Fútbol retardatario

Giussepe RamirezNo es malo que el fútbol haya trascendido el deporte para convertirse en la pista de aterrizaje de grandes inversionistas, ni como oportunidad de comercialización de grandes marcas.

Por: Giussepe Ramírez

La tecnología no solo debería servir para mejorar el rendimiento del deportista, también debería convertirse en una herramienta que beneficie el espectáculo. Varios deportes lo han entendido así y han actuado en consecuencia. Pero el fútbol, con más aficionados alrededor del mundo, y unos ingresos extravagantes en las ligas más importantes —incluso en ligas en construcción— es el más retardatario respecto a la adopción de la tecnología como blindaje ante las suspicacias. Si a alguien se le ocurriera hacer una encuesta preguntando qué deporte se le viene a la cabeza cuando le dicen “deporte de caballeros”, existe una altísima probabilidad de que el fútbol se encuentre al final de la lista. A mí, por ejemplo, se me ocurriría primero el rugby que es más brutal y sangriento.

El historial de avances tecnológicos en el fútbol es una carrera acelerada que ha concentrado sus esfuerzos en los atletas, no en la evolución del juego transparente. Los botines usados hace veinte años hoy son vistos como artefactos incómodos con los que ni el mejor jugador actual podría correr; la pelota del 78, una bola de trapo rebelde ante cualquier intento por darle efecto; los uniformes del 90, trajes pesados; el agua, líquido insuficiente para enfrentar la deshidratación; ¿atajar sin guantes? Ni hablar. En cambio, los pobres árbitros siguen casi igual que cuando los ingleses lo inventaron: a merced del inevitable error humano. A su indumentaria solo han agregado unos intercomunicadores (2006) y un spray (2014); algunos torneos, ante los errores, decidieron no echar mano de máquinas sino de más humanos: dos jueces detrás de los arcos que poco o nada intervienen en decisiones que claramente les corresponde por su ubicación dentro del campo. Lo único valioso ha sido la incorporación de sensores para convalidar o no goles dudosos. Pero existen otras situaciones que tienen gran incidencia en el juego.

La antipatía por la tecnología tiene sus raíces en la aprobación de la que gozan los ventajosos. En otros deportes, como el tenis, una actitud antideportiva es repudiada por el público en general; mientras en el fútbol, la mala intención, la falta de ética, muchas veces es celebrada con el aplauso colectivo. Uno de los primeros conceptos que aprende un niño en etapa formativa no es la inteligencia para jugar, sino la picardía, la viveza: pérdida deliberada de tiempo, simulación, provocación al rival, etc. Hay que ganar de cualquier forma. Tampoco los grandes dirigentes tienen interés por imprimir un sello de confianza por todo lo que se mueve debajo de la mesa.

Temporizador para controlar la posesión del balón en baloncesto; ojo de halcón en tenis; repetición en el fútbol americano; repetición en rugby; repetición en béisbol. En fútbol es prohibido pasar las repeticiones por las pantallas del estadio, el juego se detiene cuando esto pasa.

No es malo que el fútbol haya trascendido el deporte para convertirse en la pista de aterrizaje de grandes inversionistas, ni como oportunidad de comercialización de grandes marcas. Lo reprochable es que a pesar de que existan las herramientas para evitarlo, no haya voluntad por quitarle, al menos minimizar, ese manto de duda que cubre al deporte más popular de todos.