Sin embargo, a mí me gusta ir a algún café o aceptar la hospitalidad de alguna casera del pueblo y entablar una conversación, permitir que las personas relaten las historias que, directa o indirectamente, han vivido.

 

christian-camilo-galeano-benjumea-colPor: Christian Camilo Galeano Benjumea

En ocasiones, la gente se vale de guías o folletines históricos que identifican las fechas y las personas importantes para conocer la historia del lugar que visitan o mejor aún, simplemente van, observan, fotografían, olvidan y se marchan. Sin embargo, a mí me gusta ir a algún café o aceptar la hospitalidad de alguna casera del pueblo y entablar una conversación, permitir que las personas relaten las historias que, directa o indirectamente, han vivido. Así sucedió al llegar a un pueblo cualquiera de Risaralda, y escuchar a una mujer hablar de  la forma en la cual se dio una oleada de violencia reciente, con tintes macabros.

La mujer relata y yo escucho.

A decir verdad, fue una época difícil y complicada para todos los habitantes del pueblo. La mayoría vivíamos en medio de la zozobra y la impotencia, todos preferimos guardar silencio y simplemente ver el horror. Varias personas murieron, bueno, decir que murieron es una forma sencilla de borrar ciertas imágenes y solo pensar en las ausencias que dejaron. En realidad, fueron asesinadas de formas despiadadas y, por decir lo menos, horribles.

Recuerdo la historia de una familia que asesinaron los paramilitares. Los mataron  a todos, solo por la sospecha de que una de las hijas era una supuesta guerrillera. Una mañana llegaron a la finca y los alinearon, a cada uno lo torturan y después asesinaron con tiros de gracia. Eran buenas personas.

Otro día, los paramilitares mandaron a llamar a un joven, necesitaban un favor. Nadie se negaba a realizarle favores a los paras, pues, negarse era una condena a muerte. Así que el muchacho consiguió lo que le pidieron: llevar un galón de gasolina a una finca, cerca del río. Jamás sospechó que le fuera a pasar algo, pues estaba cumpliendo con lo que le solicitaban. Al llegar a la finca, lo acusaron, juzgaron y dieron la condena, una pena ejemplar: debía morir quemado, por los supuestos crímenes cometidos. Así que se dispuso su muerte, lo amarraron y empezaron a colocarse sobre sí varias llantas de motos y carros, hasta dejarle solo la cabeza visible. Después, con la misma gasolina que aquel joven había llevado, le prendieron fuego y las llamas lo consumieron.

Fue una época difícil, muy dura para mucha gente, hoy la situación está más calmada. Pero muchos no hemos podido olvidar tantas escenas de horror que se dieron en el pueblo. A mí, por ejemplo, no me gusta salir, prefiero estar encerrada, no sé si es una psicosis mía, un resabio o el temor latente. No sé. Mejor le preparo otro café y usted me cuenta cómo le ha parecido mi pueblo.