Mirando de frente nuestros problemas como sociedad, es la única forma que podemos asumir nuestra responsabilidad con aquellas personas que optaron por acabar con sus vidas. Conversar para entender la vida y transformarla

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Existen temas que por su complejidad al ser abordados se puede caer en lugares comunes y en el amarillismo, como es el caso del suicidio. En Pereira no se sale del estupor ante el suicidio de varios estudiantes. Como es costumbre, muchos medios de comunicación hicieron un tratamiento ligero de la noticia, revictimizando a los estudiantes y a sus familias.

Además, en río revuelto ganancia de pescador, varios políticos emergieron desde las redes con discursos en pro de la vida y promesas para enfrentar el suicidio; adalides de la vida en tiempos de electorales. Como si esto no bastara, las instituciones y las secretarías implicadas tomaron cartas en el asunto exhibiendo cifras que hablan del problema y la forma como la burocracia lo ha enfrentado. Mucho papeleo, pocas acciones.

A su vez los colegios, presas de un medio burocratizado, al estar preocupados por formar mano de obra calificada se ven sobrepasados cuando los jóvenes toman la decisión de acabar con sus vidas. Porque en estos centros de enseñanza se busca que los estudiantes sepan desde los momentos más importantes de la historia hasta las ecuaciones que les permitan resolver ejercicios abstractos y así puedan ingresar al mercado laboral. Pese a ello, los estudiantes no tienen las herramientas necesarias para asumir la vida en sociedad, porque el mayor problema de todos no se reflexiona, es decir, la vida.

Albert Camus inicia uno de sus ensayos afirmando que el único problema realmente filosófico importante es saber si la vida vale la pena o no ser vivida. Ante un mundo absurdo, que gira como una rueda suelta, una de las posibles salidas es el suicidio. Las reflexiones de Camus son interesantes desde el aspecto reflexivo y, sin lugar a dudas, han existido personas que toman la decisión de acabar con sus vidas después de una larga meditación.

Sin embargo, lo que estamos viviendo hoy no es propiamente una ataraxia filosófica a gran escala; no, los brotes suicidas son el síntoma de una sociedad enferma. Presos por los condicionamientos y sin las herramientas necesarias para pensar la vida y la muerte, muchas personas optan por acabar con sus vidas.

Si la histeria era la enfermedad de principios de siglo XX, los inicios del siglo XXI están marcados por la depresión y el suicidio. No es extraño que hombres y mujeres que tienen a su disposición la tecnología y los saberes con solo desbloquear sus teléfonos inteligentes, no sean capaces de enfrentar una pérdida, reflexionar lo que significa sacrificar la vida en búsqueda de riquezas, asumir con humildad los errores y las victorias… Al no poder reflexionar ni comprender sobre las situaciones que vivimos, nos encontramos habitando un laberinto.

Como si esto fuera poco, nos topamos con un silencio cómplice que asume que por no hablar acerca del problema este desaparece por arte de magia. Esa es la gran solución de muchos, no hablar acerca del suicidio, ni mucho menos conversarlo con los jóvenes porque ellos no tienen los elementos necesarios; actitud egocéntrica del adulto que minimiza al otro.

Por el contrario, es preciso conversar los  asuntos importantes de la vida, analizar la muerte, la depresión, lo absurdo del mercado laboral, las tonterías de la vida, darle importancia a todo. Mirando de frente nuestros problemas como sociedad, es la única forma que podemos asumir nuestra responsabilidad con aquellas personas que optaron por acabar con sus vidas. Conversar para entender la vida y transformarla.

Esta idea es diferente de lo que algunos psicólogos hacen, ya que desempeñan una labor de adaptar a los individuos a un sistema enfermo; allí está la salud, en la normalización y el silencio. Un accionar diferente debemos tomar desde varios frentes (familia, colegio, sociedad), el de reconocer que nuestra sociedad genera condiciones que provocan malestar en los individuos; pero lo más importante es que éstas pueden ser cambiadas desde la sociedad o las familias mismas; esto no es una tarea sencilla, ni saberlo ni mucho menos hacerlo.

En ese orden de ideas es preciso volver de nuevo sobre Camus y otro de sus ensayos donde aborda la rebeldía. El pensador franco argelino sabe que si bien la vida es un absurdo total, ésta no se agota allí. Los hombres pueden rebelarse ante este absurdo y decir: ¡no! Exigirle cuentas a la vida y a la sociedad para que cobren sentido.

La rebeldía ante la vida es una de los caminos para enfrentar una situación tan desastrosa como los suicidios. Es preciso tomar las herramientas que entregan el arte, la literatura, la filosofía, para comprender la vida. Es evidente que este camino no es el más conveniente para muchos, ya que deseamos personas adaptadas a la sociedad, estudiantes silenciosos que no duden de la palabra del profesor, trabajadores sumisos que asuman las decisiones del jefe, ciudadanos pasivos que observen cómo otros dirigen.

Creo que este es uno de los posibles caminos para enfrentar el suicidio. Volver sobre lo que somos para pensar la vida y muerte. Entregarles la palabra y escuchar a aquellos que están cansados con la vida, para que puedan salir de su estado de aislamiento. Conversar en familia, en el salón de clase, en los cafés, sobre lo absurdo de esta vida, sin perder de vista la posibilidad de cambiarla.

ccgaleano@utp.edu.co