Sospecho más bien que en nosotros existe una grieta, un rayón que nos hace menos aptos para enfrentar con tino las incertidumbres y los golpes de la existencia.
Por: Gustavo Colorado Grisales

 Todos los días se publican resultados de estudios, sondeos, encuestas y otras yerbas sobre lo que acontece entre el cielo y la tierra.

Algunos son avalados por la autoridad de los expertos. Otros son propagados por la capacidad de sugestión de los especuladores.

Un día sí y otro no, entre tanta confusión de cifras, brota el oxímoron: los colombianos somos felices deprimidos… o deprimidos felices, según se mire el asunto.

Cada cierto tiempo –dos años en promedio– se difunden los resultados de sondeos en donde nuestros compatriotas declaran ser las criaturas más felices de la tierra.

Por favor, no me pregunten cómo se mide eso. No conozco el instrumento ni el detector que me permita probar nuestra superioridad en materia de dichas terrenales sobre los habitantes de –digamos– Vancouver, Pernambuco, Mendoza, Honolulu, Berlín o Guinea Ecuatorial.

En este 2017 la Organización Mundial de la Salud divulgó un estudio donde se muestra que los colombianos superamos la media mundial en materia de depresión: 4.7 % en comparación con el 4.4% global.

La Asociación Siquiátrica de América Latina discrepa de esa cifra. Según sus expertos, entre el 12 y el 19% de nuestros nacionales está afectado por algún grado de depresión. Así las cosas, unos siete millones de personas transitan al borde del bajonazo, o “el perro negro”, como lo llaman los anglosajones.

Aparte de las razones genéticas –miles de personas reciben la depresión a modo de legado familiar– los estudios dejan ver otros factores: desempleo, inestabilidad económica, desencuentros afectivos, desintegración familiar, inseguridad sexual, competencia laboral, pérdida de estatus social.

Pero, ¿esas cosas no son comunes en mayor o menor grado al resto de la humanidad?

Sospecho más bien que en nosotros existe una grieta, un rayón que nos hace menos aptos para enfrentar con tino las incertidumbres y los golpes de la existencia.

Para empezar, somos portadores de un sentimiento de inseguridad que nos empuja a ser gritones y ostentosos en las victorias, al tiempo que nos mostramos frágiles ante la menor derrota.

El mundo del deporte es pródigo en ejemplos: comentaristas y aficionados llevan hasta la hipérbole la exaltación de los triunfadores –“Nairoman” es solo un caso– y apalean con saña a los perdedores. 

Decenas de jóvenes promesas se pierden por esas razones.

No contentos con eso, hicimos del arribismo social norma de vida. Empujados por esa pulsión, todo el tiempo sacrificamos el ser en el altar del parecer, sin importar si en esa carrera va en juego el sentido de la vida entera.

Ustedes ya conocen el precio de esa aventura: un paso en falso y pasamos de la cima a la sima. O para decirlo en el lenguaje lapidario de la calle: un pestañeo y vamos de culos pal estanco.

En las relaciones con la pareja no conocemos el camino del medio. El amado es dios o villano. La mujer es santa o puta pero casi nunca compañera de viaje con yerros y aciertos. En asuntos de amores pasamos del éxtasis al suicidio o al crimen sin reflexión alguna que conduzca al conocimiento del otro y del propio ser. Prisioneros de la desdicha, optamos por la puesta en escena. 

Fingimos ser felices, como esas parejas que comparten en las redes sociales las fotografías de su última cena romántica justo cuando su relación está hecha trizas.

Encendemos luces de bengala al borde del abismo.

No es de sorprender entonces que pasemos con tan inusitada rapidez de la euforia a la melancolía. De la extroversión al ensimismamiento. En otros tiempos, cuando todavía no reinaba el lenguaje de la corrección política, a ese estado de la mente lo llamábamos maniacodepresión. Ahora le decimos bipolaridad o ciclotimia.

Pero en esencia es lo mismo. O peor, porque ahora abundan los fármacos para disimularlo, pero escasean las alternativas para resolverlo.

Felices deprimidos. O deprimidos felices: he ahí la cuestión.

Enredados en ese dilema, revalidamos cada día en versión colombiana el sentido de aquél viejo proverbio: “Dime de qué presumes y te diré qué te hace falta”.

PDT: les comparto enlace a dos bandas sonoras de esta entrada:

  https://www.youtube.com/watch?v=i0D06Qpmfrg

https://www.youtube.com/watch?v=SiPl3rQZ6f0