JUAN ESTEBAN JARAMILLO (DER)Poco a poco irán acabando con todo aquello que representa e identifica a un individuo, lo que lo hace único, lo que lo diferencia del otro, pues ambos buscan un ser enajenado incapaz de tener una visión distinta a la ofrecida y ello socava la identidad representativa de un ciudadano

Por: Juan Esteban Jaramillo Osorio

La historia, en muchos de sus capítulos, nos ha mostrado cómo el poder en distintos lugares es tomado de diversas formas; desde tiempo atrás, algunas sociedades decidieron que el método ideal para otorgar el poder a los representantes del pueblo era mediante la democracia, cuyo ejercicio práctico consiste en elegir a dichos representantes mediante el uso del voto.

Ahora, la historia muestra un capítulo en donde somos protagonistas y quizás por esas ironías de la vida, se junta algo considerado bueno con algo nefasto y oscuro; pues sin entrar en detalles, ya que sobra recordarlos, deberemos decidir como si para un fuerte dolor de garganta tuviéramos que elegir entre tachuelas o aguarrás.

Y no es para menos, pues el panorama que se divisa en el horizonte pinta un sombrío futuro, ya que es evidente que la derecha, aquella que tan cómodamente ha gobernado los destinos del país, ahora desea ensañarse en una forma jamás vista, pues hoy vemos una derecha y su versión más radical pelearse el destino del país en una confrontación de la que no creo se tenga memoria, no tanto por sus métodos, sino porque al final, ambas proponen un futuro que quizás, y por un tiempo, sea viable para unos cuantos, pero al final siniestro para muchos.

Por un lado, la paz. El arma de campaña de una derecha, aquella que se negocia en La Habana, no garantiza precisamente ello; pues, sin que se tome esta opinión como un ataque al proceso, no es garante que muchos de los problemas del país tengan solución por cuenta de ello, a fin de cuentas la guerrilla que negocia el fin del “conflicto” dejó de serlo hace mucho tiempo y a la final, resulta ser como esa derecha con la que dialoga, logrando a costa de soltar palomas, un resultado que satisfaga sus intereses, los que muestran al público y los que esconden bajo la mesa.

Una verdadera paz en Colombia sería aquella que reconcilie, reconozca, tolere y respete diferencias entre sus semejantes, que ayude a progresar al país en todos sus matices y que les permita a sus ciudadanos ser iguales ante sus instituciones. Pero con unas BaCrim, lejos de ser derrotadas e iniciando ya un post-conflicto, ve cohibida esa visión, pues ellos, en su deseo y necesidad de poder, de controlar, de callar y de no perder un negocio tan rentable como el del narcotráfico, antes controlado por capos, paramilitares y guerrilleros, peleará como ya lo ha venido haciendo una guerra a sangre y fuego con quien sea por no perder sus fortines, una guerra tan cruda y macabra que, como la anterior, no diferencia inocentes, gente honrada y buena. Sin embargo, ese tal post-conflicto quizás no exista, pues estará oculto, escondido y hasta negado, pues a fin de cuentas habrá paz, una parecida a la que describiera Luis Vidales hace algún tiempo.

Pero también está el control total. La propuesta de la derecha radical, aquella que se disfraza de programas sociales, de consejos comunales, y de todo para todos, pero que no es más que la continuación de algo que durante ocho años se vino gestando en una política de vigilancia absoluta, de castigo duro y persecución para sus opositores, de repartición de la riqueza entre sus aliados y ofertantes, y de la perpetuación de una guerra que no busca vencer frentes guerrilleros, sino que pretende prolongarla y establecerla como negocio, como arte cruel y como estilo de vida. Todo ello, vendido dentro de una sensación de aparente tranquilidad, de anuncios comerciales, de vanidades televisadas, de comodidades banales, y de fantasías a cuotas; todo para quién pueda pagarlo, y quien no, pues a trabajar, como los esclavos humanos de Metrópolis, manteniendo el funcionamiento de la nueva dictadura y a sufrir sus políticas que no darán cabida para los pobres o para quien se atreva a pensar diferente, aquella que fue soñada por algunos generales del cono sur, pues aquí ya no habrá quepis, sables o golpes, sino corbatas, portafolios y una elección popular que avale y legitime sus propósitos.

Ambos escenarios tienen el común en que poco a poco irán acabando con todo aquello que representa e identifica a un individuo, lo que lo hace único, lo que lo diferencia del otro, pues ambos buscan un ser enajenado incapaz de tener una visión distinta a la ofrecida y ello socava la identidad representativa de un ciudadano, que en el caso del colombiano y de todo lo que lo representa, socava y acaba con la identidad propia del país, para de allí perder poco a poco la libertad con la que deseamos realizar todo aquello que disfrutamos y nos gusta hacer.

Leer lo anterior puede ser muy incómodo, pero a veces ello ayuda a desahogarse, a respirar un poco y a plantear de paso una alternativa, ya no propuesta desde un partido político o similar, sino desde el actuar cotidiano, pensando a medio y largo plazo; y como en la opinión anterior, el qué y el cómo va de cuenta de cada uno de nosotros, pues cada decisión, postura y acción que se tome, determinará el cómo se viva de ahora en adelante.

…Recordando las ironías que a veces nos muestra la historia, Hitler a quien muchos gustan de igualarlo al nivel de Uribe, accedió al poder mediante la vía democrática, para luego eliminarla en Alemania y de paso… bueno, el resto ya es historia.