Si no cambiamos este proceder, si no buscamos la solución en el tuétano del conflicto, este ciclo, bastante siniestro, durante mucho tiempo será el mismo. Y nosotros, como la señora y el señor que se encuentran a mi lado, simplemente, nos seguiremos riendo.

 

jhonattan-arredondo-fotografia-andres-mosqueraPor: Jhonattan Arredondo Grisales

1.

— No salen sino muertos en este periódico, miren eso.

— Todos los días acuestan a uno.

— Y lo peor es que son meros muchachos.

— Sí, meros muchachos.

— Ni siquiera pasan de los veinte.

— Imagínese, señora, cómo han cambiado las cosas.

— Ahora son los papás quienes entierran a sus hijos.

— Cómo le parece, ¿ah?

—Mire, nada más: “Le dieron balín a Balín”.

— ¡Ja, ja, ja! Es hasta chistoso.

— Avemaría. Qué cosas.

Y la señora, así como el señor que se encuentra a su lado, también se ríe.

2.

Siempre sucede lo mismo: leen —en una tienda, en una peluquería, en un parque— la noticia de un joven que fue asesinado como un verdadero problema social. El suceso parece ser una realidad que aún causa desasosiego. Sin embargo, el titular aparecido en el periódico que se encarga de contabilizar los muertos —más el deplorable tratamiento de lo acaecido— evaporan, en cuestión de segundos, todo lo que les había hecho sentir que aquella noticia trataba sobre la vida de un ser humano. De esta manera, en este país, el crimen se convierte en un lugar común, en un chiste, en algo que se olvida con extrema facilidad. De esta manera, además, el poder también se beneficia: miles de ciudadanos desinformados, sin lecturas críticas, garantizan el éxito de sus gobiernos. Olvidan que, en cierto momento, “grupos desconocidos” tomarán la justicia por su cuenta. En silencio, estos “grupos fantasma” empiezan repartiendo panfletos donde advierten que no se harán responsables de quienes se encuentren en la calle a determinadas horas y en determinados lugares; después, cumpliendo “los objetivos” que han sido encomendados, inician otra de las múltiples formas de la barbarie. Entonces, el cúmulo de noticias que antes aparecieron en las portadas de ciertos periódicos amarillistas sin obtener ninguna importancia, ahora aparecen —a nivel nacional— como un caso alarmante. Si no cambiamos este proceder, si no buscamos la solución en el tuétano del conflicto, este ciclo, bastante siniestro, durante mucho tiempo será el mismo. Y nosotros, como la señora y el señor que se encuentran a mi lado, simplemente, nos seguiremos riendo.