GaleanoQué clase de líderes, académicos, periodistas, docentes, investigadores, ciudadanos, sencillamente personas, pueden ser aquellas que se esconden tras el miedo para justificar sus acciones o sus votos.

Por: Christian Camilo Galeano B.

Las elecciones presidenciales, además dar continuidad a la lucha de “los mismos de siempre”, permitió entrever, alrededor de los últimos días, y ahora que inicia la segunda vuelta, un factor determinante: el miedo.  Es preocupante observar como desde distintos sectores (academia, opinión pública, organizaciones sociales, entre otras) el temor, casi pánico, ante un nuevo mandato del señor Álvaro Uribe, puede influir decisivamente en el electorado; perdón, corrijo, a veces me suelo confundir, no ante el mandato de Uribe, ante el posible mandato del señor Oscar Iván Zuluaga, adalid de los ideales de la banca, Fedegán y del señor del Ubérrimo.

Es cierto que el pasado reciente, encabezado por el otrora expresidente, ahora senador electo y, en un futuro quién sabe qué, fue un pasado ominoso. Prueba de ello son las desapariciones forzadas, la corrupción que va desde los más altos cargos ministeriales hasta el más bajo puesto burocrático, las ejecuciones extraoficiales, amenazas a los medios de comunicación, interceptaciones ilegales a todo aquel que estuviera en contra del gobierno, etc. Todo, sin lugar a dudas, permite barruntar un futuro lóbrego si  “Z” logra ocupar la presidencia.

Sin embargo, no creo que sea la mejor posición para combatir al adalid del “Centro Democrático”, darle cabida al miedo en la lucha por la democracia. Y no me refiero por esto a la lucha por la presidencia, ahora ya poco importa cuál de los dos candidatos quede, pues representan las mismas políticas con distinto estilo; me refiero a algo más importante, a la construcción de la democracia desde abajo, desde donde se construye el poder fundamental, es decir, en las organizaciones barriales y sociales, en los colegios y universidades, en el campo y en la ciudad, en todo lugar donde se encuentren hombres y mujeres inconformes que quieran orientar por otros caminos la política de sus comunidades. Esta es la lucha de la que hablo.

Qué clase de líderes, académicos, periodistas, docentes, investigadores, ciudadanos, sencillamente, personas, pueden ser aquellas que se esconden tras el miedo para justificar sus acciones o sus votos. No, el miedo debe dejar de ser la bandera de los ciudadanos de este país que por años se ha ondeando como estandarte para esconderse y dar la razón a los de siempre.

Muchas personas entregaron sus vidas por demostrar que no tenían miedo a la tiranía del mercado y de los corruptos, pero yo no estoy llamando al sacrificio –ya estamos llenos de mártires– llamo a la sensatez y al juicio que permita salir de la dicotomía que se inventan los de arriba para inmovilizar los pensamientos que desde abajo, desde la sociedad civil o desde mundo de la vida –como señalara algún filósofo– buscan la forma de salir y organizarse. La lucha por la democracia no se agota en las urnas -que cada cual vote por el que quiera-, es una lucha que se da en la cotidianidad, lucha del hombre por contar su historia y la de los demás, por darle cabida a la memoria y al olvido, dos males tan necesarios para el ciudadano, por organizarse y alzar su voz.

Ante este panorama lleno de temor, recuerdo una de las muchas historias que contaba el difunto subcomandante Marcos, al decir del viejo Antonio: “uno es tan grande como el enemigo que escoge para luchar, y que uno es tan pequeño como grande el miedo que se tenga. ‘Elige un enemigo grande y eso te obligará a crecer para poder enfrentarlo. Achica tu miedo porque si él se crece, tú te harás pequeño’, me dijo el Viejo Antonio una tarde de mayo y lluvia, en esa hora en que reinan el tabaco y la palabra”.