Gustavo ColoradoComo carece de propuesta o motivación alguna, distinta a la de sus apetitos de poder, el aspirante en cuestión intenta reeditar el viejo truco de ser oscuro para parecer profundo

Por: Gustavo Colorado

De casualidad  tropecé en el dial con uno de esos debates previos  a  las elecciones parlamentarias. Ustedes conocen el formato: varios medios de comunicación se unen para dar a conocer a los potenciales electores las propuestas de quienes aspiran a ocupar un puesto en  la  cámara o el senado.

Al principio pensé en un trabalenguas o en uno de esos juegos en los que uno debe adivinar el sentido último de las palabras del otro. Pero no: uno de los participantes en el programa intentaba exponer lo que una periodista llamaba sus “ideas”.

Aún a riesgo de fatigarlos transcribiré  (¿O debo decir traduciré?) un solo párrafo: “Me propongo desde esta tribuna hacer un llamado a  simpatizantes y oponentes para que retroalimentemos nuestro concepto de la gobernanza. Así lograremos sensibilizar y concientizar al pueblo. Es la única forma de accesar a sus necesidades y expectativas. Solo de ese modo, con la transversalización programática, podremos devolverle la gobernabilidad al país. Pero antes, necesitamos un juicioso proceso de socialización para que entre todos visualicemos el futuro”.

Lo confieso: no me alcanzaron las entendederas para acceder a semejante dosis de iluminación. Mis dos o tres neuronas no dan para tanto. Abrumado, consulté a varios politólogos reconocidos en la parroquia, pero solo consiguieron complicar las cosas: uno de ellos me dijo que la gobernabilidad se reconquista afinando la gobernanza. En ese momento contemplé la posibilidad de afiliarme al partido político Mira: tal vez en algún versículo del Antiguo Testamento pueda encontrar consuelo a mi desazón.

Por supuesto, uno puede  consultar el significado de las palabras citadas en un diccionario básico. Incluso de un barbarismo como “accesar”. El problema empieza cuando descubre que al  conjugarlas nada dicen: son pura pirotecnia verbal dirigida a encandilar pero no a persuadir al auditorio. Y se  supone que esto último  es el objetivo de un político.

A  esa altura del programa (bueno, lo de altura es un decir) empecé a formularme preguntas como estas:

¿Quién asesora a estos aspirantes? ¿Una panda de yuppies y gomelos con problemas cognitivos? ¿Creen acaso que sus eventuales votantes rondan el cretinismo? ¿El candidato desvaría? ¿Todas las anteriores?

En realidad la respuesta es más simple: como carece de propuesta o motivación alguna, distinta a la de sus apetitos de poder, el aspirante en cuestión intenta reeditar el viejo truco de ser oscuro para parecer profundo. Sucede lo mismo con el tufillo  a vacío, a  rincón mohoso que ronda las consignas de campaña. “La fuerza de un equipo capaz”, leo en la valla del señor Merheg, ubicada en una zona céntrica. No me queda muy claro capaz de qué. Como aparece rodeado de esposa e hijas  imagino que piensa legislar con los métodos de su clan familiar. Dos cuadras adelante tropiezo con un anuncio de Diego Patiño, otro político decidido a perpetuarse en el congreso. “Un hombre de palabra”,  dice  que es y esto ya es demasiado: mi abuelo Martiniano me enseñó que hombres de palabra eran los que cumplían a rajatabla sus compromisos. Entonces  pienso con nostalgia en el  galimatías escuchado en la radio.  No sé si prefiero ese.