Miguel angel lopezLos vendedores, además de ser elitistas, groseros e ineficientes, violan la Constitución todos los días, mientras el consumidor desinformado no se atreve a piar.

Por: Miguel Ángel López

El síndrome del nido vacío es el nombre que se le ha otorgado a esa sensación de soledad que sienten los padres tras la partida de sus hijos del hogar. Pues el síndrome de la caja vacía es sentir tristeza, desasosiego y desesperanza cuando de las casi cincuenta cajas registradoras, solo dos están activas, con sus respectivas filas de domingo de quincena a las seis de la tarde.

Dejando a un lado las familias enteras que se dividen el mercado de a diez productor para aprovechar las filas rápidas, los universitarios que “solo voy a comprar esta cosita” que piden seguir delante de alguien y la pobre cajera de cincuenta años que fue abandonada por empacador y debe afrontar la horrible tarea de registrar y empacar el mercado a la vez; el servicio comercial en Colombia es, en pocas palabras y por respeto: una porquería.

Primero, los colombianos se deben pegar de cualquier 5 por ciento de descuento por pago en efectivo, porque las tiendas tienen la capacidad de hacer las rebajas más míseras. Segundo, y más preocupante aún, es que es la tierra donde el cliente no tiene la razón, de hecho, el cliente tiene las de perder. Es como si los compradores necesitaran a los vendedores para subsistir, y no al revés (cualquier similitud con el mundo político es pura coincidencia).

La situación llega al punto que los derechos más básicos del consumidor son violados día a día y nadie se entera. El derecho legítimo de retractarse por la compra de un bien o servicio está decretado en el artículo 41, del capítulo IV de la ley 1480 de la Constitución. Un consumidor tiene cinco días para retractarse, sin importar la razón de ello, desde que devuelva el producto en el mismo estado en que lo recibió e incluso el proveedor estaría obligado a pagar los costos de trasporte, encima de la devolución completa del dinero en menos de 30 días.

Devolver el dinero, no ofrecer otro producto. No dar bonos para redimir en el mismo almacén y sobre todo no recibir un no como respuesta. Los vendedores, además de ser elitistas, groseros e ineficientes, violan la Constitución todos los días, mientras el consumidor desinformado no se atreve a piar.

¿Entonces qué va a ser? No más pares de zapatos que toca regalarle al primo chiquito, ni quedarse con el vestido que le queda pequeño, menos descacharse con el color exacto que quería la sobrina adolescente en su última blusa. La obligación es tanto del vendedor de cumplir las normas, como del consumidor de conocer la ley.