KEVIN MARÍNLa Virgen, como siempre juguetona y sarcástica. ¿Por qué no bendecir y ya?, ¿para qué tanta demora esperando que se repartan medallitas que ni alcanzarán a cubrir  toda la población?

Por: Kevin Marín

Desde Bogotá llegó una carta muy bonita y sugestiva, su nombre especialmente llama la atención: Los Caballeros de la Virgen. Ya podrán imaginar de qué se trata:

Estimada doña Lucidia (el nombre de mi mamá), ¡Salve María! (le brindan): “Usted está recibiendo su Medalla Milagrosa con la novena”. 

Como sabrán, la medalla milagrosa de la Virgen fue inventada por Santa Catalina Labouré, una monja francesa del siglo XIX y desde entonces todo el mundo la lleva, como en este momento la tengo guardaba en un cajón. La creó después de correr por todo el vecindario en busca de la Virgen que  también la mandó a buscar (la Virgen sí que es graciosa y cansona, ¿por qué la puso a dar vueltas en vez de aparecer en la intimidad de la habitación de mademoiselle Labouré?), por medio de un niño que nadie sabe qué pasó con él después del encuentro… en fin, la Santa Madre se le apareció llena de rayos y centellas en una especie de retrato donde estaban escritas las palabras: “Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que acudimos a ti”, que todo el mundo conoce pero con el final “vos”.

Luego, la Virgen le dijo: “Es la imagen de las gracias que reparto sobre las personas que me las piden” y de ahí Mlle. Labouré vio unos giros que daba la Virgen, descubriendo así doce medallitas, el símbolo del Sagrado Corazón y el Inmaculado Corazón. Luego la Virgen le pidió que hiciera las medallas y aquí hay una en mi casa, exactamente en un cajón. ¡Tanta historia en un cajón! ¡Tantos años para que llegara hasta mí, con el nombre de la madre de quien la medalla hoy cuida!

La meta de la medalla milagrosa, como bien dice la carta es  “(…) difundir un millón de estas medallas. Vamos a comenzar enviando 150 mil por correo mensualmente”

No tenemos ni idea de dónde sacan nuestra dirección, ni nuestra información personal; quizá de la misma manera que nos llaman a ofrecernos créditos y rebajas en diferentes centros comerciales…Pero lo cierto, es que mi mamá está bendecida y 46 millones de colombianos que no alcanzarán a recibir la medalla están expuestos a los peligros más infames al tratar de cortar un pan o al salir a la calle a caminar. La Virgen, como siempre juguetona y sarcástica. ¿Por qué no bendecir y ya?, ¿para qué tanta demora esperando que se repartan medallitas que ni alcanzarán a cubrir  toda la población? ¿Para qué se toma la molestia y no se aparece en distintos lugares al mismo tiempo (como sus poderes lo acreditan) y nos llena de su sabiduría cósmica, en vez de esperar la medalla? ¿Acaso un minuto de más en la espera no es crucial para determinar nuestra vida? ¿En un minuto no nos asesinan? Ay, virgencita, deja de jugar que ya estamos grandecitos.

Y siguiendo la línea de preguntas, podemos plantearnos la siguiente: ¿Por qué la Virgen se le  aparece a una monja, que de por sí acepta su existencia, y no a un escéptico o evangélico que reprocha de su santidad?

La historia continúa: Santa Catalina Labouré fue santificada por Pío XII, considerado cómplice del nazismo porque no abrió la boca ante los crímenes de Adolf Hitler (esto se ha discutido mucho: hay muchos argumentos que también lo definen como el máximo contradictor del Tercer Reich), del fascismo italiano y  por apoyar públicamente el régimen de Franco en España, el “nacional-catolicismo” que favorecía intereses de la iglesia. O sea, que las manos misericordiosas de Pío fueron quienes bendijeron las medallitas de Santa Catalina que fue quien vio a la Virgen dando vueltas como da vueltas Janis Joplin en todos sus videoclips.

Al parecer, salimos de un período de tontas creencias populares para entrar en otro: el totemismo que caracterizaba a la población que por estas tierras hace mucho vivió y que hoy volvemos a retomar, pero con un toque más europeo y celestial. Salimos de llevar colgados del cuello un oso, un puma o un cóndor para llevar una mujer con largas ropas y que lleva en los brazos un niño gordo. Como los indios cipayas del Altiplano boliviano, terminamos por confundir a La Pachamama con la Virgen María, hasta el punto de exterminar la primera y quedarnos con la segunda.

El uso de símbolos importa poco, de todos modos, cuando de creencias se trata; el uso o no uso de tótems no degradará la creencia en entes sobrenaturales y que todo lo explican. El ejemplo más claro son los protestantes.

La carta nos muestra, por último, dos testimonios: el primero, de un hombre que “debía ser intervenido de la columna por un daño cervical que estaba comprimiendo la médula” y que al salir del quirófano quedó completamente curado. Esto, nos dice el testimonio, no pudo ser posible si antes el enfermo no se hubiera puesto la medalla. Me pregunto, ¿por qué no se la puso y se quedó acostado todo el día en la comodidad del hogar? Pues así podía ahorrar los costosos gastos de la cirugía…

El segundo testimonio nos habla de una mujer con problemas económicos muy graves y que gracias a la medalla, hoy en día, piensa en los problemas con menos estrés y trata de solucionar todo con la paz que necesita. Pregunta, pregunta: ¿por qué la medalla no le paga todas las deudas y así se ahorra la molestia de pensar en paz? Pues como sabemos, pensar en paz no significa necesariamente que los problemas se vayan a resolver.

De aquí sacamos la conclusión de que la medalla es como un medicamente homeopático: para lo único que sirve es ocasionando efecto placebo en sus pacientes, pero es un efecto metafísico, porque de práctico se queda corto.

Y después de tanta palabra bonita y conmovedora, llega lo más tierno y dulce: “ayude a esta Compañía con la colaboración voluntaria de tanto, tanto y estos otros tanto mil pesos”.