sus vidas, si disminuir su sufrimiento como secuestrados; una de las rehenes declara lo siguiente: Confío plenamente en él, viajaría por todo el mundo con él“. Estas palabras muestran entonces una asimilación del secuestrado con la causa del secuestrador, que supone algo muy parecido a lo que pasa en cierto país.  

Casi un año después la hija de un famoso magnate norteamericano, secuestrada por un movimiento de izquierda radical, se alineó con sus captores y fue vista meses después, en el asalto a un banco, portando un rifle y haciendo parte del mismo grupo que la secuestró meses antes.

Estos dos casos de identificación de la víctima de un secuestro con su secuestrador, son los que los expertos han denominado Síndrome de Estocolmo. Este consiste en un comportamiento cómplice y afectivo del rehén respecto al captor, en la mayoría de los casos, relacionado con que el segundo, captor, trata de forma humanitaria y sin perjuicios graves a su rehén. Por su parte, el primero, secuestrado, llega al punto de entender y adherirse a la causa del segundo, debido al estado de alienación mental en que se encuentra.

Por otro lado, casi 18 años después, en un país de Suramérica, el jefe de redacción de un diario nacional es secuestrado por la mafia. Francisco Santos Calderón fue interceptado por hombres de Pablo Escobar la noche del 19 de septiembre de 1990; y  allí empezó uno de los secuestros más sonados de la reciente historia política del país. Los motivos de este plagio fueron, ante todo, actos de poder del Cartel de Medellín para presionar al gobierno de entonces en torno al tema de la no extradición de nacionales a cárceles  de los Estados Unidos.

Por estos tiempos, una frase de Escobar se hizo famosa en todo el país: “prefiero una tumba en Colombia, a una celda en los Estados Unidos”. Esta postura anti extradición se convirtió en la forma en que los narcos ganaron el pulso al Estado, secuestrando y en ocasiones matando a personas pertenecientes a la clase dirigente de Colombia.

Hasta aquí, el caso de Francisco Santos, con el de Estocolmo y Estados Unidos, no tienen ningún parecido. En los primeros hubo una aceptación del hecho por parte de los rehenes o secuestrados con la causa de su plagiario, en la segunda no. Por lo menos no en ese momento, ni aparentemente.

Tras su liberación, Francisco Santos crea la fundación País libre, que buscaba ante todo, luchar por la restauración de los derechos ciudadanos del secuestrado, por su liberación, y por evitar que este se repita a como dé lugar. El prestigio del periodista creció, y el aprecio de la sociedad hacia él, hasta el punto de que Incluso García Márquez, escribe sobre la historia del secuestro de Santos en su obra Historia de un secuestro.

Pasa el tiempo, pasan los presidentes y los gobiernos, vino Samper con su salto social y sus elefantes y ocho mil razones para no irse; Pastrana con Nhora y los niños, y la primera campaña de Uribe en 2002 a la presidencia de la república, en la que bajo su lema Mano firme corazón grande, ganó en primera vuelta al candidato presidencial liberal Horacio Serpa, dando fin a décadas de hegemonía bipartidista y abriendo una nueva etapa política en Colombia.

Para entonces, Álvaro Uribe escoge como fórmula vicepresidencial al periodista Francisco Santos, de acuerdo con su ideología de confrontación directa a la subversión de las FARC y el ELN, puesto que tener en sus hordas a un ex secuestrado era poner en la escena política un discurso de preocupación del gobierno con las víctimas del secuestro en tantos años de terrorismo fariano.

Pero este gobierno paramilitar, que desmovilizo en menos de seis meses estructuras criminales de las autodefensas, escuchó a Mancuso, a  Báez, y otros jefes del paramilitarismo  en el “congreso admirable” de Fernando Londoño; dio privilegios a los mandos medios y bajos de estas estructuras del delito con recursos en plata blanca, y que extraditó muerto de miedo a los jefes de los grupos desintegrados, tiene en su staff de asesores y copartidarios a José Obdulio Gaviria Vélez, ex militante de izquierda, ex consiglieri (italianismo: consejero, asesor) del capo Pablo Escobar, primo materno del mafioso y primo lejano en línea de consanguinidad al ubérrimo expresidente.

Este señor ha sido el Goebbels del uribismo, teniendo a su cargo la creación de un cuerpo de doctrina de las ideas del expresidente, la creación de un centro de pensamiento, la promoción, mercadeo, difusión y manutención del “buen nombre” del uribismo en el país y en el mundo.

José Obdulio, con oficina en palacio y sin un cargo definido, hizo y deshizo en ocho años del gobierno anterior, como cualquier niño bien que tiene el beneplácito de papá para hacer de la casa una solemne orgía de poder, excesos e idolatría presidencial.

La realidad es que este personaje tuvo relaciones probadas con su primo narcotraficante, no solo como consiglieri;  sino que recibió ayudas onerosas de Pablo. Además, dos de sus hermanos han sido encarcelados en los Estados unidos, por problemas de tráfico de drogas y lavado de activos.

Las pruebas, porque de seguro las pedirán, no existen, y no existen por que las desaparecieron; sin embargo periodistas serios y entregados a su oficio como Daniel Coronell, han desatado nudos gordianos que la justicia y la impunidad enredaron de tal modo que sólo el ojo aguzado y de experto investigador como el de Coronell, pudo desenmarañar y dejar en evidencia la clase de personaje oscuro que Uribe sigue manteniendo en sus hordas y su lista de delincu… candidatos al Senado por el Puro cuento democrático.

Vino Santos Juan Manuel, y con él la traición a su exjefe. Y vino también la temporada twitera  de Uribe quien desprestigiando a Santos (cosa que él no necesita, pues cada que  el presidente habla se desprestigia solo) demostró ante todo su miedo y cobardía sobre lo que le corre pierna arriba, si la justicia decidiese actuar en razón del derecho, y tomase las decisiones respecto a las sospechas que sobre su gobierno y su persona recaen todos los días.

Y detrás, brincando, como quien juega chupaté patiné, o avioncito, de pantalón cortico como sus ideas y votando corriente, viene el Peter Pan del régimen, diciendo infantiles chascarrillos, y escribiendo libros con títulos tan ostentosos como “Rebelde con causa”. Un Santos, Pacho, Francisco, como el papa, que siendo primo del presidente de turno, se distancia de este para arrimarse a quien en el pasado fue cómplice de su captor. Y les voy a explicar por qué, ya para ir dando puntada final a este artículo que está más largo que una columna de Obdulio.

Siendo director de la Aerocivil, Álvaro Uribe Vélez, firmó permisos de vuelo de aeronaves de Escobar, en las que tanto él cómo los lugartenientes del Patrón, sabían que iban hasta la cabina cargados de coca.

Álvaro Uribe Vélez tuvo nexos probados con los Ochoa, una de las familias forjadoras del cartel de Medellín, y quienes negociaron tierras, caballos y otras propiedades con el exgobernador de Antioquia.

Como senador, fue ponente de la ley 50 y la ley 100. El desastre de la seguridad en Colombia.

Como gobernador, creó las Convivir, primer paso a un paramilitarismo de Estado. Mancuso y otros jefes extraditados del paramilitarismo han declarado haber financiado campañas a Uribe en diferentes momentos.

Las chuzadas, Agroingreso seguro, las pirámides de DMG y la Yidis política, solo son equiparables con el  proceso 8.000 de Samper, en términos de corruptibilidad de las instituciones democráticas.

Así que Pacho Santos sufra del síndrome de Estocolmo, y que su futuro periodístico que pudo ser brillante se dilapidará en lealtades extremas a sus captores, es de por si lamentable. Pero más triste que eso es que, a miles de kilómetros de distancia, en una esquina de Suramérica, 47 millones de colombianos sufran el mismo síndrome.