Calero era rudo en la cancha, solo bastaba ver cómo estiraba su cuello y arqueaba sus cejas para que los delanteros del equipo contrario empezaran a sentir miedo, además, fue el hombre que puso de moda el saltar un metro, gritar en el aire, caer y rodar en el suelo, taparse el rostro, cogerse el hombro, y todo por un balón que perfectamente podía agarrar sin mucho esfuerzo.

Sus gritos en la cancha, una manera de mostrar mando. Foto: El Pueblo de Chihuahua

Por: César Augusto Romero Aroca

Recuerdo que cuando era un niño, junto a mis mejores amigos, hacíamos de unos metros cuadrados de arenales para la construcción de los nuevos barrios, todo un estadio de fútbol. ¿Por qué no el cemento de la calle?, ¿la baldosa del garaje? Simple, porque en la arena podía tirarme como lo hacía uno de mis ídolos, Miguel ‘Show’ Calero.

Siempre quise ser portero, admiraba a Higuita, pero un niño tan pequeño no alcanzaba a recordar la época dorada de ‘El loco’. Eso sí, siempre intenté hacer el escorpión, lo que me causó toda una época de espasmos en mi espalda. Aunque el mechudo portero ha sido uno de los más grandes, mi época soñadora se basaba en la atajadas de Oscar Córdoba y Farid Mondragón, por sus pasos en Argentina, y cómo no, de Miguel Calero en el país, la selección Colombia y el Pachuca mexicano.

Para ser sincero, me parecía de los tres el “menos mejor”, pero invocaba su nombre cuando en nuestros juegos de niños teníamos que ser un famoso. A nombre de Calero, y con mucha arena en mi cuello y oídos, tapé muchos pénales de mis compañeros, quienes se hacían llamar Ronaldo, Zidane y no faltaba el que decía que era ‘Calimenio’ Preciado. Para mí, aquel gigante con rostro de maloso era un líder, las venas que se marcaban en su cuello y cabeza al gritar, hacía que lo admirara, y más aún, cuando su mano izquierda de un zarpazo sacaba balones del ángulo derecho del arco, eran las famosas atajadas ‘A mano cambiada’ que caracterizaban a Miguel.

Al ir creciendo, Calero seguía en mi lista de ídolos, que de a poco se llenaba con jugadores que no eran muy buenos, pero que tenían algo que los caracterizaba, el hecho de ser diferentes. Calero era rudo en la cancha, solo bastaba ver cómo estiraba su cuello y arqueaba sus cejas para que los delanteros del equipo contrario empezaran a sentir miedo, además, fue el hombre que puso de moda el saltar un metro, gritar en el aire, caer y rodar en el suelo, taparse el rostro, cogerse el hombro, y todo por un balón que perfectamente podía agarrar sin mucho esfuerzo.

Calero puso de moda el “show” de los arqueros, las medias más arriba de la rodilla, las pañoletas y gorras para arqueros en el fútbol mexicano, las volteretas, la caída de la hoja, hacerse el lesionado cuando iba ganando, amarrarse los guayos tres veces por partido, salir a cabecear en los tiros de esquina, salir hasta la mitad de la cancha, enganchar al borde de su propia área, y el mayor logro de todos, que supera los 15 títulos conseguidos como profesional, lograr ser la pesadilla de uno de los goleadores más importantes del continente americano, Martín ´El Titán´ Palermo.

Aunque siempre quise ser portero, en aquella época de la copa América de 1999, tenía aquel corte de cabello llamado copete, el cual me pintaba de amarillo con una mezcla de papel crepé y agua, para parecerme a Palermo, mi admirado delantero. En esa copa, el partido entre Colombia y Argentina era un duelo interno, de los primeros que tuve de niño. Era apostarle a mi ídolo en el arco, o al admirado mono de goles de otro mundo, no por ser goles bonitos, sino por ser extraños. Ese día, Calero, con aquella cabeza más pequeña que su gran cuerpo, se enfrentó tres veces al ´Titán´, pero aquel mito griego se hundió en el récord de ser el único jugador en errar tres penales en un mismo partido. Miguel, de villano pasó a ser protagonista de las pesadillas del argentino, que ahora también anda en el retiro.

Hoy me fluye la memoria de los momentos que de pequeño eran fantásticos. Me llena de tristeza que el cuerpo del gigante portero se encuentre en delicado estado de salud, me duele ver las noticias que lo dan por muerto y me duele aún más pensar en la idea de que los niños que están en los arenales de las construcciones, agarren un balón y no digan –Yo tapo, y seré Calero-, y empiecen a soñar como muchos lo hicimos al verlo en las cancha. Era el único ‘show’ que me gustaba.

*El anterior texto llegó a nuestro correo minutos antes de conocerse de manera oficial la muerte del arquero colombiano