Los veteranos tirarán por las viejas glorias mientras los jóvenes apegados a una era que les favorece, alimentan sus favoritismos no solo por un par de jugadores, sino por dos escuadras grandes de Europa, símbolo de poder y de confrontación en el mundo de la redonda.

Por: Juan Manuel Toro Monsalve

El dilema de quién es mejor siempre estará encendido: ¿Pelé?, ¿Maradona? Hoy día se suman Messi y Cristiano Ronaldo. Sin embargo, prima el marketing; lo mediático; la inmediatez. El vistazo a la historia queda en la retina de pocos que lo vivieron en carne propia o quienes se toman la molestia de ir a revisarla. El mundo del fútbol actual pasa por una disputa mercantil entre el argentino o el portugués. Ahora a ese asiento se suma un colombiano: Falcao. Pero, ¿hacen méritos para inscribirse entre el Olimpo del deporte rey?; ¿Tienen la capacidad de desbancar a “O Rei” o al popular “Pelusa”? Las dudas asoman pese a que todo se resume en una cuestión de gustos, muy respetables.

Por eso, cuando se abre el debate de quién es mejor, el abanico de posibilidades se amplía. Los veteranos tirarán por las viejas glorias mientras los jóvenes apegados a una era que les favorece, alimentan sus favoritismos no solo por un par de jugadores, sino por dos escuadras grandes de Europa, símbolo de poder y de confrontación en el mundo de la redonda.

Y es allí a donde todo lo reducen: Barcelona o Real Madrid. Messi y Ronaldo, excelentes estrellas, grandes jugadores, unos “cracks”, sin embargo, algo lejos de la constelación que le dejó una huella a la historia fútbol.

Aparece entonces la fantasía, la naturaleza del fútbol dotando al máximo a un sujeto de una técnica que lo hace, aún por estos días, diferente a todos. El mismo que teniendo 17 años ganó su primer título mundial y que de allí en adelante, lideró el famoso “jogo bonito”, esencia que representa al fútbol brasileño. Ese fue Pelé, el goleador, el de los mil goles y más, el tricampeón mundial, toda una leyenda.

Nunca pesó en Europa a nivel de clubes pero el solo hecho de llevar a la triple corona al país de la samba le sobró para hacerse acreedor como un futbolista perfecto. Tan solo una baldosa le alcanzaba para dejar perplejos a sus contrincantes. Gracias a su dominio con el balón en los pies, por los aires, con sus amagues, su exquisitez y a la final su forma de ser, la corona del fútbol le fue puesta para poseerla por siempre, así fuera compartida.

En esa otra esquina aparece un joven, salido del barrial y prometiendo un mundial para su país. Fiel a esa premonición lo jugó, lo obtuvo y fue perfecto. Derrotó a una potencia y con las heridas abiertas por el conflicto de las Malvinas, se puede decir que él sólo venció a los ingleses con ese gol, el más valioso de la historia de los mundiales. Esas islas las sintieron los argentinos otra vez como suyas.

Maradona con su zurda cautivó a todos, dueño de una cintura, una finta, todo un genio con la pecosa atada a sus guayos. Tuvo la fortuna de llegar al viejo continente y allí no defraudó. Pasó por grandes clubes, incluido el blaugrana de su compatriota Messi. No obstante su logro, aquello que lo hizo inmenso fue llegar a un equipo insignificante, a una ciudad rechazada por la élite italiana y  una vez allí, sobrepasó a los clubes pesados del fútbol italiano. Revolucionada, Nápoles se levantó de esa humillación y Maradona llevó a un equipo de dos pesos, a ser grande, a cosechar títulos. Juventus, Milán y otros ricos del norte quedaron perplejos viendo a un “Pelusa” llevar un equipo sureño y pobre a la gloria. Ese hecho mínimo a primera vista, lo pone por delante de otros grandes exponentes del balón.

En fin, dos genios del pasado, dos artistas en el presente. Todos con sus cualidades, exclusivas de este deporte. Muchos se escapan, pero con figuras así, el fútbol gana, el aficionado gana. Pero que no exista duda, el fútbol de antes tenía un mejor sabor.