MIGUEL ÁNGEL RUBIO OSPINAEste cerebro, sofisticado elegante, centralista, (esto significa, que solo despacha desde el hipotálamo) como siempre, no acató en  la existencia de los cayos  y por supuesto, que tampoco de los pies

Soy América latina,
un pueblo sin piernas, pero que camina.
Calle 13

Por: Miguel Ángel Rubio Ospina

Había una vez un país que no sabía que tenía pies hasta que le pisaron los cayos. Ese día, todos sus miembros, los superiores, y los inferiores, más los segundos que los primeros despertaron de una suerte de letargo muscular o calambre que llaman en el argot popular.

El revuelo interno en el sistema nervioso generó toda clase de reacciones, unas a favor de los cayos, otras en contra, y una gran mayoría de otros órganos, pasivos en su mayoría, que ni sabían que existía eso que llaman cayos y con  una leve referencia geográfica de repente empezaron a sentir una suerte de patriotismo depresivo y retrasado.

Un día, unos pies de otro país que no tenía cayos, envió una querella al sistema nervioso externo, a ver si alguien le paraba bolas, en ese entonces, el cerebro, manejado por un hemisferio azul, un tanto conservador, reaccionando un poco bobamente, acató el llamado y como bobo careado respondió… Las cosas quedaron quietas por un tiempo, a veces los músculos cedían y entonces los del otro país sin cayos, a veces, insuflados por cierto aire de nacionalismo  que le imprimían a su salud (precaria, por demás) volvía a tironear los pies del país en cuestión, y los cayos volvían a dolerle en… la patria a ese país que se olvidaba mucho de que tenía pies.

Después de algunos años, cuando el país de enseguida del de los cayos, aprendió a caminar con los pies izquierdos y se envalentonó, el cerebro que entonces manejaba el país de los cayos,  ya no el godito azul, sino uno airoso, rezandero, rojo sangre,  desafiante, poco o nada opinaba al respecto, este cerebro, estaba  más concentrado en unas anginas de pecho, que le molestaban el corazón y que a partir de un agresivo método médico, llamado “seguridad democrática”, limpio las venas y arterias que conducían, a las más prosperas glándulas productoras de la más fértil sangre del país, el resto, como siempre, los cayos, olvidados.

Pero un día llegó al país de los cayos un cerebro extraño, camaleónico, al cual, los otros órganos, que por 9 millones de glóbulos de diferencia, con el otro aspirante a cerebro, eligieron y que hoy no saben si llorar, o arrepentirse, no  saben a qué atenerse. Este cerebro, sofisticado elegante, centralista, (esto significa, que solo despacha desde el hipotálamo) como siempre, no acató en  la existencia de los cayos y por supuesto, que tampoco de los pies, sin embargo, empezó a sentir que órganos como la boca, de donde sale la voz,  se levantaron en su contra, cuando quiso reformar la educación, o cuando quiso reformar la justicia.

Hasta que en el descuido de todo eso que ocurría en este país de los cayos, el país sin cayos, piso fuerte en un extraño lugar de la anatomía mundial llamado  La Haya y dio su pie, justo en los cayos más lejanos de este país, el grito no se hizo esperar, al unísono todos los demás órganos gritaron y vociferaron, “que no puede ser, que el país sin cayos, nos ganó el litigio, que como nos dejamos mandonear de otros países” , que no conocen nuestra anatomía,  el cerebro anterior, el airoso, dijo que había desacatar el fallo, otros órganos más moderados, casi oxidados por su poco uso o aporte al país, dijeron que lo mejor era atenernos al diagnóstico del médico, que este era inapelable,  y entre todo el tire y afloje de los músculos, muchos órganos, y glóbulos, casi 44 millones de ellos, se dieron cuenta que teníamos en la punta más lejana del pie, un par de cayos… pero más asombroso aun, este país, empezó a opinar al respecto, las organizaciones civiles, empezaron a manifestarse, los órganos inferiores, brazos entre otros, empezaron a moverse, y se sacudieron, los pies, donde están los cayos, marcharon multitudinariamente a favor de seguir ejerciendo una soberanía olvidada hasta ahora…  lo más extraño es que a pesar de todo el país, aun cuando no sabía que tenía pies, camina, trastabilla, pero camina,…

A veces, es necesario que nos pisen los cayos o que nos pongan zancadillas para darnos cuenta que los pies sirven para caminar.

Esta es la historia de un país que no sabía que tenía pies, hasta que le pisaron los cayos.