Manuel Ardila (BN)Si la analogía perfecta para describir una fila bien hecha es una serpiente, la analogía con la que podemos describir una fila colombiana promedio es una serpiente reumática. Las filas patrias son desordenadas, descoordinadas y deformes; esbelta en unas partes y voluminosa en otras (como un tubo de pasta dental mal apretado).

Por: Manuel Ardila

¿Quién de ustedes no ha hecho fila alguna vez?, ¿cuántos de nosotros pagaríamos cualquier precio por no tener que hacer fila?

Colombia es el país de las “colas”, como se llaman popularmente. Tal vez siguiendo la inspiración de la cordillera que atraviesa nuestro territorio, las imágenes cotidianas que pueblan nuestra mentalidad colectiva contienen remembranzas de unas cuantas filas. Si a usted, querido lector, le pidieran que cerrara los ojos y pensara en una situación en la que -por lo general- no tuviera que hacer fila o esperar turno, ¿qué situación le llegaría a la mente? ¿Le vendría a la cabeza una situación específica?

Es muy probable que no.  En Colombia casi cualquier proceso o trámite, desde los indispensables hasta los  banales, requieren hacer una fila de unos cuantos metros o kilómetros de largo (para ser exactos, deberíamos tomar la longitud de una  fila en su unidad colombiana improvisada: la cuadra), por un lapso de unos cuantos minutos o varias horas, se sienta bien o se sienta mal para hacerla, gústele o no.

Fila para pedir el registro civil y la partida de defunción, para inscribir a los hijos en un colegio público o para pagar los derechos de grado universitario, para entregar una hoja de vida o para reclamar mes a mes la pensión, para pagar los servicios, tomar un taxi, entrar a una discoteca, pedir una cita médica, etc, etc, etc. Las filas, igual que la muerte y los impuestos, son un hecho inevitable.

Y, sin embargo, aunque las filas estén a la vuelta de la esquina (o dan la vuelta a la esquina) hay un hecho que me parece curioso (o alarmante): los colombianos no sabemos hacer una fila.

Si la analogía perfecta para describir una fila bien hecha es una serpiente, la analogía con la que podemos describir una fila colombiana promedio es una serpiente reumática. Las filas patrias son desordenadas, descoordinadas y deformes; esbelta en unas partes y voluminosa en otras (como un tubo de pasta dental mal apretado). En una fila idealmente debemos movernos como si fuéramos parte de un cardumen de peces; en realidad, nos movemos como una jauría de gatos salvajes.

Y sí, alguien pensará “¿y lo ideal no es que se acabaran las filas de una vez por todas?” (pensamiento que comparto en parte al ver que algunas filas en el país no deberían existir y que algunas personas – por una u otra razón- no deberían estar haciendo una fila). Pero, a pesar de todo, creo que hacer una fila (y hacerla bien) es necesario, es una de las pocas actividades verdaderamente democráticas que quedan. La forma en la que funciona una fila es simple: se atiende por orden de llegada, no me pueden negar que esta sencilla mecánica no despide un inconfundible aroma a igualdad.

Olvidémonos por un momento de esas ciudades idílicas llenas de ciclorrutas en las que todos van a trabajar en bicicleta que los políticos nos han vendido como summum del concepto de ciudad, sociedad y civilidad. El día en que haciendo una sencilla fila seamos capaces de entender que nuestros compañeros de infortunio tienen la misma necesidad y el mismo derecho de salir tan pronto como sea posible de allí que nosotros, y que de nuestra colaboración y respeto mutuos depende que la experiencia de hacer una fila sea, si no agradable, al menos soportable, ese día habremos logrado, con  un gesto tan simple como poderoso, avanzar decididamente hacia la meta de ser una sociedad moderna. Más consciente, más humana.

Ese día, sin sentir fastidio ni cansancio, 26