El fin del mundo

El mundo cada vez se parece más a esas series, que tanto nos gustan, en las que se mata por necesidad y diversión. Nosotros seguimos expectantes a que llegue el fin del mundo y a la espera de que pueda suceder algo peor –algo que por fin nos haga levantar del asiento–.

 

juan-alejandro-jaramillo-colPor: Juan Alejandro Echeverri

En una columna titulada Sueño, Fernando Savater escribió “que cuando le preguntaron –a Victor Hugo- si temía el último día universal, repuso: “¿El fin del mundo? Eso ya ha pasado muchas veces”.

Si a mí me preguntaran cuándo será el próximo fin del mundo, respondería que el mundo se está acabando a cada segundo. Basta hacer un escueto repaso de lo que pasa –o podría estar pasando- en estos momentos:

En Khuzdar, Pakistán, una explosión mata a 52 de las 500 personas que celebraban el dhamal en un santuario sunita. Al mismo tiempo, se viraliza un video en el que dos niños, vestidos de militar, fusilan a dos hombres que el Estado Islámico acusa de ser espías. Mientras el video alcanza millones de visualizaciones, de la tribuna sur del Estadio Nacional de Bucarest –en Rumania- cae un petardo que estalla a un metro del jugador polaco Robert Lewandowski. En ese mismo instante, se hunde una balsa atestada de inmigrantes sumando así trescientas vidas más a las 3.000 que se ha tragado el Mediterráneo. En el momento en que los organismos de socorro calculan el número de ahogados, una estrella fugaz con forma de bomba cae sobre una escuela en la provincia de Idlib, al noroeste de Siria.

Mientras todo eso pasa en el primer mundo, en El Salvador y en Honduras se reportan más de diez homicidios por día; lo que quiere decir que cuando una persona es asesinada en Tegucigalpa o en San Salvador, los estudiantes americanos del colegio Royal Oak de Detroit le gritan a sus compañeros latinos “build the Wall” (“construyan el muro”). Mucho más al sur -en Argentina- aunque los púberes promotores del muro no lo sepan, una joven de 16 años es drogada, violada, empalada, revestida y dejada sin vida en un hospital de la ciudad costera de Mar del Plata. También en tierras gauchas, veinte balas impactan la camioneta del vicepresidente de Newell’s Old Boys que se moviliza con su hijo por la ciudad de Rosario. A la misma velocidad de las balas, la Amazonia sufre una tala diaria indiscriminada equivalente a la extensión de nueve canchas de fútbol. En el momento que empieza la tala de la cancha número diez, el cuerpo de un Viceministro boliviano es hallado sin vida y con signos de tortura al borde de una carretera de Panduro.

Y cuando todo eso está pasando, en mi país, un grupo de ciudadanos se toma las calles de Bogotá para protestar por la apertura de un hogar de paso para habitantes de calle. En ese mismo país, se vende como pan caliente un periódico que titula en su portada “Murió sin saber que la dejó viva”. Entre tanto facturan las cajas registradoras del amarillismo, aumentan las cifras de niños wayuu fallecidos por desnutrición.

Es sabido que la realidad supera la ficción, sobre todo cuando la humanidad se esfuerza en ello. El mundo cada vez se parece más a esas series -que tanto nos gustan- en las que se mata por necesidad y diversión. Nosotros seguimos expectantes a que llegue el fin del mundo y a la espera de que pueda suceder algo peor -algo que por fin nos haga levantar del asiento-.

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