KEVIN MARÍNLa evaluación también nos puede ayudar a mejorar en lo que estamos fallando, ya que es uno de sus principios. Pero en nuestros colegios no se está llevando a cabo ese enunciado.

Por: Kevin Marín

Es preocupante que hoy en día los estudiantes aún no tomen conciencia sobre el verdadero proceso que se está y están llevando en la escuela o colegio, donde todavía se tiene más preferencia por los puntajes o las notas de cada individuo, que por determinar si verdaderamente se cumplió un proceso de aprendizaje.

El estudiante, e incluso el profesor, piensan que las notas que se puedan sacar a lo largo de todo un curso son el motivo para determinar si alguien aprendió o no. Esto tiene  verdad, pues tampoco estoy de acuerdo con las personas que piensan que las evaluaciones no son eficaces y al contrario de lo que pretenden, tienden a legitimizar mentiras. Tengo pocas dudas al respecto. Es decir, muchas veces la verdad de un estudiante está en ambigüedades que el maestro no puede entender; el alumno no es una máquina repetidora de cantina, puede buscar más allá de lo explicado o puede expresarse en términos más sencillos que los expuestos en clase.

Expertos en temas de educación, como Tyler, definen el proceso de evaluación como el proceso que procura determinar, de la manera más sistemática y objetiva posible, la pertinencia, eficacia, eficiencia e impacto de las actividades formativas a la luz de los objetivos específicos. Constituye una herramienta administrativa de aprendizaje y un proceso organizativo orientado a la acción para mejorar tanto las actividades en marcha, como la planificación, programación y toma de decisiones futuras”.

Volviendo al punto de mi irregular escepticismo sostengo lo siguiente: las evaluaciones no son quienes categorizan o etiquetan a un alumno en excelente, bueno, regular, malo o idiota: el problema está más arraigado a prejuicios o costumbres del estudiantado de tener un niño bueno que no puede ser malo, ni uno malo que resulte bueno. Muchas veces los propios maestros tienden a ver con los mismos ojos de este tipo de estudiantes. Por mucho que se hable de una solución al problema no creo que exista, es algo inherente a todas las personas preocupadas más por una nota que por el desarrollo del conocimiento. Hay que ser como indiferente, preocuparnos por nuestro verdadero entendimiento: ¿lo adquirimos? ¿No lo adquirimos?

Las evaluaciones son el mejor sistema para garantizar el normal desarrollo de los conocimientos de un individuo, o por lo menos no conocemos otro sistema mejor. Tampoco me convence que los estudiantes puedan decidir una nota absoluta por ellos mismos sobre sí aprendieron o no; creo que todos conoceríamos la respuesta de la mayoría de ellos ante la pregunta de auto-evaluación del profesor, más cuando hablamos de colegios de secundaria.

Lo que se tiene que atacar, por principio, son todos esos prejuicios mediante la píldora ya mencionada de la indiferencia, que van desde los estudiantes hasta los propios educadores. La evaluación también nos puede ayudar a mejorar en lo que estamos fallando, ya que es uno de sus principios. Pero en nuestros colegios no se está llevando a cabo ese enunciado. Los maestros explican un determinado tema, plantean talleres, viene la evaluación y pasan con precipitación al siguiente. ¿Se pregunta a cada estudiante si aprendió o no? Rara vez se hace este tipo de pregunta y más rara vez se pone en marcha su solución.

Molesta de igual forma toda esa propaganda por “el amor” y “el libre desarrollo del niño en el entorno educativo” que presentan algunas personas con la oratoria esotérico-trascendental, como lo presentó también el documental La educación prohibida.

Toda aquella palabrería seudocientífica de los sentimientos, de la conexión misteriosa del ser humano y la naturaleza, de la libertad sin límites, no son más que pretextos para acoger a más desorientados y aperezados niños del tradicional sistema educativo –el típico llegue, siéntese, preste atención, escriba y cállese-, a no estar de acuerdo con los resultados que son tan importantes en la vida cotidiana.

El estudio no es áspero, también se debe mirar la manera de enseñar del profesor, puesto que es determinante para el entusiasmo de sus alumnos.

No quiero decir con esto que la evaluación sea lo que único que vale: ella es supremamente importante, nos brinda datos precisos y nos ayuda a entender mejor los fenómenos. Bien decía Hawkins: “La cultura de frenesí por los exámenes se aleja de la verdadera educación”. Otros factores como los procesos, las emociones y comportamientos también son importantes, aunque no de la manera como algunas personas lo tienden a ver.